COSAS DE GELY
Durante un tiempo, este espacio estará en silencio. No sé cuánto durará esta pausa, ni cuándo será el momento de volver, pero prefiero pensar que esto es solo un paréntesis.
Namasté no es un adiós, es un hasta luego.
COSAS DE GELY
El problema de la vivienda que hoy sufren millones de españoles, no es un accidente ni una casualidad de la economía, sino el resultado acumulado de décadas de malas decisiones políticas, avaricia corporativa y una descarada especulación, que convirtió un derecho humano básico, en un producto de lujo inalcanzable.
Todo comenzó a fraguarse hace años, cuando el gobierno de José María Aznar aprobó una ley que permitía construir casi en cualquier parte, abriendo de par en par la puerta a la especulación con el suelo. Poco después, bajo el mandato de José Luis Rodríguez Zapatero, la situación continuó igual: los bancos daban créditos con demasiada facilidad y se construyeron casas a un ritmo récord. Cuando esta enorme burbuja estalló en 2008, la economía se hundió y miles de familias se quedaron en la calle, dejando al país sembrado de viviendas vacías.
Para salvar a los bancos del desastre que ellos mismos habían provocado, el Estado creó la SAREB, el famoso "banco malo", se creó en el año 2012 bajo el Gobierno del Partido Popular de Mariano Rajoy con el objetivo de recapitalizar a un conjunto de entidades financieras afectadas por la crisis. Fue una herramienta más del llamado rescate a la banca española, que corrió por cuenta de todos los contribuyentes y generó una deuda avalada por el Estado de más de 50.000 millones de euros, acumulando miles de pisos pagados con el dinero de todos.
Sin embargo, en lugar de usar esas casas para ayudar a la ciudadanía, Mariano Rajoy, prefirió malvender ese patrimonio público a grandes fondos de inversión extranjeros, conocidos popularmente como "fondos buitre". Estos fondos compraron barrios enteros a precio de saldo y hoy controlan el mercado, subiendo los alquileres a su antojo y forzando desahucios masivos. Como dije anteriormente, Mariano Rajoy, destinó unos 50.000 millones de euros de fondos públicos, para rescatar a los bancos y se olvidó de las personas.
Pero el ejemplo más sangriento de este mal hacer, ocurrió en Madrid en 2013, cuando la alcaldesa Ana Botella, señora de Aznar, vendió de golpe 1.860 viviendas de protección oficial, al fondo estadounidense Blackstone, por solo 70.000 euros cada piso. Aquella operación, destinada a familias vulnerables que terminaron siendo expulsadas, fue tan grave que el Tribunal de Cuentas condenó a Ana Botella y a su equipo a pagar una indemnización millonaria por destrozar el patrimonio público. Y aunque años más tarde la justicia reconoció el derecho de los inquilinos a recuperar sus casas, el daño moral y social ya estaba hecho.
Diez años después, en 2022, bajo el Gobierno progresista liderado por Pedro Sánchez, se incorporaron a la Sareb los principios de sostenibilidad y utilidad social, como parte del proceso de optimización del valor de los activos que gestionaba la sociedad. Además, se incluyó en el mandato de la Sareb la cesión de viviendas a entidades públicas para el desarrollo de políticas de vivienda social.
El Estado se hizo con el control de la Sareb para cambiar su cometido, de modo que las viviendas y suelos que contribuyeron al rescate de las entidades financieras serían cedidas a la nueva empresa pública de vivienda para servir al interés general. Asimismo, el Gobierno aplicó la función social a los activos de la Sareb. Desde 2022, se han firmado más de 7.700 contratos de alquiler social en viviendas de la Sareb. Puedes leerlo aquí
El reflejo de toda esta impunidad lo padecemos en la durísima situación actual. Hoy en día, España vive una auténtica emergencia social, con los precios del alquiler y de la compra en máximos históricos. Las familias españolas se ven obligadas a destinar, de media, casi el 40% de sus ingresos solo para pagar el alquiler, una cifra que en las grandes ciudades devora sueldos enteros. La escasez de oferta es tan asfixiante que por cada anuncio de piso se presentan decenas de interesados en cuestión de minutos, mientras se exigen filtros draconianos que dejan fuera a los más vulnerables.
Compartir piso ya no es una etapa de estudiante; se ha convertido en la única opción para miles de trabajadores, e incluso familias enteras atrapadas en lo que ya se denomina un "chabolismo vertical". Mientras los jóvenes ven imposible independizarse, los desahucios de personas mayores y familias vulnerables siguen copando las portadas y encendiendo las protestas en las calles de todo el país.
Para salir del pozo en el que nos han metido los políticos del pasado y los especuladores del presente, ya no sirven las promesas vacías ni los parches legislativos que no funcionan. Hace falta voluntad política real para castigar con impuestos a quienes especulan con los techos de la gente, prohibir de forma drástica los pisos turísticos que vacían nuestros barrios y obligar a los grandes fondos a ceder sus viviendas vacías para alquiler social.
