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sábado, enero 17, 2026

TRUMP UN MOMENTO DE LA HISTORIA EN EL QUE LA INDIFERENCIA DEJA DE SER NEUTRAL

COSAS DE GELY 

TRUMP UN MOMENTO DE LA HISTORIA EN EL QUE LA INDIFERENCIA DEJA DE SER NEUTRAL

Existe un momento en la historia en el que la indiferencia deja de ser neutral y pasa a convertirse en complicidad. Muchos ciudadanos de Estados Unidos y del resto del mundo sienten hoy una inquietud profunda ante la forma de actuar de Donald Trump, una inquietud que no nace de la ideología, sino del miedo real a las consecuencias de un poder ejercido sin humanidad, sin límites éticos y sin respeto por la vida ajena. Cuando una persona con enorme influencia global gobierna desde la amenaza, el chantaje y la obsesión por el beneficio personal, el problema deja de ser nacional y se convierte en un peligro para todos los habitantes del planeta.

La actitud de este “señor”, si no se le pone freno, puede arrastrarnos a un mundo más violento, más desigual y más inseguro. Normalizar el insulto, la presión económica, la intimidación a otros países y el desprecio por los trabajadores no solo degrada la política, degrada la convivencia humana. Un liderazgo basado en el miedo y la codicia abre la puerta a conflictos innecesarios, a guerras comerciales que empobrecen a millones de personas, al debilitamiento de derechos laborales y al deterioro de la cooperación internacional en asuntos tan graves como el cambio climático, la migración o la paz mundial. Cuando quien manda carece de empatía, el daño nunca se queda arriba, siempre cae hacia abajo.

Por eso la reacción de los trabajadores estadounidenses es tan importante. Porque son ellos quienes sostienen la economía real, quienes mantienen el país en funcionamiento mientras otros juegan al poder desde despachos blindados. Si la clase trabajadora decide alzar la voz de forma pacífica y constante, si decide decir “hasta aquí” sin violencia, pero sin miedo, los planes de Trump se ven directamente amenazados. No hay narrativa de fuerza que resista cuando millones de personas demuestran, una y otra vez, que no se sienten representadas por la soberbia ni por la crueldad.

Las manifestaciones pacíficas continuadas no son un gesto vacío, son un recordatorio moral permanente. Son la prueba de que la dignidad no se negocia y de que el silencio no es una opción. Cuando estas movilizaciones se sostienen en el tiempo, generan una grieta profunda en el poder, porque obligan a mirar aquello que se quiere ocultar: la injusticia, el abuso y la falta de humanidad. El desgaste no es solo político, es ético, y ese desgaste termina alcanzando a quienes apoyan, financian o se benefician de ese tipo de liderazgo.

La preocupación crece aún más cuando se entiende que Trump no actúa solo para su país, sino que condiciona la vida de millones de personas fuera de sus fronteras. Sus decisiones, sus amenazas y su lenguaje agresivo afectan a trabajadores de otros países, a economías frágiles, a relaciones internacionales ya tensas. Si el mundo guarda silencio, el mensaje es devastador: que el poder puede ejercerse sin responsabilidad y que la vida humana vale menos que el dinero o el ego de un dirigente.

Por eso es tan importante que la respuesta no se limite a Estados Unidos. Cuando los trabajadores del resto del mundo se reconocen en la misma preocupación y expresan su rechazo de forma solidaria, pacífica y consciente, se envía una señal poderosa: la humanidad no está dispuesta a ser rehén de un hombre sin escrúpulos. Esa unión internacional, basada en la empatía y no en la violencia, puede frenar la expansión del miedo y del chantaje como forma de gobierno.

La organización de esta respuesta nace de algo muy sencillo y muy profundo a la vez: la conciencia compartida de que así no se puede seguir. Se construye cuando la gente habla, cuando se apoya, cuando se informa, cuando decide no mirar hacia otro lado. No hace falta heroísmo, hace falta constancia. No hace falta odio, hace falta firmeza. Frente a alguien que solo entiende el lenguaje del dinero y la amenaza, la unión pacífica de millones de personas preocupadas por el futuro del planeta es un acto de auténtico coraje.

Si no se detiene esta forma de actuar, el riesgo es enorme. Se normalizará la deshumanización, se debilitarán los lazos internacionales y se sembrará un mundo más hostil para las generaciones que vienen. Pero si la gente sencilla, los trabajadores, los ciudadanos comunes deciden no callar, no rendirse y no colaborar con la injusticia, todavía hay esperanza. Porque ningún poder basado en la falta de humanidad puede sostenerse indefinidamente frente a una humanidad que despierta y dice basta.