COSAS DE GELY
Hace unos días tuve un extraño sueño. Me vi viviendo en un pasado que no se parecía al que conocemos por los libros de historia, ni a las imágenes que muchas veces hemos construido sobre las antiguas civilizaciones. Era un lugar diferente, un mundo alejado del ruido, de la lucha constante y de muchas de las cosas que hoy parecen dominar la vida humana.
En mi sueño me encontraba en un lugar del universo limpio y sereno, sin grandes ambiciones ni deseos de poder. No había esa necesidad de acumular, competir o imponer ideas sobre los demás. Era un mundo donde parecía que la tranquilidad y el respeto tenían más importancia que cualquier riqueza.
Allí estaba rodeada de seres silenciosos, casi etéreos, como si fueran de otra naturaleza. Sus rostros transmitían una paz difícil de explicar. No hablaban, pero no hacía falta; de alguna manera sus miradas y su presencia decían mucho más que cualquier palabra.
No sé si existe algo después de esta vida, y no tengo respuestas sobre lo que pueda haber más allá de nuestra existencia. Pero si algún día hubiera un lugar de paz, imagino que tendría algo parecido a lo que vi en aquel sueño: un espacio luminoso y tranquilo donde el tiempo parece detenerse, donde no existen las diferencias creadas por la riqueza o la pobreza, y donde las preocupaciones que hoy nos dividen pierden todo su sentido.
En aquel lugar comprendí que las palabras no eran necesarias. Aquellos seres podían comunicarse sin hablar, transmitiendo serenidad y una sensación de armonía que nunca había sentido.
Les hablé del mundo del que venía, de nuestras ciudades, de los bancos, de los mercados, de las grandes empresas y de una sociedad muchas veces guiada por el dinero y el poder. También les conté que vivimos rodeados de máquinas, vehículos y avances que nos han dado muchas comodidades, pero que a veces parecen alejarnos de la calma y de nosotros mismos.
Ellos no respondieron con palabras. Solo sentí, a través de sus rostros tranquilos, que todo aquello que tanto nos preocupa algún día dejará de tener la importancia que creemos que tiene. Sentí que la humanidad todavía tiene mucho que aprender y que quizá existe un camino hacia una forma diferente de vivir.
Me desperté con una sensación extraña, pero no de miedo. Al contrario, sentí paz. Pensé que, sea cual sea el destino que nos espere, quizá lo más importante no sea lo que poseemos, sino la capacidad de encontrar bondad, comprensión y tranquilidad.
No tengáis miedo.