El Estado tiene la obligación urgente de asumir su responsabilidad aumentando masivamente el parque público de vivienda, que en España da vergüenza al rozar apenas el 1,5% frente a la media europea. Al fin y al cabo, la vivienda debe ser un derecho humano para vivir con dignidad, y no una mercancía para que unos pocos se sigan haciendo multimillonarios a costa del sufrimiento, la ansiedad y las lágrimas de la mayoría.
Mariano Rajoy creó el marco legal y financiero que propició el desembarco masivo de los fondos de inversión en el mercado inmobiliario. El Gobierno de Mariano Rajoy estableció una exención fiscal mediante un tipo de gravamen del 0 por ciento en el Impuesto sobre Sociedades para estimular la entrada de inversores institucionales en el mercado del alquiler. Este marco legal y financiero facilitó la entrada masiva de fondos de inversión internacionales para operar carteras de viviendas en España. Para más detalles, puedes consultar la Ley 16/2012, de 27 de diciembre, en el Boletín Oficial del Estado.
https://elobrero.es/columnas/184509-del-rescate-bancario-al-paraiso-de-los-fondos-buitre.html
COSAS DE GELY
A mis amados padres,
El tiempo pasa, pero vuestra huella permanece intacta en mi corazón. En este Día de los Difuntos, celebro la vida que me disteis y el amor incondicional con el que me guiasteis.
Hoy no puedo dejar de recordar, con profundo realismo y dolor, la crueldad de la que fuisteis víctimas. Tampoco he podido olvidar a aquella persona que, con una ambición desmedida, os despojó absolutamente de todo lo que con tanto sudor habíais construido. No actuó sola, lo hizo con la complicidad y el silencio de los que la rodeaban, todos ellos apoyaron su mala acción. Quiero que sepáis, allá donde estéis, que yo jamás olvidaré esa injusticia. No olvido vuestro sufrimiento, ni la infamia de aquellos quienes debieron protegeros y decidieron traicionaros.
Precisamente por el inmenso cariño que os tuve, por el respeto a vuestra memoria y por la indignación ante la traición que sufristeis, tomé la decisión más firme de mi vida: apartar a esa persona y a todos sus cómplices de mi existencia para siempre. No hay lugar en mi presente para quienes pisotearon vuestro esfuerzo. Mi distancia es el escudo con el que honro vuestra dignidad.
Aunque hoy no pueda veros, os siento en cada paso. Vuestro verdadero legado, la nobleza y la honestidad, jamás os lo pudieron robar. Os amo, os recuerdo intactos y os guardo en el único lugar donde la traición no puede entrar: mi corazón.
COSAS DE GELY
«A río revuelto, ganancias de pescadores». Hay refranes que sobreviven al paso de los años porque, por desgracia, siguen describiendo demasiado bien algunas realidades.
Y hoy ese refrán me hace pensar en España, en nuestra vivienda y, sobre todo, en las personas que están sufriendo para poder conservar algo tan básico como un hogar.
Estamos llegando a un punto que, sinceramente, me cuesta comprender. Familias enteras viviendo con el miedo de recibir una carta, una llamada o una fecha de desahucio. Personas mayores que, después de toda una vida, pueden verse obligadas a abandonar la casa que consideran su hogar. Familias con niños, personas enfermas o dependientes que no saben dónde podrán dormir mañana. Y detrás de cada uno de esos casos hay una historia, una vida, unos recuerdos y una dignidad que deberían importar mucho más que cualquier cuenta de resultados.
Lo más doloroso es la deshumanización a la que estamos llegando. Parece que cuando una persona deja de ser rentable para alguien, deja también de importar. Hablamos de contratos, fondos de inversión, propiedades, rentabilidades y procedimientos judiciales, pero muchas veces olvidamos pronunciar la palabra más importante: personas.
Personas que no están pidiendo vivir gratis. Personas que, en muchos casos, llevan años pagando un alquiler y que simplemente se encuentran con que frente a ellas hay quienes tienen muchísimo más poder económico y capacidad para decidir sobre sus vidas.
Y mientras tanto, los llamados fondos buitre siguen teniendo un enorme peso en el mercado de la vivienda. Cuando una vivienda deja de ser vista como un hogar y pasa a considerarse únicamente un activo con el que obtener beneficios, algo estamos haciendo mal como sociedad.
Y no podemos decir que nuestros políticos no sepan lo que está ocurriendo. Lo saben. Se ha hablado de ello en el Congreso de los Diputados y se han presentado iniciativas para proteger a los inquilinos y recuperar viviendas en manos de fondos de inversión para incorporarlas al parque público. Una de esas iniciativas fue rechazada en abril.
También se han producido otras votaciones en las que los partidos de derechas, especialmente el Partido Popular y Vox, han votado en contra de determinadas medidas destinadas a reforzar la protección de los inquilinos y limitar la actuación de grandes propietarios y fondos de inversión.
Y estos son hechos que cada ciudadano puede valorar y sacar sus propias conclusiones.
