COSAS DE GELY
«A río revuelto, ganancias de pescadores». Hay refranes que sobreviven al paso de los años porque, por desgracia, siguen describiendo demasiado bien algunas realidades.
Y hoy ese refrán me hace pensar en España, en nuestra vivienda y, sobre todo, en las personas que están sufriendo para poder conservar algo tan básico como un hogar.
Estamos llegando a un punto que, sinceramente, me cuesta comprender. Familias enteras viviendo con el miedo de recibir una carta, una llamada o una fecha de desahucio. Personas mayores que, después de toda una vida, pueden verse obligadas a abandonar la casa que consideran su hogar. Familias con niños, personas enfermas o dependientes que no saben dónde podrán dormir mañana. Y detrás de cada uno de esos casos hay una historia, una vida, unos recuerdos y una dignidad que deberían importar mucho más que cualquier cuenta de resultados.
Lo más doloroso es la deshumanización a la que estamos llegando. Parece que cuando una persona deja de ser rentable para alguien, deja también de importar. Hablamos de contratos, fondos de inversión, propiedades, rentabilidades y procedimientos judiciales, pero muchas veces olvidamos pronunciar la palabra más importante: personas.
Personas que no están pidiendo vivir gratis. Personas que, en muchos casos, llevan años pagando un alquiler y que simplemente se encuentran con que frente a ellas hay quienes tienen muchísimo más poder económico y capacidad para decidir sobre sus vidas.
Y mientras tanto, los llamados fondos buitre siguen teniendo un enorme peso en el mercado de la vivienda. Cuando una vivienda deja de ser vista como un hogar y pasa a considerarse únicamente un activo con el que obtener beneficios, algo estamos haciendo mal como sociedad.
Y no podemos decir que nuestros políticos no sepan lo que está ocurriendo. Lo saben. Se ha hablado de ello en el Congreso de los Diputados y se han presentado iniciativas para proteger a los inquilinos y recuperar viviendas en manos de fondos de inversión para incorporarlas al parque público. Una de esas iniciativas fue rechazada en abril.
También se han producido otras votaciones en las que los partidos de derechas, especialmente el Partido Popular y Vox, han votado en contra de determinadas medidas destinadas a reforzar la protección de los inquilinos y limitar la actuación de grandes propietarios y fondos de inversión.
Y estos son hechos que cada ciudadano puede valorar y sacar sus propias conclusiones.
Pero yo sí me pregunto una cosa: ¿cómo podemos hablar de libertad, de progreso y de bienestar mientras hay personas que viven con el corazón encogido porque no saben si podrán seguir viviendo en su casa?
¿En qué momento dejamos de mirar a los ojos a quien sufre?
¿En qué momento una vivienda se convirtió antes en una oportunidad para ganar dinero que en un lugar donde una familia pueda sentirse segura?
Y quizá por eso la gente está saliendo a la calle.
Porque la paciencia también se acaba.
En los últimos días hemos visto manifestaciones y concentraciones en numerosas ciudades españolas contra los desahucios y contra el peso de los fondos de inversión en la vivienda. Miles de personas han salido a las calles para reclamar algo que debería ser tan sencillo como poder acceder a una vivienda y conservarla sin vivir permanentemente bajo la amenaza de perderla.
No creo que toda esa gente salga a la calle porque quiera enfrentarse a nadie. Creo que sale porque está cansada de tener miedo. Cansada de que se hable de la vivienda como si fuera solamente un mercado. Cansada de escuchar promesas mientras ve cómo amigos, familiares y vecinos tienen cada vez más dificultades para conservar un techo.
Y aquí es donde vuelvo al refrán: «A río revuelto, ganancias de pescadores».
Porque cuando una sociedad está preocupada, dividida y agotada, siempre hay quienes encuentran la manera de sacar beneficio de ese río revuelto. Pero yo me niego a aceptar que la ganancia de unos pocos tenga que construirse sobre el sufrimiento de otros.
Una vivienda no debería ser un lujo. No debería importar más la rentabilidad de un fondo que la tranquilidad de una familia. Ningún niño debería crecer viendo cómo sacan a sus padres de su casa, ni una persona mayor debería vivir con el miedo de terminar en la calle.
No sé en qué momento hemos permitido que la empatía se haya vuelto tan escasa. Pero sí sé que una sociedad también se mide por cómo trata a quienes tienen menos fuerza para defenderse.
Y cuando miles de personas salen a las calles para decir «basta», quizá deberíamos dejar de mirar hacia otro lado y empezar, de una vez, a escuchar.
Porque detrás de cada desahucio no hay solamente una vivienda que cambia de dueño. Hay una vida que se rompe.
Y eso, por mucho que algunos quieran convertirlo en simples números, nunca debería dejar de importarnos.
Y mientras esto esta ocurriendo, la presidenta de la comunidad de Madrid, Ayuso, militante del PP, queriéndonos colar a todos, las mentiras de su ático multimillonario comprado con dinero público.





















