COSAS DE GELY
El Evangelio de la Verdad, hallado en la Biblioteca Copta de Nag Hammadi en 1945, es uno de los textos gnósticos más profundos que han llegado hasta nosotros. No es un relato biográfico sobre Jesús, ni un conjunto de normas, sino una meditación luminosa que invita al lector a recordar quién es en realidad. Habla del olvido como la causa del sufrimiento humano y de la gnosis —el conocimiento interior— como el camino de regreso a la plenitud. Su voz, suave y penetrante a la vez, describe a Jesús no como un soberano que exige obediencia, sino como un maestro de sabiduría que vino a despertar la chispa divina dormida en cada ser.
Este evangelio nos muestra un Dios que no castiga ni separa, un Dios que no se complace en el miedo, sino que llama con paciencia a quienes se perdieron en la ignorancia. Jesús aparece como quien revela la memoria del alma: el recuerdo de que nunca estuvimos lejos de la luz, sino envueltos en un velo que nos impedía reconocerla. Es un mensaje de libertad interior, de profunda ternura, de esperanza para quienes desean comprender su verdadero origen.
Para entender por qué este texto fue ocultado durante siglos debemos mirar a la historia. Durante los primeros siglos del cristianismo existió una enorme diversidad de comunidades, enseñanzas y formas de entender a Jesús. Había interpretaciones simbólicas, místicas, filosóficas, espirituales; había grupos que veían en Cristo a un revelador del conocimiento interior y no al fundador de un sistema de poder. Pero en el siglo IV el Imperio Romano, necesitado de unidad política, intentó poner fin a esa variedad. Constantino convocó el Concilio de Nicea en el año 325 con la intención de fijar un único dogma. La búsqueda espiritual, la libre interpretación y la profundidad mística estorbaban a una autoridad que necesitaba control. Así comenzó un proceso por el cual muchas enseñanzas antiguas fueron declaradas heréticas, y quienes las defendían fueron perseguidos, silenciados o eliminados.
Los textos gnósticos, que hablaban de libertad interior, de una relación directa con lo divino y de un Cristo que no necesitaba jerarquías humanas, fueron especialmente amenazados. Por ello, manos anónimas los escondieron en vasijas de barro y los enterraron en el desierto egipcio para salvarlos de la destrucción. Gracias a ese acto silencioso hoy podemos leer lo que durante siglos se nos negó.
AUDIO LIBRO EVANGELIOS GNOSTICOS
Con el tiempo, la institución que se formó en torno al cristianismo adoptó estructuras de poder político y militar. Los obispos se convirtieron en gobernantes, los concilios en tribunales, la fe en leyes estrictas, y la espiritualidad en un instrumento para mantener el orden. Quien pensaba diferente era castigado. La historia es clara: hubo excomuniones, persecuciones, destrucción de libros, guerras impulsadas desde el papado, y siglos de represión espiritual. La Inquisición fue la culminación de este sistema: una maquinaria organizada para sofocar toda luz que escapara del control doctrinal. Miles de personas fueron torturadas o ejecutadas por el simple hecho de seguir su conciencia. Místicos, buscadores, mujeres acusadas de brujería, filósofos, campesinos: todos fueron víctimas de un poder que temía la libertad interior que Jesús había venido a despertar.
A estos episodios se suman sombras más recientes. En muchos países se descubrieron abusos cometidos por miembros del clero, abusos que durante décadas fueron cubiertos y silenciados para proteger la imagen de la institución. El dolor de las víctimas, y el sufrimiento prolongado por ese silencio, ha mostrado que la estructura eclesiástica, una vez más, priorizó su prestigio antes que la verdad.
Y, sin embargo, a pesar de toda esta historia de ocultamiento, el mensaje interior nunca desapareció. En 1945, cuando en Nag Hammadi se halló aquella vasija enterrada durante más de mil seiscientos años, fue como si la arena del desierto hubiese esperado pacientemente para devolvernos una verdad olvidada. El Evangelio de la Verdad resurgió para recordarnos que lo divino no vive en templos de piedra ni en tronos dorados, sino en lo profundo de la conciencia; que Jesús no vino a fundar instituciones, sino a encender una llama; que la verdadera salvación nace del conocimiento interior y no del miedo.
Este texto habla a quienes sienten que algo falta, a quienes presienten que la historia oficial dejó fuera una parte esencial, a quienes buscan un camino espiritual que no esté basado en la imposición, sino en la revelación de lo que ya vive en su interior. No pide fe ciega, pide memoria: recordar que somos más de lo que nos dijeron que éramos; recordar que no estamos separados de la fuente; recordar que el Reino no está fuera, sino dentro.
La verdad, por más que la oculten, siempre encuentra un modo de regresar. Regresa en un cántico antiguo rescatado del desierto; regresa cuando un alma se atreve a mirar hacia dentro; regresa cuando comprendemos que la luz nunca se extinguió, sino que estaba esperando ser reconocida. El Evangelio de la Verdad volvió para hablar a quienes desean una espiritualidad sin miedo, sin cadenas, sin intermediarios. Volvió para recordarnos que somos hijos de la luz, y que ningún poder humano puede apagar la verdad que llevamos dentro.