Pero yo sí me pregunto una cosa: ¿cómo podemos hablar de libertad, de progreso y de bienestar mientras hay personas que viven con el corazón encogido porque no saben si podrán seguir viviendo en su casa?
¿En qué momento dejamos de mirar a los ojos a quien sufre?
¿En qué momento una vivienda se convirtió antes en una oportunidad para ganar dinero que en un lugar donde una familia pueda sentirse segura?
Y quizá por eso la gente está saliendo a la calle.
Porque la paciencia también se acaba.
En los últimos días hemos visto manifestaciones y concentraciones en numerosas ciudades españolas contra los desahucios y contra el peso de los fondos de inversión en la vivienda. Miles de personas han salido a las calles para reclamar algo que debería ser tan sencillo como poder acceder a una vivienda y conservarla sin vivir permanentemente bajo la amenaza de perderla.
No creo que toda esa gente salga a la calle porque quiera enfrentarse a nadie. Creo que sale porque está cansada de tener miedo. Cansada de que se hable de la vivienda como si fuera solamente un mercado. Cansada de escuchar promesas mientras ve cómo amigos, familiares y vecinos tienen cada vez más dificultades para conservar un techo.
Y aquí es donde vuelvo al refrán: «A río revuelto, ganancias de pescadores».
Porque cuando una sociedad está preocupada, dividida y agotada, siempre hay quienes encuentran la manera de sacar beneficio de ese río revuelto. Pero yo me niego a aceptar que la ganancia de unos pocos tenga que construirse sobre el sufrimiento de otros.
Una vivienda no debería ser un lujo. No debería importar más la rentabilidad de un fondo que la tranquilidad de una familia. Ningún niño debería crecer viendo cómo sacan a sus padres de su casa, ni una persona mayor debería vivir con el miedo de terminar en la calle.
No sé en qué momento hemos permitido que la empatía se haya vuelto tan escasa. Pero sí sé que una sociedad también se mide por cómo trata a quienes tienen menos fuerza para defenderse.
Y cuando miles de personas salen a las calles para decir «basta», quizá deberíamos dejar de mirar hacia otro lado y empezar, de una vez, a escuchar.
Porque detrás de cada desahucio no hay solamente una vivienda que cambia de dueño. Hay una vida que se rompe.
Y eso, por mucho que algunos quieran convertirlo en simples números, nunca debería dejar de importarnos.
Y mientras esto esta ocurriendo, la presidenta de la comunidad de Madrid, Ayuso, militante del PP, queriéndonos colar a todos, las mentiras de su ático multimillonario comprado con dinero público.
COSAS DE GELY
Este mantra es una joya de devoción y poder espiritual, arraigado en tradiciones tántricas del budismo e hinduismo. Su esencia invoca a Tara Verde, una deidad asociada con la compasión activa, la protección y la manifestación de deseos elevados. A través de sus sílabas sagradas (Om Tare, Hreem Kleem, Iccha Purna Shakti, Hum Swaha) este mantra no solo es una plegaria, sino una herramienta para alinear la energía interna con la gracia divina, invitando a la transformación y al florecimiento espiritual.
“Tara Verde: La Madre que Te Escucha”
Te invito a que mientras escuches este mantra cierres los ojos un momento. Respires hondo y sientas cómo el aire entra y sale de tu pecho. En ese silencio, piensa que hay alguien a tu lado que siempre está ahí, esperando. No con juicios, no con condiciones, sino con los brazos abiertos y el corazón lleno de luz. Esa presencia es Tara Verde, la diosa de la compasión infinita, la madre que nunca te abandona.
Ella no es un mito lejano ni una figura de piedra en un templo. Tara Verde es el amor que late en tu pecho cuando el mundo se oscurece, la voz que te susurra “aguanta, aquí estoy” cuando sientas que no puedes más. Es la energía que te envuelve cuando lloras, cuando te sientes perdida, cuando necesitas recordar que no estás sola. Imagina a una mujer vestida de esmeralda, con ojos que brillan como el amanecer, rodeada de hojas frescas y flores silvestres. No es una reina lejana; es la amiga que te abraza sin pedir explicaciones, la guía que te recuerda que dentro de ti ya hay fuerza, sabiduría y paz.
Cuando invocas a Tara con el mantra Om Tare, no estás pidiendo algo que no tengas. Estás despertando lo que siempre ha estado ahí. Om es el sonido del universo, Tare es su nombre, y al unirlos, reconoces que la compasión no es un regalo que debas merecer: es tu esencia. Tara Verde te mira y te dice: “Yo soy tú, y tú eres yo. Lo que sufres, lo sufro yo. Lo que amas, lo amo yo. No temas, porque nunca has estado sola”.
Y luego llegan las sílabas que activan tu poder: Hreem Kleem. Hreem es como un imán que atrae la luz, que limpia lo que ya no te sirve. Kleem es la chispa que enciende tus sueños, no los que otros esperan de ti, sino los que nacen de tu alma. Cuando las pronuncias, sientes cómo algo se despierta dentro de ti, como si un fuego antiguo comenzara a arder con fuerza. No es magia para pedir dinero o éxito vacío; es la energía que te recuerda que puedes crear, sanar y transformar porque llevas dentro la misma fuerza que mueve las estrellas.
