domingo, julio 26, 2026

EL CAMBIO CLIMÁTICO Y EL CRECIMIENTO ECONÓMICO NOS PASAN FACTURA

COSAS DE GELY 

EL CAMBIO CLIMÁTICO Y EL CRECIMIENTO ECONÓMICO  NOS PASAN FACTURA
 

El planeta que pisamos, ese oasis de vida en la inmensidad del cosmos, ha sido violado una y otra vez por quienes deberían haberlo protegido. No son los árboles, ni los ríos, ni los animales los que han fallado: somos nosotros, los seres humanos, especialmente aquellos que han tenido el poder de decidir y han elegido siempre el camino más corto hacia la destrucción. Durante milenios, los gobernantes (emperadores, reyes, dictadores, presidentes, magnates) han mirado hacia otro lado mientras saqueaban la Tierra. No les importó arrasar selvas para construir palacios, envenenar mares para llenar sus arcas, o convertir el aire en un veneno lento para sus propios pueblos. Prefirieron jugar a ser dioses en lugar de ser guardianes, y en su juego, millones de personas inocentes pagaron el precio: murieron en guerras absurdas, inventadas para robar tierras, recursos o prestigio, mientras el mundo se desmoronaba a su alrededor.

Las batallas que libraron no fueron por el futuro de la humanidad, sino por su propia vanidad. Cruzadas, guerras mundiales, invasiones, conflictos por el petróleo, por el agua, por el control de territorios que luego quedarían yermos. Mientras los ejércitos marchaban, los bosques ardían en silencio, los glaciares se derretían como cera al fuego, y los suelos se agotaban bajo el peso de la agricultura industrial. Los líderes firmaban tratados que nunca cumplían, asistían a cumbres climáticas para posar en fotos, y seguían subvencionando la muerte: el carbón, el petróleo, el gas, la industria contaminante que enriquecía a unos pocos y condenaba a millones. La ciencia advirtió una y otra vez, desde hace décadas, pero el poder prefiere el estruendo de las bombas al susurro de los bosques.

Hoy, la Tierra nos está pasando factura con una crudeza que ya no admite excusas. Los incendios arrasan lo que queda de Amazonía, Australia y California, devorando ecosistemas que tardaron milenios en formarse. Las inundaciones se tragan ciudades enteras, arrastrando vidas, hogares y sueños en cuestión de minutos, mientras los políticos siguen hablando de “crecimiento económico” como si fuera un dios al que rendir pleitesía. Las tormentas son cada vez más violentas, los desiertos avanzan, los océanos se llenan de plástico y los animales desaparecen a un ritmo que no tiene precedentes en la historia de la Tierra. Y quienes sufren no son los responsables, sino los más vulnerables: los niños que mueren por hambre en el Cuerno de África, los pescadores de Bangladesh que pierden sus casas bajo el mar, los pueblos indígenas que ven cómo su tierra es arrebatada por corporaciones sin rostro.

¿Qué habría que hacer para frenar esto? La respuesta es brutal, pero necesaria: parar el mundo. No en el sentido de destruirlo todo, sino de detener la máquina de destrucción que hemos construido. Hay que cerrar las centrales de carbón hoy mismo, prohibir los coches de combustión, nacionalizar las petroleras para reconvertirlas en energías limpias y detener la extracción de combustibles fósiles ya. No hay tiempo para transiciones lentas cuando los ecosistemas colapsan a nuestro alrededor. Hay que reconstruir la naturaleza: devolverle a los bosques su espacio, prohibir la deforestación, restaurar humedales, proteger los océanos. Los humedales son esponjas naturales contra las inundaciones, los bosques absorben el carbono, los océanos regulan el clima. Pero no se trata solo de plantar árboles al tuntún: hay que devolver la biodiversidad, dejar que los ecosistemas se recuperen por sí mismos, sin la intervención humana que los ha destruido.

El modelo económico actual es insostenible. Se basa en robar el futuro para dar beneficios hoy, en vender productos que duran un suspiro y llenar el planeta de basura. Hay que cambiarlo todo: impuestos altísimos a los contaminadores, multas ejemplares a quienes destruyan el medio ambiente, renta básica universal para que la gente no tenga que elegir entre comer o salvar el planeta. Los gobernantes no actúan porque dependen de bancos, petroleras y corporaciones. Hay que romper ese círculo: prohibir la financiación privada de las campañas políticas, garantizar participación ciudadana directa en las decisiones climáticas y castigar con dureza la corrupción ecológica.

