Mostrando entradas con la etiqueta MEDÍCOS MEDICAMENTOS Y AUTO ENVENENAMIENTO CONSCIENTE. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta MEDÍCOS MEDICAMENTOS Y AUTO ENVENENAMIENTO CONSCIENTE. Mostrar todas las entradas

sábado, enero 31, 2026

MEDÍCOS MEDICAMENTOS Y AUTO ENVENENAMIENTO CONSCIENTE

COSAS DE GELY 

 
MEDÍCOS MEDICAMENTOS Y AUTO ENVENENAMIENTO CONSCIENTE 

Vivimos la era del auto envenenamiento medicamentoso consciente y lo más inquietante es que lo hacemos con absoluta naturalidad. Vamos al médico —ese señor o señora que lleva un título cuyo nombre ya nos da una pista, médico, medicamento— y le contamos nuestros síntomas: colesterol alto, tensión, alergias, catarros, dolores difusos, insomnio, ansiedad, tristeza, cansancio. La lista puede ser infinita, como infinita parece ser también la lista de fármacos disponibles para cada uno de esos malestares. Salimos de la consulta con una receta en la mano y una sensación extraña de alivio: ya está, algo se está haciendo.

Aceptamos casi sin cuestionar que la respuesta a vivir en un cuerpo que envejece, se inflama, se estresa y se cansa sea añadir sustancias químicas de forma crónica. No una, sino varias. Las acumulamos con los años como quien acumula capas: una para la tensión, otra para el colesterol, otra “por si acaso”, otra para contrarrestar los efectos secundarios de la anterior. Y aquí aparece la paradoja brutal: leemos el prospecto. Lo leemos de verdad. Vemos palabras como mareos, daño hepático, problemas renales, arritmias, hemorragias, dependencia, incluso muerte. Y aun así, seguimos adelante. Abrimos el blíster y tragamos.

No es ignorancia. Es consentimiento. Un consentimiento basado en la autoridad, en el miedo y en la costumbre. Nos dicen que es necesario, que es lo que hay, que el riesgo de no tomarlo es mayor que el de tomarlo. Y como queremos vivir —o al menos no empeorar— aceptamos el trato. Un trato silencioso en el que asumimos que para seguir funcionando debemos envenenarnos un poco cada día, de forma controlada, legal y supervisada.

Después de leer Medicamentos que matan y crimen organizado de Peter C. Gøtzsche, esta sensación se vuelve todavía más incómoda. Empieza a resquebrajarse la imagen casi sagrada del medicamento como sinónimo automático de curación. No porque todos los fármacos sean malos, sino porque el sistema que los produce, los receta y los normaliza está atravesado por intereses que poco tienen que ver con nuestra salud. Y aun así, hemos aceptado de buen grado que quienes se suponen que deben curarnos utilicen sustancias que, en determinadas condiciones, dosis o combinaciones, pueden dañarnos gravemente o incluso matarnos.

Lo más perturbador no es que los medicamentos tengan efectos secundarios. Eso siempre se ha sabido. Lo perturbador es la ligereza con la que convivimos con esa información. La forma en que hemos interiorizado que es normal medicarse de por vida, que es normal tomar algo para casi todo, que el cuerpo es un conjunto de parámetros que hay que corregir químicamente para que no se salga de la norma estadística. Si el precio es pagar con el hígado, los riñones o la lucidez mental a largo plazo, parece asumible.

Nos hemos convertido en participantes activos de este auto envenenamiento. Nadie nos obliga a tragarnos la pastilla; lo hacemos nosotros. Confiando, resignados o simplemente cansados de discutir. Preferimos el riesgo conocido del medicamento al vértigo de cuestionar el modelo completo de salud, enfermedad y tratamiento. Preferimos no pensar demasiado en lo que significa sostener la vida a base de sustancias que el propio prospecto advierte que pueden destruirla.

Quizá lo más revelador de esta era no sea la existencia de medicamentos peligrosos, sino nuestra capacidad para normalizar la contradicción sin que nos tiemble la mano. Queremos curarnos, pero aceptamos enfermarnos un poco más por el camino. Queremos vivir más, aunque no sepamos muy bien a qué precio. Y mientras tanto, seguimos leyendo el prospecto, doblándolo con cuidado, guardándolo en la caja… y tomando la pastilla igualmente.

Quizá también haya que preguntarse cómo se siente quien prescribe. Cómo vive un profesional de la medicina que, en el fondo, sabe que rara vez cura y que casi siempre cronifica. Alguien formado para aliviar, pero atrapado en protocolos, guías clínicas y fármacos que no sanan el origen, solo contienen los síntomas. Tal vez conviva con una incomodidad silenciosa: la de recetar sabiendo que ayuda y daña a la vez, que prolonga la vida mientras introduce nuevos problemas. Puede que se refugie en la ciencia, en la estadística y en la rutina para no mirar de frente esa grieta ética. O puede que, simplemente, se haya acostumbrado. Porque aceptar que no se cura, sino que se gestiona químicamente el malestar, debe de ser una de las formas más duras de cansancio profesional.

¿Cómo saber si me están envenenando poco a poco?
Los síntomas varían según el tóxico, pero pueden incluir:

  1.     Dolor abdominal.
  2.     Labios azulados (cianosis)
  3.     Dolor torácico.
  4.     Confusión.
  5.     Tos.
  6.     Diarrea.
  7.     Dificultad para respirar.
  8.     Vértigo.

SI SIENTES CURIOSIDAD PINCHA AQUÍ