Pero Tara no solo escucha y actúa. Ella cumple los deseos del alma, y eso es lo más hermoso. Iccha Purna Shakti no es un conjuro para obtener lo que crees necesitar, sino para atraer lo que tu ser más profundo anhela: paz, propósito, amor verdadero. Es como si el universo te susurrara: “Dime, ¿qué es lo que realmente quieres, sin filtros, sin vergüenza? Yo te ayudo a hacerlo realidad”. Y no es un sueño vano; es una promesa. Porque Tara no te da lo que pides, te da lo que necesitas para crecer, incluso si al principio no lo entiendes.
Y al final, todo se resume en esto: Hum Swaha Ananda. Hum es tu esencia divina, Swaha es la ofrenda de todo lo que ya no te sirve (miedos, dudas, heridas), y Ananda es la alegría que nace cuando te rindes. No es rendirse como quien se da por vencido, sino como quien confía en que el río sabe hacia dónde llevar sus aguas. Es soltar el control y dejar que la vida te guíe. Es aceptar que todo está bien, incluso cuando no lo ves.
Tara Verde no te pide que seas perfecto. Te pide que seas real. Que sientas, que llores, que rías, que sueñes. Porque en esa autenticidad está la magia. Cuando recitas este mantra, no estás hablando con una diosa externa. Estás hablando contigo mismo, con esa parte de ti que siempre ha sabido la verdad: que eres amor, que eres capaz, que mereces paz.
Así que hazlo ahora. Cierra los ojos. Pon una mano en tu corazón y la otra en tu vientre. Respira. Y di en voz alta o en silencio:Om Tare… Hreem Kleem… Iccha Purna Shakti… Hum Swaha Ananda.
Siente cómo las palabras se enredan en tu ser como una manta cálida. No necesitas entenderlo todo. Solo necesitas creer. Porque Tara Verde no es un concepto. Es la certeza de que, pase lo que pase, siempre hay un abrazo esperándote. Y ese abrazo es el tuyo.
Este texto lo he escrito para que comprendáis mejor el video que os dejo a continuación.
Este mantra es una llave vibracional que te conecta con la energía compasiva y milagrosa de Tara Verde, la diosa que responde rápidamente a las oraciones más profundas del corazón. Cada repetición despierta una frecuencia de manifestación que alinea tus deseos con el flujo divino del universo. Su sonido envuelve el alma con protección, fe y certeza, abriendo nuevos caminos e invitando bendiciones inesperadas a tu vida.
Escucha con intención y permite que su vibración sagrada guíe tus deseos desde lo invisible hacia lo visible
COSAS DE GELY
Son las siete de la mañana, estoy en la cama y como de costumbre, al llegar este día, un espantoso ruido me despierta. Oigo como se bajan persianas, supongo que con el único objetivo de mitigar el horrible y desagradable concierto de arcabuces de todos los años, (llevan más de dos horas disparando). También oigo el llanto de un bebé, seguramente ha sido despertado por lo mismo, y me pregunto lo siguiente: a pesar de que esto se lleve haciendo más de cien años, ¿de verdad es necesario? En el momento que estoy escribiendo esto, faltan exactamente cuatro minutos para las diez de la mañana y parece que el pueblo está siendo bombardeado.
El propósito que me ha llevado a escribir este texto lo titularé, En el país de los ruidos y las vírgenes.
En el país de los ruidos, se celebran fiestas en honor a miles de vírgenes, que posiblemente no lo han sido nunca. En el país de los ruidos, dichas fiestas suelen ir siempre acompañadas de charangas y monótona música que se repite hasta la saciedad, también de estrepitosos ruidos de tracas y disparos de arcabuces. En ese país donde no se tiene en cuenta la contaminación acústica y ambiental, llevan produciéndose durante cientos de años, ruidos desagradables y estrepitosos, sin tener en cuenta a aquellos que los padecen, que suelen ser en su mayoría enfermos, bebés, y ancianos.
Es muy difícil explicar y entender porque en ese país, se siguen celebrando fiestas en honor a una hipotética mujer virginal, que como dije anteriormente, posiblemente de eso nunca tuvo nada. Pero a pesar de ello son miles y diría que millones, las fiestas que en honor a dicha mujer se celebran cada año. Está claro, las costumbres después de cierto tiempo, la mayoría de las veces "suelen convertirse en leyes" muy difíciles de cambiar.
Pero antes de continuar he decidido dejaros (para que me entendáis mejor) lo siguiente: Cuando una mira la historia de las grandes religiones antiguas, hay algo que llama poderosamente la atención, muchas de las revelaciones más importantes llegan casi siempre a través de una persona que, en ese preciso momento se encontraba sola, un momento en el que los demás no pueden comprobar lo que realmente ha sucedido. Cuando Moisés sube al monte Sinaí y habla con Dios, estaba solo. Cuando María recibe la visita del arcángel Gabriel, anunciándole que va a ser madre por obra y gracia del espíritu santo, estaba sola. Cuando Jesús resucitó nadie estaba presente. De verdad, ¿no os parecen demasiadas casualidades?