Pero incluso eso no será suficiente si no cambiamos nosotros, los ciudadanos. Vivimos en una sociedad que confunde felicidad con tener, que nos bombardea con publicidad para que consumamos más, más y más, aunque eso signifique destruir el planeta. Hay que decrecer: menos coches, menos aviones, menos carne, menos plástico, menos ropa rápida. Menos “quiero” y más “basta”. No se trata de vivir en la miseria, sino de entender que el exceso de unos mata a otros. Y hay que poner fin a la guerra como solución. Cada bomba, cada misil, cada fábrica de armas es un crimen contra la Tierra. La industria militar es una de las mayores contaminantes del mundo, y sin embargo, sigue siendo intocable. Desmantelar el complejo militar-industrial no es utopía: es supervivencia.

¿Hay tiempo para hacerlo? Sí, pero apenas. Los científicos dicen que aún podemos limitar el calentamiento a 1.5°C, pero para eso necesitamos actuar como si estuviéramos en guerra. Porque, en realidad, lo estamos. Una guerra contra nosotros mismos, contra nuestra propia estupidez. Los gobernantes que no actúen con urgencia deberían ser juzgados por crímenes contra la humanidad. Y los ciudadanos que miren hacia otro lado, cómplices. No es momento de discursos bonitos ni de promesas vacías. Es momento de acción brutal, coordinada y sin piedad contra la destrucción. Si no paramos esto ahora, dentro de 20 años no habrá futuro que salvar. Solo habrá polvo y cenizas.

Y lo más cruel no será que la Tierra desaparezca (la Tierra sobrevivirá, como siempre), sino que nosotros, los humanos, seremos recordados como la generación que tuvo la oportunidad de evitarlo… y la desperdició por egoísmo, cobardía y estupidez. 

TUS VIAJES, TUS COMPRAS Y TU COMSUMO INNECESARIO, TIENEN QUE ACABAR, TODAS ESAS COSAS QUE TU Y MILLONES DE SERES HUMANOS COMO TU, HAN DECIDIDO BASANDOSE EN NO SE QUE CIENCIA, CREEN QUE NO CAUSAN DAÑO AL PLANETA,  SE ESTÁN EQUIVOCANDO      
 


 

 

 

 

sábado, julio 18, 2026

ESPAÑA Y EL GOLPE DE ESTADO DEL 18 DE JULIO DE 1936 - 90 AÑOS DESPUÉS (Por Fernado Ríos)

COSAS DE GELY 

 Franco se autolegitimó con el apoyo de la Iglesia.

  Al inicio del golpe no necesitó a la Iglesia. Necesitaba armas. Después llegaría la idea de la Cruzada para legitimar la atrocidad.

Para mi amigo Fernando Ríos: Hola, Fernando, muchas gracias por compartir este magnífico audio y texto conmigo. Me ha parecido una explicación muy clara, rigurosa y honesta de un episodio tan trascendental de nuestra historia. Se agradece que lo expongas con serenidad, apoyándote en los hechos y en el contexto histórico, sin recurrir a tópicos ni a términos que puedan distorsionar lo que ocurrió. Creo que contribuyes a que quienes te escuchan comprendan mejor nuestro pasado desde el conocimiento y el respeto a la verdad histórica. Gracias por tu trabajo y por ayudar a mantener viva una memoria basada en el rigor y no en la propaganda. 

 

En una nueva entrega de El Libro Gordo del Profesor Chiflado, Fernando Ríos aborda uno de los episodios más trascendentales y controvertidos de la historia de España: el golpe de Estado del 18 de julio de 1936, coincidiendo con el 90 aniversario de su inicio.

El historiador comienza situando a los oyentes en el contexto de la Segunda República, recordando la aprobación de la Constitución de 1931 como el marco legal que establecía las normas de convivencia, los derechos y libertades de la ciudadanía, la igualdad entre hombres y mujeres con el reconocimiento del derecho al voto femenino y la obligación de todas las instituciones, incluido el Ejército, de respetar y proteger ese orden constitucional. Ríos explica que el golpe de Estado supuso la ruptura de esas reglas democráticas y rechaza la expresión «alzamiento nacional», calificándola como un término propagandístico utilizado para justificar una acción que, desde el punto de vista histórico y jurídico, define como un golpe contra un gobierno y una Constitución aprobados por el pueblo español. Asimismo, aclara que el fracaso inicial del golpe desembocó en la Guerra Civil, diferenciando entre quienes se sublevaron contra el orden constitucional y quienes defendieron el sistema vigente. El programa se centra en ofrecer un contexto histórico y académico que ayude a comprender aquel periodo con rigor y desde el conocimiento de los hechos.



