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jueves, octubre 22, 2026

NIETZSCHE MÁS ALLÁ DEL BIEN Y DEL MAL - CAPÍTULO II. EL ESPÍRITU LIBRE

COSAS DE GELY   

NIETZSCHE MÁS ALLÁ DEL BIEN Y DEL MAL CAPÍTULO II. EL ESPÍRITU LIBRE

Nietzsche y el espíritu libre: ¿pensamos por nosotros mismos?

Hay libros que, cuando terminas de leerlos, te dejan pensando. A mí me ha ocurrido con el capítulo II, «El espíritu libre», de Más allá del bien y del mal, de Friedrich Nietzsche. Mientras lo leía, no podía evitar encontrar paralelismos entre sus reflexiones y muchas cosas que veo en nuestra sociedad actual.

Nietzsche nos invita a cuestionar lo que damos por cierto, a no aceptar las ideas simplemente porque nos las han enseñado y a atrevernos a pensar por nosotros mismos. Y, sinceramente, creo que hoy necesitamos reflexionar sobre esto más que nunca.

Vivimos rodeados de opiniones, consignas y discursos que muchas veces repetimos sin preguntarnos de dónde vienen ni a quién benefician. Nos acostumbramos a pensar de una manera, a defender unas ideas y a votar unas determinadas siglas, hasta que llega un momento en que parece que cambiar de opinión es casi una traición a nosotros mismos.

Y es aquí donde encuentro una de las contradicciones que más me llaman la atención de nuestra sociedad.

Quiero dejar algo claro: no tengo filiación política ni he sido fiel a un partido por encima de los demás. He votado a distintas opciones políticas a lo largo de mi vida, porque entiendo que el voto no debería ser un acto de fe, sino una decisión que podemos revisar según lo que vemos, vivimos y aprendemos.

Pero los años, la experiencia y lo que he visto me han llevado a una conclusión bastante clara: considero que la derecha, cuando ha aplicado determinadas políticas en España, ha gobernado favoreciendo principalmente los intereses de los sectores más ricos, mientras que la clase trabajadora ha tenido que afrontar buena parte de las consecuencias.

No lo digo por llevar la contraria a nadie ni por defender unas siglas. Lo digo porque me fijo en cuestiones que afectan directamente a nuestra vida: los salarios, las pensiones, la sanidad, la educación y la vivienda.

He visto cómo los gobiernos de izquierdas han impulsado subidas importantes del salario mínimo y medidas para proteger el poder adquisitivo de los pensionistas. También he visto cómo los gobiernos de derechas han llevado a cabo privatizaciones, han aplicado recortes en los servicios públicos y han vendido viviendas públicas a fondos buitre. Todo ello ha contribuido, a mi juicio, a perjudicar a la clase trabajadora y ha generado una profunda preocupación entre quienes dependemos de lo público para vivir con dignidad.

Siento una enorme rabia cuando pienso en el dinero público destinado al rescate de entidades financieras durante la crisis, mientras muchas familias sufrían dificultades económicas; en la venta de viviendas sociales a fondos de inversión; y en las diferencias que existen entre quienes pueden pagarse servicios privados y quienes dependen de una sanidad y una educación públicas que deberían estar a la altura de sus necesidades.

Todo esto me lleva a preguntarme por qué hay personas trabajadoras, pensionistas y familias con dificultades para llegar a fin de mes que siguen votando por costumbre a partidos de derechas como el (PP) cuyas políticas son contrarias a sus propios intereses.

No pretendo decir que todas las personas que votan a la derecha tengan los mismos motivos, pero si tengo claro algo es, que los partidos de izquierdas son los únicos que se ocupan de lo público y de los que menos tienen. Precisamente porque he votado a distintas opciones, creo que ningún partido debería tener un cheque en blanco. Todos deben responder por lo que hacen cuando gobiernan.

Pero una cosa es reconocer los errores de un partido como el PP y otra muy distinta es justificar todo lo que el PP hace mal y seguir votándolo.

A veces parece que defendemos más los colores de unas siglas que nuestros propios derechos. Como si reconocer que nos hemos equivocado fuera más doloroso que aceptar las consecuencias de las decisiones políticas que apoyamos.

Y es aquí donde vuelvo a Nietzsche.

Ser un espíritu libre no significa llevar la contraria a todo el mundo. Significa tener el valor de cuestionar lo que siempre hemos creído, revisar nuestras convicciones y cambiar de opinión cuando la realidad nos da razones para hacerlo.

En política, esto me parece fundamental. No deberíamos votar al PP como quien sigue una tradición familiar ni defender sus siglas como si fueran las de un equipo de fútbol. Nuestro voto tiene consecuencias en nuestra sanidad, nuestra educación, nuestras pensiones, nuestros salarios y en las oportunidades de nuestros hijos.

No se trata de decirle a nadie a quién debe votar, si no de  preguntarse a quién benefician sus políticas y quién termina pagando sus consecuencias. Y con el PP estoy por decir que menos los muy ricos las pagamos todos.

Después de leer este capítulo, me quedo con una pregunta que creo que todos deberíamos hacernos alguna vez: ¿pensamos realmente por nosotros mismos o simplemente repetimos lo que hemos aprendido a pensar?

No pretendo tener siempre razón. Pero sí creo que tenemos la responsabilidad de cuestionarnos, de informarnos y de no renunciar a nuestro propio criterio por costumbre, miedo o fidelidad política.

Porque al final, la verdadera libertad no consiste solamente en poder elegir, sino en tener el valor de pensar por qué elegimos lo que elegimos.

Y quizá esa sea una de las grandes lecciones que me deja Nietzsche: no vivir sometidos a las ideas de otros, pero tampoco convertir nuestras propias ideas en una prisión de la que seamos incapaces de salir.