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miércoles, septiembre 02, 2026

SOMOS QUÍMICA

COSAS DE GELY

SOMOS QUÍMICA

El cuerpo humano es, en realidad, una extraordinaria combinación de química. Cuando nos miramos al espejo vemos una persona, una identidad y una historia, pero desde el punto de vista de la materia somos una compleja organización de átomos y moléculas que trabajan continuamente unos con otros. Podríamos decir, de una manera sencilla, que somos química andante: una química que respira, se alimenta, piensa, siente, se mueve, se repara y envejece. Lo verdaderamente sorprendente no es solamente de qué estamos hechos, sino la forma extraordinariamente ordenada en la que todos esos elementos se organizan para mantenernos vivos.

El oxígeno es el elemento más abundante de nuestro organismo y representa aproximadamente el 65 % de nuestra masa corporal, en buena medida porque nuestro cuerpo contiene una enorme cantidad de agua. Le siguen el carbono, alrededor de un 18 %, el hidrógeno, cerca de un 10 %, y el nitrógeno, aproximadamente un 3 %. El carbono tiene una importancia especial porque permite construir moléculas extraordinariamente complejas, como las proteínas, los lípidos, los carbohidratos y los ácidos nucleicos.

También forman parte de nosotros elementos como el calcio, el fósforo, el potasio, el sodio, el cloro, el azufre y el magnesio. Y, en cantidades mucho menores, encontramos hierro, zinc, cobre, yodo, selenio, manganeso y otros oligoelementos. Algunos están presentes en cantidades diminutas, pero eso no significa que sean poco importantes. El hierro, por ejemplo, es fundamental para que nuestra sangre pueda transportar oxígeno; el yodo participa en el funcionamiento de la glándula tiroides; el zinc interviene en numerosas reacciones y procesos celulares. En la química de la vida, una cantidad pequeña puede tener una importancia enorme.

Pero no somos simplemente una mezcla de elementos químicos. La verdadera maravilla está en cómo esos átomos se unen formando moléculas, las moléculas forman estructuras, las estructuras forman células y las células se organizan en tejidos y órganos. Todo ello funciona gracias a miles de reacciones químicas que ocurren continuamente, incluso mientras dormimos. Nuestro organismo intenta mantener constantemente un delicado equilibrio interno, y nuestra salud depende en gran medida de que esa química permanezca dentro de unos límites adecuados.

Y si existe un lugar donde esta química resulta especialmente fascinante es en nuestro cerebro. Allí, miles de millones de neuronas se comunican mediante impulsos eléctricos y sustancias químicas llamadas neurotransmisores. Dopamina, serotonina, glutamato, GABA, acetilcolina y muchas otras moléculas participan en esa extraordinaria conversación que permite que nuestro cerebro funcione.

Cada pensamiento, recuerdo, movimiento, sensación o emoción tiene una base biológica. Cuando sentimos miedo, alegría, tristeza, amor o ansiedad, nuestro cerebro y nuestro organismo modifican su actividad y ponen en marcha diferentes sustancias y sistemas. Pero sería demasiado sencillo decir que una emoción es solamente una determinada molécula. El cerebro es mucho más complejo. Nuestra experiencia nace de la interacción entre millones de células, señales eléctricas, sustancias químicas, recuerdos, experiencias y la manera en que interpretamos el mundo.

Por eso también nuestra alimentación, el sueño, el estrés, el ejercicio y nuestro estado general de salud pueden influir en el funcionamiento cerebral. El cerebro necesita energía de forma constante y depende de un delicado equilibrio de oxígeno, nutrientes, agua, sales minerales y numerosas reacciones químicas. Dormir mal durante mucho tiempo, por ejemplo, puede afectar a nuestra atención, memoria y regulación emocional; el estrés mantenido puede alterar diferentes sistemas del organismo. No existen fórmulas mágicas ni una única sustancia capaz de explicar cómo funciona nuestra mente, pero sí existe una realidad: nuestro cerebro, como todo nuestro cuerpo, depende de una química extraordinariamente precisa.

Y quizá lo más fascinante es que esta química no permanece quieta. Estamos cambiando constantemente. Los átomos y moléculas de nuestro organismo participan en reacciones, entran y salen de nuestras células, se incorporan a nuevos tejidos y son eliminados como productos de desecho. El cuerpo que tenemos hoy no es exactamente el mismo que teníamos años atrás, aunque nuestra identidad y nuestra sensación de continuidad permanezcan.

Por eso decir que somos química andante no debería ser una manera fría de describir al ser humano. Al contrario, puede ser una forma de contemplarnos con todavía mayor asombro. Somos oxígeno, carbono, hidrógeno, nitrógeno, calcio, fósforo, hierro y muchos otros elementos que, por separado, no se parecen en nada a lo que llamamos una persona. Sin embargo, organizados de una manera extraordinariamente compleja, esos mismos elementos dan lugar a alguien capaz de caminar, mirar, recordar, aprender, sufrir, reír, amar y preguntarse incluso de qué está hecho.

Somos materia, pero materia organizada de una forma extraordinariamente sofisticada. Somos química, pero una química capaz de generar vida y, en el caso del cerebro humano, una química capaz de preguntarse por sí misma.

Y quizá ahí reside una de las grandes maravillas de nuestra existencia: que los mismos elementos que encontramos dispersos por la naturaleza pueden terminar formando un ser humano que respira, piensa y es consciente de que está hecho, precisamente, de esos mismos elementos.

Pero todo esto no nos exime, ni libera (de vez en cuando) de ser unas bestias de mucho cuidado.