 

 

 

 

EL CAMBIO CLIMÁTICO UNA REALIDAD QUE HA LLEGADO A NUESTRAS VIDAS

COSAS DE GELY

EL CAMBIO CLIMÁTICO UNA REALIDAD QUE HA LLEGADO A NUESTRAS VIDAS 

Hoy vamos a hablar de lo que se avecina, no, perdon, de lo que ya estamos viviendo, hoy toca hablar de la crudeza del cambio climático en Pakistán, en Somalia y del futuro que espera a España.

El mundo arde, y no solo por el calor. Mientras Europa debate sobre paneles solares y coches eléctricos, hay países que ya están viviendo en el infierno climático. Pakistán y Somalia son dos ejemplos brutales de lo que significa enfrentar el cambio climático sin recursos, sin tiempo y, en muchos casos, sin esperanza. Y España, aunque con más herramientas, no está exenta de sufrir un futuro similar si no actuamos a tiempo. Todo lo anteriormente expuesto lo acompañaré con unos videos, y para los que les cueste trabajo leer, mi querida extraterrestre Zuly, o sea, yo, os lo contaré como de costumbre. 

Pakistán: Un país ahogándose en su propia agua (y luego secándose)

Imagina un país donde el agua no cae del cielo, sino que lo destruye todo a su paso. Pakistán ya no es solo noticia por sus inundaciones épicas —como las de 2022, que dejaron a un tercio del territorio bajo el agua—, sino por una crisis que se ha vuelto crónica. Los glaciares del Himalaya, de los que depende el país para su supervivencia, se derriten a un ritmo alarmante. El resultado: ríos que se desbordan en segundos, arrasando pueblos enteros, y luego, meses después, sequías tan extremas que la tierra se agrieta como un espejo roto.

Más de 30 millones de personas vieron sus vidas destrozadas en 2022. Hoy, aunque las inundaciones ya no ocupen los titulares, el problema persiste. Las temperaturas superan los 50°C en verano, los cultivos se queman, el ganado muere y el agua potable escasea. Pakistán no tiene tiempo para adaptarse. Su economía, basada en la agricultura, se desmorona, y el gobierno, sumido en deudas y corrupción, no puede hacer frente a la emergencia. La gente bebe agua contaminada, respira aire tóxico y ve cómo su futuro se esfuma. ¿El colmo? Pakistán es responsable de menos del 1% de las emisiones globales, pero paga el precio más alto.

Somalia: La sequía que convierte a la gente en fantasmas

En el Cuerno de África, Somalia lleva años en una espiral de muerte silenciosa. Cinco temporadas seguidas sin lluvia. Cinco años de hambre. Cinco años de ver cómo la tierra se convierte en polvo y el ganado —la única riqueza de millones de familias— cae muerto. Más de 6 millones de personas están al borde de la hambruna. No es exageración: la ONU ya ha advertido que, si no llega ayuda urgente, cientos de miles podrían morir.

Las mujeres caminan kilómetros bajo un sol que quema la piel para buscar agua, a veces encontrando solo charcos putrefactos. Los niños mueren por deshidratación o diarrea. Los hombres abandonan sus hogares en busca de trabajo, dejando atrás a familias rotas. La sequía no es nueva, pero ahora es más larga, más intensa. Los ríos se han secado, los pozos están vacíos y la ayuda internacional, aunque llega, nunca es suficiente. Somalia no tiene infraestructuras para resistir. No tiene gobierno fuerte. No tiene futuro claro. Y lo peor: no es un caso aislado. Kenia, Etiopía y Yibuti sufren lo mismo.

ESPAÑA tiene un 74 de ZONAS SECAS y 9 millones de hectáreas con riesgo de DESERTIFICACIÓN  RTVE

¿Será España el próximo Pakistán o Somalia?

Aquí, en Europa, nos creemos a salvo. Pero España es uno de los países más vulnerables al cambio climático en el continente. Y el futuro que se nos avecina no es bonito.

En el sur, el calor ya no es un problema de verano, sino una amenaza constante. En 2023, Córdoba registró 47°C, y en 2026, esos récords se superan cada año. El agua escasea: los embalses de Andalucía y Murcia están por debajo del 20% de capacidad. Los agricultores ven cómo sus tierras se agrietan, los olivos se secan y los cultivos de regadío —como el aguacate o los cítricos— se vuelven insostenibles. ¿El resultado? Más incendios, más restricciones de agua y, en no mucho tiempo, migraciones internas desde el campo a las ciudades.