Todos estaban solos, ¿qué raro, verdad? pero si, lo habéis adivinado, en este caso hablaremos solo del dogma de la virginidad de María que el catolicismo le regaló a la madre de Jesús. Un dogma es algo imposible de creer.
La cuestión de la virginidad de maría es un caso delicado, porque históricamente sabemos muy poco de ella. El origen de la confusión puede ser debido a que en el hebreo antiguo y en algunas culturas tradicionales, la palabra para referirse a una mujer joven o soltera (almah) a menudo implicaba que también era virgen, ya que se asumía que las mujeres no casadas no tenían vida sexual. Al traducirse estos textos antiguos a otros idiomas (como el griego o el latín), el término para joven, se tradujo directamente como virgen, lo que a veces genera esta confusión en textos históricos o religiosos. El nacimiento virginal de Jesús aparece únicamente en Mateo y Lucas. Marcos, generalmente considerado el evangelio más antiguo, no cuenta nada parecido, y las cartas de Pablo, que son anteriores a los evangelios, tampoco mencionan una concepción virginal.
Queridos amigos, lo cierto es que este asunto no está nada claro, es por ello que quizás la pregunta más honesta que debemos hacernos no sea cómo demostrar que Dios no habló, sino algo mucho más sencillo: ¿qué pruebas tenemos de que habló?
Y cuando hacemos esa pregunta, descubrimos que la certeza religiosa y la certeza histórica no son la misma cosa. O sea que la virginidad de María queda en puntos suspensivos, haber cuando pasa lo mismo en el país de los ruidos y las vírgenes.
No está demostrado (ni se puede demostrar científicamente) que María fuera virgen.
A continuación os dejo un estupendo video sobre este tema y el caso o posible desliz que pudo tener María, del que habla Wikipedia, en el que se menciona al soldado romano Pantera "como posible padre de Jesús". Y con los datos que os dejo, ahora es a vosotros a los que os toca sacar vuestras propias conclusiones.
El caso de María según Wikipedia (El "desliz" y el error de traducción)
La fuente sobre el soldado Pantera: Esto no es un invento moderno. El dato proviene del filósofo griego Celso, quien en el año 178 d.C. escribió una obra crítica contra el cristianismo titulada El Discurso Verdadero (Logos Alēthēs) [s1.2.3]. El texto original de Celso se perdió, pero se conserva casi íntegro porque el teólogo cristiano Orígenes lo citó textualmente en el año 248 d.C. en su libro Contra Celso para intentar desmentirlo [s1.2.2]. Celso afirmaba haber recogido testimonios de los judíos del siglo I que sostenían que María tuvo un desliz con un soldado romano llamado Tiberio Julio Abdes Pantera [s1.2.1, s1.2.2]. El propio Talmud judío antiguo también se refiere a Jesús en varios pasajes como "Yeshu ben Pantera" (Jesús, hijo de Pantera) [s1.2.1, s1.2.3].
La fuente sobre el Dogma del 553 d. C.: El concepto de que María fue virgen "antes, durante y después" del parto se oficializó como dogma obligatorio en el Segundo Concilio de Constantinopla en el año 553 d. C., bajo el mandato del emperador Justiniano, donde se le otorgó el título oficial de Aeiparthenos (Siempre Virgen) [s1.4.1, s1.4.5].
Y con todo lo expuesto, y lo que vaya surgiendo más adelante, esperemos que la gente de bien, poquito a poco abra los ojos y se de cuenta, de que los dogmas y la "fe" pueden ser ciegos, pero la verdad y la razón nunca lo fueron.
El cuerpo humano es, en realidad, una extraordinaria combinación de química. Cuando nos miramos al espejo vemos una persona, una identidad y una historia, pero desde el punto de vista de la materia somos una compleja organización de átomos y moléculas que trabajan continuamente unos con otros. Podríamos decir, de una manera sencilla, que somos química andante: una química que respira, se alimenta, piensa, siente, se mueve, se repara y envejece. Lo verdaderamente sorprendente no es solamente de qué estamos hechos, sino la forma extraordinariamente ordenada en la que todos esos elementos se organizan para mantenernos vivos.
El oxígeno es el elemento más abundante de nuestro organismo y representa aproximadamente el 65 % de nuestra masa corporal, en buena medida porque nuestro cuerpo contiene una enorme cantidad de agua. Le siguen el carbono, alrededor de un 18 %, el hidrógeno, cerca de un 10 %, y el nitrógeno, aproximadamente un 3 %. El carbono tiene una importancia especial porque permite construir moléculas extraordinariamente complejas, como las proteínas, los lípidos, los carbohidratos y los ácidos nucleicos.
