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domingo, febrero 08, 2026

HIPÓCRATES PARACELSO Y SU MEDICINA

COSAS DE GELY

 

 HIPÓCRATES PARACELSO Y SU MEDICINA  

A veces me pregunto si no nos hemos quedado atrapados en un juramento que ya no refleja la medicina que vivimos hoy. El juramento hipocrático nació en una época en la que curar significaba observar, acompañar, respetar los ritmos del cuerpo y apoyarlo con lo que la naturaleza ofrecía. Hipócrates hablaba de equilibrio, de dieta, de descanso, de clima, de plantas medicinales y, sobre todo, de no dañar. Su medicina era sencilla, imperfecta, pero profundamente humana. Hoy, sin embargo, la medicina dominante se parece mucho más a lo que intuía Paracelso que a lo que practicaba Hipócrates, y aun así seguimos jurando como si nada hubiera cambiado.

Paracelso fue un revolucionario. Rompió con la tradición médica de su tiempo y defendió que las enfermedades tenían causas concretas y que, por tanto, necesitaban remedios concretos. Introdujo la química, los minerales, las sustancias activas y dejó una frase que sigue siendo clave: “la dosis hace el veneno”. En cierto modo, la medicina moderna es hija directa de esa idea. Vivimos rodeados de fármacos diseñados para actuar sobre un mecanismo específico del cuerpo, con una precisión que Hipócrates jamás habría imaginado. El problema es que esa precisión ha venido acompañada de una cascada de efectos secundarios, de dependencia química y de una fe casi ciega en que siempre hay una pastilla para cada malestar.

Hoy no se prescribe silencio, ni reposo, ni cambios profundos de estilo de vida como primera opción. Se prescribe química. Mucha química. Y no porque los médicos sean malvados o insensibles, sino porque el sistema entero está construido alrededor del medicamento. Las consultas son breves, los protocolos rígidos y la presión de la industria farmacéutica es constante. En este contexto, resulta casi irónico seguir invocando a Hipócrates mientras se receta una lista interminable de fármacos con prospectos que asustan más que la propia enfermedad.

Aquí es donde la figura de Paracelso vuelve a incomodar. Si la dosis hace el veneno, ¿qué estamos haciendo cuando millones de personas toman varios medicamentos al día durante años? ¿Quién mide realmente ese veneno acumulado? ¿Quién asume la responsabilidad cuando el tratamiento genera nuevos síntomas que requieren nuevos fármacos, en un círculo que parece no tener fin? Quizá, si el juramento médico se pareciera más a un juramento “paracelsiano”, al menos se hablaría con más honestidad del poder y del peligro de las sustancias que se prescriben.

Libros como Medicamentos que matan y crimen organizado, de Peter C. Gøtzsche, ponen palabras a una incomodidad que muchos pacientes ya sienten en el cuerpo. Gøtzsche denuncia cómo una parte de la industria farmacéutica prioriza el beneficio económico sobre la salud, minimiza efectos adversos y convierte a personas sanas en pacientes crónicos. No es un ataque a la medicina en sí, sino a un modelo que ha perdido el equilibrio, ese equilibrio del que hablaba Hipócrates hace más de dos mil años.

Tal vez no se trate de elegir entre Hipócrates o Paracelso, sino de tener el valor de unirlos de verdad. De reconocer que la química puede salvar vidas, pero también dañarlas. De recordar que no todo se arregla con una molécula y que el cuerpo humano no es una máquina aislada, sino un sistema complejo atravesado por emociones, contexto social, alimentación, estrés y sentido de vida. Y, sobre todo, de recuperar una ética médica que no se limite a repetir un juramento antiguo, sino que se atreva a cuestionar el presente.

Porque si algo necesitamos hoy no es más fe ciega en los medicamentos, ni un rechazo irracional a ellos, sino médicos que miren a la persona antes que al síntoma, que no confundan tratar con medicar, y que recuerden, cada día, que curar no siempre es intervenir, y que a veces el mayor acto médico es no hacer daño.