 


En el Mediterráneo, el aumento del nivel del mar amenaza a ciudades como Valencia, Alicante o Málaga. Playas que desaparecen, salinización de acuíferos y tormentas costeras cada vez más violentas. En el interior, las sequías prolongadas convierten bosques en yesca, y los incendios arrasan miles de hectáreas cada verano. El año 2023 fue el más cálido registrado en España, y 2026 no se queda atrás.

Pero hay algo peor: la desigualdad. No todos sufrirán igual. Los ricos podrán permitirse aire acondicionado, agua embotellada y seguros contra incendios. Los pobres, en cambio, quedarán atrapados en ciudades cada vez más inhabitables, con facturas de luz imposibles de pagar y sin recursos para huir. España no será Somalia, pero podría convertirse en un país de dos velocidades: los que se adaptan y los que se quedan atrás.

OBJETIVO PLANETA - ESPAÑA SE ESTÁ DESERTIFICANDO - UNA DEGRADACIÓN PROVOCADA POR LA ACCIÓN HUMANA  


El mensaje final

Pakistán y Somalia no son casos lejanos. Son el espejo en el que deberíamos mirarnos, si no cambiamos. El cambio climático no es un problema de “allí”, es un problema de todos. Y España, con su clima extremo, su dependencia del turismo y su agricultura vulnerable, tiene todas las papeletas para sufrir una crisis similar.

No hace falta irse a África o Asia para ver el horror. Basta con mirar al sur de Europa. El futuro no es una película de ciencia ficción. Ya está aquí. Y depende de nosotros decidir si queremos que sea un drama o una tragedia evitable.

El PP JUNTO A LA EXTREMA DERECHA VOTA EN BRUSELAS EN CONTRA DE LOS OBJETIVOS PROPUESTOS PARA COMBATIR EL CAMBIO CLIMÁTICO

Vox junto al PP, son los partidos que más abiertamente niegan la urgencia del cambio climático, ambos se oponen a medidas como la transición energética o los objetivos de reducción de emisiones. Sus líderes han llegado a ridiculizar el consenso científico, como aquello dicho por el primo de Rajoy, ambos partidos tienen por norma, votar en contra de leyes ambientales claves como, por ejemplo: Vox ha sido señalado como responsable de frenar iniciativas climáticas en varias comunidades autónomas donde gobierna en coalición con el PP, y este con tal de obstentar el poder, cede ante todo lo que VOX le pide. 

En resumen: Si te importa el futuro del planeta, la salud de las personas y la justicia climática, estos partidos no son una opción. Su postura no solo es irresponsable, sino que va en contra de los intereses colectivos, y la única realidad que existe es que la verdad, la ciencia y los hechos están de un lado, la mentira y el negacionísmo, están del otro. Tu decides.

Comando Actualidad España Un Desierto 

Videos para entender la crudeza (y no apartarse de la realidad):


Desde 2021 cerca de un millón de somalíes han abandonado sus hogares ante la sequía.

Cambio climático

En Somalia, un niño muere cada 48 segundos por causas relacionadas con la sequía. En Pakistán, el 80% del territorio es vulnerable a inundaciones.
En España, el 75% del territorio está en riesgo de desertificación. Y termina con una pregunta incómoda: ¿Estamos preparados para lo que viene? Porque, seamos claros, el cambio climático no es el futuro. Es el presente. Y está llamando a nuestra puerta. 

LOS 10 PAÍSES y CIUDADES EN GRAVE RIESGO DE DESAPARECER POR EL CALENTAMIENTO GLOBAL, SEGÚN LA ONU

NACIONES UNIDAS El cambio climático se refiere a los cambios a largo plazo de las temperaturas y los patrones climáticos. Las actividades humanas han sido el principal motor del cambio climático, debido principalmente a la quema de combustibles fósiles como el carbón, el petróleo y el gas.

 

 



 


jueves, julio 16, 2026

MANTRA TARA VERDE

COSAS DE GELY   

MANTRA TARA VERDE 

Om: Representa la divinidad y la unión de cuerpo, mente y espíritu.

Tare: Libera del sufrimiento, del ciclo de reencarnaciones (samsara) y de las emociones limitantes.

Tuttare: Protege de los peligros y miedos tanto internos como externos.

Ture: Otorga salud interior y exterior, protegiendo contra enfermedades.

Soha: Sella el mantra y consagra la energía, ofreciendo una protección duradera.