También forman parte de nosotros elementos como el calcio, el fósforo, el potasio, el sodio, el cloro, el azufre y el magnesio. Y, en cantidades mucho menores, encontramos hierro, zinc, cobre, yodo, selenio, manganeso y otros oligoelementos. Algunos están presentes en cantidades diminutas, pero eso no significa que sean poco importantes. El hierro, por ejemplo, es fundamental para que nuestra sangre pueda transportar oxígeno; el yodo participa en el funcionamiento de la glándula tiroides; el zinc interviene en numerosas reacciones y procesos celulares. En la química de la vida, una cantidad pequeña puede tener una importancia enorme.
Pero no somos simplemente una mezcla de elementos químicos. La verdadera maravilla está en cómo esos átomos se unen formando moléculas, las moléculas forman estructuras, las estructuras forman células y las células se organizan en tejidos y órganos. Todo ello funciona gracias a miles de reacciones químicas que ocurren continuamente, incluso mientras dormimos. Nuestro organismo intenta mantener constantemente un delicado equilibrio interno, y nuestra salud depende en gran medida de que esa química permanezca dentro de unos límites adecuados.
Y si existe un lugar donde esta química resulta especialmente fascinante es en nuestro cerebro. Allí, miles de millones de neuronas se comunican mediante impulsos eléctricos y sustancias químicas llamadas neurotransmisores. Dopamina, serotonina, glutamato, GABA, acetilcolina y muchas otras moléculas participan en esa extraordinaria conversación que permite que nuestro cerebro funcione.
Cada pensamiento, recuerdo, movimiento, sensación o emoción tiene una base biológica. Cuando sentimos miedo, alegría, tristeza, amor o ansiedad, nuestro cerebro y nuestro organismo modifican su actividad y ponen en marcha diferentes sustancias y sistemas. Pero sería demasiado sencillo decir que una emoción es solamente una determinada molécula. El cerebro es mucho más complejo. Nuestra experiencia nace de la interacción entre millones de células, señales eléctricas, sustancias químicas, recuerdos, experiencias y la manera en que interpretamos el mundo.
Por eso también nuestra alimentación, el sueño, el estrés, el ejercicio y nuestro estado general de salud pueden influir en el funcionamiento cerebral. El cerebro necesita energía de forma constante y depende de un delicado equilibrio de oxígeno, nutrientes, agua, sales minerales y numerosas reacciones químicas. Dormir mal durante mucho tiempo, por ejemplo, puede afectar a nuestra atención, memoria y regulación emocional; el estrés mantenido puede alterar diferentes sistemas del organismo. No existen fórmulas mágicas ni una única sustancia capaz de explicar cómo funciona nuestra mente, pero sí existe una realidad: nuestro cerebro, como todo nuestro cuerpo, depende de una química extraordinariamente precisa.
Y quizá lo más fascinante es que esta química no permanece quieta. Estamos cambiando constantemente. Los átomos y moléculas de nuestro organismo participan en reacciones, entran y salen de nuestras células, se incorporan a nuevos tejidos y son eliminados como productos de desecho. El cuerpo que tenemos hoy no es exactamente el mismo que teníamos años atrás, aunque nuestra identidad y nuestra sensación de continuidad permanezcan.
Por eso decir que somos química andante no debería ser una manera fría de describir al ser humano. Al contrario, puede ser una forma de contemplarnos con todavía mayor asombro. Somos oxígeno, carbono, hidrógeno, nitrógeno, calcio, fósforo, hierro y muchos otros elementos que, por separado, no se parecen en nada a lo que llamamos una persona. Sin embargo, organizados de una manera extraordinariamente compleja, esos mismos elementos dan lugar a alguien capaz de caminar, mirar, recordar, aprender, sufrir, reír, amar y preguntarse incluso de qué está hecho.
Somos materia, pero materia organizada de una forma extraordinariamente sofisticada. Somos química, pero una química capaz de generar vida y, en el caso del cerebro humano, una química capaz de preguntarse por sí misma.
Y quizá ahí reside una de las grandes maravillas de nuestra existencia: que los mismos elementos que encontramos dispersos por la naturaleza pueden terminar formando un ser humano que respira, piensa y es consciente de que está hecho, precisamente, de esos mismos elementos.
Pero todo esto no nos exime, ni libera (de vez en cuando) de ser unas bestias de mucho cuidado.
COSAS DE GELY
El mundo tiene que parar, o al menos detenerse a pensar seriamente hacia dónde se dirige. No porque la Tierra vaya a desaparecer mañana ni porque exista una fecha secreta que los gobiernos estén ocultando, sino porque el cambio climático ya no es una amenaza lejana: es una realidad que está aquí y que vemos cada día.
Los incendios cada vez más devastadores, las sequías prolongadas, las inundaciones, las temperaturas extremas y el calentamiento de mares y océanos no son historias inventadas para asustarnos. Están ocurriendo. Las imágenes llegan desde diferentes partes del mundo y, durante unos días, nos conmueven. Vemos bosques ardiendo, personas perdiendo sus casas, campos sin agua y ciudades inundadas. Después, la noticia desaparece y continuamos con nuestra vida como si nada hubiera ocurrido.
Quizá ese sea uno de los mayores peligros: a los que nos estamos acostumbrando.
