COSAS DE GELY
El planeta que pisamos, ese oasis de vida en la inmensidad del cosmos, ha sido violado una y otra vez por quienes deberían haberlo protegido. No son los árboles, ni los ríos, ni los animales los que han fallado: somos nosotros, los seres humanos, especialmente aquellos que han tenido el poder de decidir y han elegido siempre el camino más corto hacia la destrucción. Durante milenios, los gobernantes (emperadores, reyes, dictadores, presidentes, magnates) han mirado hacia otro lado mientras saqueaban la Tierra. No les importó arrasar selvas para construir palacios, envenenar mares para llenar sus arcas, o convertir el aire en un veneno lento para sus propios pueblos. Prefirieron jugar a ser dioses en lugar de ser guardianes, y en su juego, millones de personas inocentes pagaron el precio: murieron en guerras absurdas, inventadas para robar tierras, recursos o prestigio, mientras el mundo se desmoronaba a su alrededor.
Las batallas que libraron no fueron por el futuro de la humanidad, sino por su propia vanidad. Cruzadas, guerras mundiales, invasiones, conflictos por el petróleo, por el agua, por el control de territorios que luego quedarían yermos. Mientras los ejércitos marchaban, los bosques ardían en silencio, los glaciares se derretían como cera al fuego, y los suelos se agotaban bajo el peso de la agricultura industrial. Los líderes firmaban tratados que nunca cumplían, asistían a cumbres climáticas para posar en fotos, y seguían subvencionando la muerte: el carbón, el petróleo, el gas, la industria contaminante que enriquecía a unos pocos y condenaba a millones. La ciencia advirtió una y otra vez, desde hace décadas, pero el poder prefiere el estruendo de las bombas al susurro de los bosques.
Hoy, la Tierra nos está pasando factura con una crudeza que ya no admite excusas. Los incendios arrasan lo que queda de Amazonía, Australia y California, devorando ecosistemas que tardaron milenios en formarse. Las inundaciones se tragan ciudades enteras, arrastrando vidas, hogares y sueños en cuestión de minutos, mientras los políticos siguen hablando de “crecimiento económico” como si fuera un dios al que rendir pleitesía. Las tormentas son cada vez más violentas, los desiertos avanzan, los océanos se llenan de plástico y los animales desaparecen a un ritmo que no tiene precedentes en la historia de la Tierra. Y quienes sufren no son los responsables, sino los más vulnerables: los niños que mueren por hambre en el Cuerno de África, los pescadores de Bangladesh que pierden sus casas bajo el mar, los pueblos indígenas que ven cómo su tierra es arrebatada por corporaciones sin rostro.
¿Qué habría que hacer para frenar esto? La respuesta es brutal, pero necesaria: parar el mundo. No en el sentido de destruirlo todo, sino de detener la máquina de destrucción que hemos construido. Hay que cerrar las centrales de carbón hoy mismo, prohibir los coches de combustión, nacionalizar las petroleras para reconvertirlas en energías limpias y detener la extracción de combustibles fósiles ya. No hay tiempo para transiciones lentas cuando los ecosistemas colapsan a nuestro alrededor. Hay que reconstruir la naturaleza: devolverle a los bosques su espacio, prohibir la deforestación, restaurar humedales, proteger los océanos. Los humedales son esponjas naturales contra las inundaciones, los bosques absorben el carbono, los océanos regulan el clima. Pero no se trata solo de plantar árboles al tuntún: hay que devolver la biodiversidad, dejar que los ecosistemas se recuperen por sí mismos, sin la intervención humana que los ha destruido.
El modelo económico actual es insostenible. Se basa en robar el futuro para dar beneficios hoy, en vender productos que duran un suspiro y llenar el planeta de basura. Hay que cambiarlo todo: impuestos altísimos a los contaminadores, multas ejemplares a quienes destruyan el medio ambiente, renta básica universal para que la gente no tenga que elegir entre comer o salvar el planeta. Los gobernantes no actúan porque dependen de bancos, petroleras y corporaciones. Hay que romper ese círculo: prohibir la financiación privada de las campañas políticas, garantizar participación ciudadana directa en las decisiones climáticas y castigar con dureza la corrupción ecológica.
Pero incluso eso no será suficiente si no cambiamos nosotros, los ciudadanos. Vivimos en una sociedad que confunde felicidad con tener, que nos bombardea con publicidad para que consumamos más, más y más, aunque eso signifique destruir el planeta. Hay que decrecer: menos coches, menos aviones, menos carne, menos plástico, menos ropa rápida. Menos “quiero” y más “basta”. No se trata de vivir en la miseria, sino de entender que el exceso de unos mata a otros. Y hay que poner fin a la guerra como solución. Cada bomba, cada misil, cada fábrica de armas es un crimen contra la Tierra. La industria militar es una de las mayores contaminantes del mundo, y sin embargo, sigue siendo intocable. Desmantelar el complejo militar-industrial no es utopía: es supervivencia.
¿Hay tiempo para hacerlo? Sí, pero apenas. Los científicos dicen que aún podemos limitar el calentamiento a 1.5°C, pero para eso necesitamos actuar como si estuviéramos en guerra. Porque, en realidad, lo estamos. Una guerra contra nosotros mismos, contra nuestra propia estupidez. Los gobernantes que no actúen con urgencia deberían ser juzgados por crímenes contra la humanidad. Y los ciudadanos que miren hacia otro lado, cómplices. No es momento de discursos bonitos ni de promesas vacías. Es momento de acción brutal, coordinada y sin piedad contra la destrucción. Si no paramos esto ahora, dentro de 20 años no habrá futuro que salvar. Solo habrá polvo y cenizas.
Y lo más cruel no será que la Tierra desaparezca (la Tierra sobrevivirá, como siempre), sino que nosotros, los humanos, seremos recordados como la generación que tuvo la oportunidad de evitarlo… y la desperdició por egoísmo, cobardía y estupidez.
TUS VIAJES, TUS COMPRAS Y TU COMSUMO INNECESARIO, TIENEN QUE ACABAR, TODAS ESAS COSAS QUE TU Y MILLONES DE SERES HUMANOS COMO TU, HAN DECIDIDO BASANDOSE EN NO SE QUE CIENCIA, CREEN QUE NO CAUSAN DAÑO AL PLANETA, SE ESTÁN EQUIVOCANDO

