Hay una tristeza silenciosa que crece en cada esquina, en cada pueblo, en cada ciudad y nación de este asqueroso mundo moderno y egoísta. Una tristeza que no hace ruido porque nadie quiere escucharla. Es la vejez apartada, arrinconada, convertida en algo incómodo, como si envejecer fuese un error en lugar de una consecuencia natural de haber vivido. Antes, los mayores eran memoria, eran consejo, eran raíz. Hoy, demasiadas veces, se les mira como un estorbo, como una carga, como un recuerdo molesto de lo que todos seremos y nadie quiere aceptar.
No ha pasado de golpe, ha sido poco a poco, mientras aplaudíamos el progreso sin preguntarnos qué estábamos dejando atrás. Hemos construido un mundo rápido, eficiente, productivo, pero sobre todo deshumanizado y egoísta… y en esa carrera hemos decidido, sin decirlo en voz alta, que quien no produce, sobra. Y así, los padres que nos sostuvieron cuando no sabíamos ni caminar, los abuelos que hicieron de su vida un sacrificio silencioso, han ido perdiendo su lugar hasta quedarse en una especie de tierra de nadie: presentes pero invisibles.
El edadismo no siempre grita, a veces susurra en gestos pequeños: en la prisa por no escuchar, en la impaciencia ante una historia repetida, en la decisión de delegar el cuidado como si el cariño pudiera externalizarse. Nos hemos acostumbrado a justificarlo todo con la falta de tiempo, con la necesidad, con la vida moderna. Pero en el fondo hay algo más duro: una forma de egoísmo que nos permite mirar hacia otro lado sin sentirnos culpables.
Y así la familia, que antes era refugio, se ha ido deshilachando. No porque haya desaparecido del todo, sino porque ha perdido su sentido más profundo. Ya no siempre es ese lugar donde uno pertenece pase lo que pase, sino algo más frágil, más condicionado, más cómodo.
¿Qué debe hacer entonces un anciano cuando se encuentra en medio de ese abandono disfrazado de normalidad? No hay una respuesta justa para algo que ya es injusto en sí mismo. Pero quizás lo primero sea no aceptar la mentira de que su vida vale menos. No dejar que le convenzan de que molesta por existir, de que su tiempo ha pasado. Porque no es cierto. La dignidad no caduca, el valor de una vida no se mide en productividad ni en rapidez.
Y también, aunque duela, buscar donde aún haya humanidad: en otras personas, en otros mayores, en pequeños espacios donde todavía se escuche, se mire a los ojos, se recuerde que todos estamos hechos del mismo final. Resistir, de alguna manera, sin endurecerse del todo, sin dejar que la amargura lo ocupe todo, porque entonces la deshumanización se completa.
Tal vez el verdadero problema no es solo lo que les ocurre a los mayores, sino lo que nos está ocurriendo a todos. Porque una sociedad que aparta a quienes la sostuvieron no se vuelve más fuerte ni más moderna, se vuelve más pobre, más fría, más sola. Y tarde o temprano, cada uno de nosotros tendrá que enfrentarse a ese espejo. Y ojalá entonces todavía quede alguien que nos vea como personas, y no como una carga.
No ha pasado de golpe, ha sido poco a poco, mientras aplaudíamos el progreso sin preguntarnos qué estábamos dejando atrás. Hemos construido un mundo rápido, eficiente, productivo, pero sobre todo deshumanizado y egoísta… y en esa carrera hemos decidido, sin decirlo en voz alta, que quien no produce, sobra. Y así, los padres que nos sostuvieron cuando no sabíamos ni caminar, los abuelos que hicieron de su vida un sacrificio silencioso, han ido perdiendo su lugar hasta quedarse en una especie de tierra de nadie: presentes pero invisibles.
El edadismo no siempre grita, a veces susurra en gestos pequeños: en la prisa por no escuchar, en la impaciencia ante una historia repetida, en la decisión de delegar el cuidado como si el cariño pudiera externalizarse. Nos hemos acostumbrado a justificarlo todo con la falta de tiempo, con la necesidad, con la vida moderna. Pero en el fondo hay algo más duro: una forma de egoísmo que nos permite mirar hacia otro lado sin sentirnos culpables.
Y así la familia, que antes era refugio, se ha ido deshilachando. No porque haya desaparecido del todo, sino porque ha perdido su sentido más profundo. Ya no siempre es ese lugar donde uno pertenece pase lo que pase, sino algo más frágil, más condicionado, más cómodo.
¿Qué debe hacer entonces un anciano cuando se encuentra en medio de ese abandono disfrazado de normalidad? No hay una respuesta justa para algo que ya es injusto en sí mismo. Pero quizás lo primero sea no aceptar la mentira de que su vida vale menos. No dejar que le convenzan de que molesta por existir, de que su tiempo ha pasado. Porque no es cierto. La dignidad no caduca, el valor de una vida no se mide en productividad ni en rapidez.
Y también, aunque duela, buscar donde aún haya humanidad: en otras personas, en otros mayores, en pequeños espacios donde todavía se escuche, se mire a los ojos, se recuerde que todos estamos hechos del mismo final. Resistir, de alguna manera, sin endurecerse del todo, sin dejar que la amargura lo ocupe todo, porque entonces la deshumanización se completa.
Tal vez el verdadero problema no es solo lo que les ocurre a los mayores, sino lo que nos está ocurriendo a todos. Porque una sociedad que aparta a quienes la sostuvieron no se vuelve más fuerte ni más moderna, se vuelve más pobre, más fría, más sola. Y tarde o temprano, cada uno de nosotros tendrá que enfrentarse a ese espejo. Y ojalá entonces todavía quede alguien que nos vea como personas, y no como una carga.


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