Mientras se habla de emergencia climática, millones de coches siguen circulando, millones de aviones continúan despegando y grandes barcos recorren el mundo transportando personas y mercancías. El turismo crece y queremos viajar cada vez más, más lejos y más barato, sin detenernos demasiado a pensar en las consecuencias de un modelo basado en el movimiento constante de millones de personas.
No se trata de culpar a quien decide viajar ni de convertir a una sola actividad en responsable de todo lo que está ocurriendo. El problema es mucho mayor. Pero tampoco podemos ignorar la contradicción: nos preocupamos por el planeta mientras mantenemos una forma de vida que exige cada vez más consumo, más energía, más transporte y más recursos.
Y uno de esos recursos es el agua.
En lugares donde ya escasea, el turismo masivo puede aumentar enormemente la presión. Hoteles, apartamentos turísticos, piscinas, restaurantes y otras instalaciones necesitan agua. Durante determinadas épocas del año, la población de algunas zonas aumenta considerablemente y con ella aumenta también el consumo. Mientras algunos habitantes tienen que enfrentarse a restricciones y a la preocupación por la falta de agua, se siguen manteniendo actividades que requieren grandes cantidades de un recurso que no es infinito.
Esa es una de las razones por las que el mundo tiene que parar. Parar no significa que la humanidad tenga que dejar de vivir, de viajar o de disfrutar. Significa detenerse y reconocer que no podemos continuar actuando como si los recursos del planeta fueran ilimitados. No podemos exigir un crecimiento infinito en un mundo que tiene límites.
La situación más terrible no sería despertar un día y escuchar que alguien anuncia el final del mundo. Podría ser algo mucho más lento y más real: continuar viendo las señales durante años y no hacer lo suficiente. Ver los incendios y acostumbrarnos. Ver la sequía y esperar que el próximo año llueva. Ver las inundaciones y llamarlas mala suerte. Escuchar una y otra vez las advertencias hasta que dejen de impresionarnos.
Si algún día llegáramos a una situación irreversible, quizá entonces surgiría una pregunta mucho más dolorosa que saber si los gobiernos nos ocultaron la verdad: ¿cuántas veces tuvimos la verdad delante de nuestros ojos y decidimos mirar hacia otro lado?
Porque las señales ya existen. El cambio climático no necesita secretos ni conspiraciones para ser preocupante. Está ocurriendo y sus consecuencias ya se están dejando sentir.
Tal vez todavía estemos a tiempo de evitar los peores escenarios. Pero tener tiempo no significa tener garantizado el futuro. Dependerá de las decisiones que tomen los gobiernos, las grandes empresas y también de la forma en la que cada sociedad decida vivir.
El mundo tiene que parar porque seguir exactamente igual esperando que alguien encuentre una solución milagrosa puede ser el mayor error. Hay que detener el ritmo, pensar, cambiar y comprender que cuidar el planeta no es una moda ni una exageración.
No hace falta que la Tierra desaparezca para que la situación sea grave. Basta con que cambie lo suficiente como para que la vida de millones de personas sea cada vez más difícil.
Y quizá lo más aterrador de todo sea pensar que, si un día ya fuera demasiado tarde, nadie podría decir que no hubo señales.
COSAS DE GELY
HUMANO "EL NOMBRE QUE NOS SOBRA"
Humano “El Nombre que nos Sobra”
El planeta Tierra no guarda rencor. No grita, no se queja, no devuelve el daño con saña. Solo se pudre en silencio bajo nuestras manos, mientras nosotros, los humanos, seguimos pavoneándonos con ese nombre que nos regalaron como un chiste cruel.
Hace milenios, cuando el primer hombre clavó su piedra en el cráneo de otro para robarle un trozo de carne, ya éramos nosotros. Cuando las tribus se masacraron por un pedazo de tierra o un dios inventado, ya éramos nosotros. Cuando quemamos bosques para calentar nuestras cuevas y luego maldecimos el frío, ya éramos nosotros. Y el planeta, paciente, nos observaba mientras aprendíamos a odiarnos por el color de la piel, por la lengua que balbuceábamos, por la cantidad de dioses que éramos capaces de inventar para justificar nuestra crueldad.
Los siglos pasaron, y nosotros seguimos siendo los mismos. Construimos imperios sobre huesos, escribimos leyes con tinta de sangre, y luego nos escandalizamos cuando el vecino robaba un pan. Inventamos la rueda para llevar mercancías, pero también para arrastrar prisioneros a la guerra. Creamos el fuego para cocinar, pero también para quemar "herejes" que no lo eran. Y cuando la ciencia nos dio herramientas para sanar, las usamos para envenenar ríos, agujerear el cielo y llenar el aire de veneno.
Nos llamamos humanos, como si ese nombre nos hiciera especiales. Como si ser humano no fuera, en realidad, sinónimo de ser el único animal que mata por deporte, que destruye por aburrimiento, que contamina por capricho. Los leones no envenenan su propia sabana. Los tiburones no arrasan los océanos por diversión. Los lobos no talan bosques para construir jaulas donde encerrar a sus crías. Pero nosotros sí.
Y lo peor no es la destrucción. Lo peor es la indiferencia. Enterramos a nuestros muertos en cementerios de mármol, pero no nos importa que millones de seres mueran de hambre en todo el mundo. Celebramos la tecnología que nos lleva a la Luna, pero no somos capaces de compartir el agua que nos da la Tierra. Hablamos de amor, de paz, de fraternidad, mientras nuestras manos (esas mismas que escribieron poemas) aprietan gatillos, pulsan botones y firman decretos que convierten a otros en números, en sombras, en nada.
Quizá el error no fue nacer. Quizá el error fue creernos superiores a todo lo que pisamos. Quizá el nombre que nos dieron, humano, no era un título, sino una ironía.
Porque si esto es ser humano… mejor hubiera sido que nos llamaran bestias con memoria, que es lo que en realidad somos.
COSAS DE GELY
Eclipses: cuando el Sol desaparecía
Hace unos días, viendo todo el revuelo y la espectacularidad que se le está dando al próximo eclipse del 12 de agosto, me puse a pensar en algo que me parece bastante curioso.
Hoy sabemos perfectamente lo que va a ocurrir. La Luna se colocará delante del Sol y, desde algunos lugares, durante unos minutos el día se oscurecerá como si la noche hubiera llegado de repente. Sabemos por qué ocurre, podemos calcularlo con muchísima precisión y hasta sabemos desde dónde podremos verlo mejor.
Pero no siempre fue así.
Si nos vamos muchos siglos atrás, la historia cambia completamente. Imaginemos por un momento que estamos en un lugar cualquiera, en una época en la que nadie sabe qué es un eclipse ni por qué sucede. El Sol está en lo alto, como todos los días, y de repente empieza a desaparecer. La luz se va apagando, el cielo cambia y, durante unos minutos, el día deja de parecer un día.
Es fácil imaginar el miedo.
Para nuestros antepasados, el Sol era mucho más que una luz en el cielo. Era calor, vida, alimento y, para muchas culturas, también una divinidad. Que desapareciera de aquella manera no podía ser algo normal. Por eso, durante siglos, los eclipses fueron vistos como señales de que algo malo podía estar a punto de ocurrir.
En la antigua Mesopotamia, por ejemplo, los eclipses se consideraban presagios y podían relacionarse con desgracias que afectaran al rey o al propio reino. Los sacerdotes observaban el cielo e intentaban interpretar qué podía significar aquel fenómeno. Y lo curioso es que, mientras tenían ese temor, también fueron capaces de estudiar los eclipses y registrar sus ciclos.
Algo parecido ocurrió en otros lugares del mundo, aunque cada cultura lo explicaba a su manera. En la antigua China se hablaba de un dragón que intentaba comerse el Sol y, cuando comenzaba un eclipse, se hacía ruido para intentar ahuyentarlo. En la India, los eclipses quedaron relacionados con la historia de Rahu, un ser que perseguía al Sol y a la Luna.
También los mayas observaron el cielo con enorme atención. Llegaron a conocer los ciclos de los eclipses y a registrarlos con una precisión sorprendente para su época. Sin embargo, el conocimiento astronómico no impedía que aquellos fenómenos tuvieran también un significado religioso.
En Europa sucedía algo parecido. Durante siglos, un eclipse podía interpretarse como una señal de guerra, enfermedad, muerte o desgracia. Cuando algo extraordinario ocurría en el cielo, se pensaba que quizá estaba anunciando algo extraordinario en la Tierra.
Y poco a poco fuimos aprendiendo.
La observación, las matemáticas y la astronomía hicieron posible descubrir que aquellos fenómenos no eran mensajes ni castigos. Se repetían siguiendo unas leyes y podían calcularse y predecirse.
Y aquí es donde, para mí, está lo más curioso de toda esta historia.
El eclipse no ha cambiado. Hemos cambiado nosotros.
La Luna sigue pasando delante del Sol igual que lo hacía hace miles de años. La sombra que veremos el próximo 12 de agosto será la misma clase de sombra que otras personas contemplaron mucho antes que nosotros.
La diferencia es que ellos podían mirar al cielo pensando que los dioses estaban enfadados, que un dragón estaba devorando el Sol o que alguna desgracia estaba a punto de llegar.
Nosotros sabemos que no es nada de eso.
Sabemos que es un fenómeno natural y sabemos cuándo va a ocurrir.
Pero estoy seguro de que cuando llegue el momento y el día empiece a oscurecerse, muchos nos quedaremos igualmente mirando hacia arriba con cierta emoción. Porque saber cómo ocurre algo no significa que deje de impresionarnos.
Y quizá durante esos minutos podamos pensar en todas aquellas personas que, hace cientos o miles de años, levantaron también la cabeza y contemplaron el mismo espectáculo sin saber qué estaba pasando.
Ellos sintieron miedo.
Nosotros sentiremos asombro.
Y, al final, unos y otros estaremos mirando exactamente el mismo cielo.
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