El mantra de Tara Verde es un susurro de esperanza para el corazón. Cada vez que se pronuncia, invita a despertar la valentía, la serenidad y la compasión que ya habitan en nuestro interior. Tara, conocida como la Madre de la Liberación, representa la presencia amorosa que acompaña a quien atraviesa el miedo, la incertidumbre o el dolor, recordándole que incluso en la noche más oscura siempre existe un camino hacia la luz.

Recitar su mantra no consiste solo en repetir unas palabras sagradas, sino en abrir el alma a la confianza, respirar con conciencia y permitir que la paz vaya ocupando el lugar donde antes había inquietud. Es un momento de encuentro con uno mismo, un acto de amor silencioso que nos ayuda a caminar con más calma, más bondad y más claridad.

Quizá ese sea el mayor regalo de Tara Verde: recordarnos que la verdadera fuerza nace de un corazón compasivo y que, cuando aprendemos a mirar la vida con esa luz, cada paso se convierte en una oportunidad para sembrar paz en nosotros y en quienes nos rodean.

"Os deseo de todo corazón que la serenidad de Tara Verde acompañe todos vuestros pasos. Que nunca os falte la valentía para atravesar las dificultades, la compasión para mirar a los demás y la paz para volver siempre a vuestro propio corazón. Y que, cuando la vida parezca nublarse, recordéis que incluso una pequeña luz es capaz de orientar el camino de todos los seres humanos de buena voluntad ."

 


 

 

 


 

miércoles, julio 08, 2026

A VECES LA VIDA NOS PUEDE CAMBIAR DE UN TIRÓN

COSAS DE GELY

A VECES LA VIDA NOS PUEDE CAMBIAR DE UN TIRÓN

Cada vez que entro en un hospital salgo con la misma sensación: somos mucho más frágiles de lo que nos gusta creer. Vivimos haciendo planes, corriendo de un lado para otro, preocupándonos por cosas que parecen enormes, hasta que un día una habitación de hospital, una bata, un monitor o unas manos expertas nos recuerdan que nuestra vida puede depender de algo tan pequeño como un cable, una válvula o un latido.

Entonces comprendes que el cuerpo humano es una maravilla, pero también una obra delicada. Basta una pequeña avería para que todo cambie. Y es en ese momento cuando uno se da cuenta de lo insignificantes que somos frente a la vida y frente al tiempo.

Sin embargo, hay álgo que me sigue asombrando. Mientras el cuerpo muestra sus miserias y sus límites, la mente, en muchas ocasiones, hace justo lo contrario. Parece despertar. Se vuelve más lúcida, más sensible y más sabia. Empieza a distinguir lo importante de lo accesorio. Lo que antes parecía imprescindible deja de tener valor, y aquello que apenas apreciábamos se convierte en un auténtico tesoro: un abrazo, una conversación, una sonrisa, la voz de quien nos quiere o la posibilidad de volver a casa.

No sé por qué necesitamos acercarnos tanto a nuestra vulnerabilidad para entender estas cosas. Quizá porque solo cuando sentimos que la vida puede escaparse comprendemos de verdad el inmenso regalo que supone estar vivos.

Por eso cada vez entiendo menos el rencor, el odio y el resentimiento. Son cargas demasiado pesadas para un cuerpo tan frágil y para una vida tan incierta. ¿Qué sentido tiene seguir alimentando viejas heridas cuando ninguno de nosotros sabe cuánto tiempo le queda? ¿Por qué regalar nuestros días a la amargura cuando podríamos llenarlos de serenidad?

Pasar página no significa olvidar ni justificar lo que nos hizo daño. Significa dejar de permitir que ese daño siga ocupando un espacio en nuestra vida. Significa elegir la paz antes que la razón, porque la paz siempre nos hace más libres.

Al final todos somos iguales. Todos enfermamos, todos sentimos miedo, todos necesitamos que alguien nos tienda una mano y todos, antes o después, tendremos que despedirnos de este mundo. Quizá si recordáramos con más frecuencia nuestra propia fragilidad, viviríamos con más humildad, con más compasión y con un poco más de amor.

Porque la verdadera grandeza del ser humano no está en tener un cuerpo perfecto, sino en poseer una mente capaz de comprender, de perdonar, de aprender y de seguir encontrando esperanza incluso cuando el corazón necesita la ayuda de una máquina para seguir marcando el ritmo de la vida.

Y para finalizar (por decirlo de algún modo) diré que “de un tirón, me lo han cambiado todo", batería, cable etcétera. A veces la vida también nos cambia "de un tirón". El cuerpo sále del hospital con alguna cicatriz más, pero el alma u lo que sea, si sabe mirar, suele salir con mucha más luz que cuando entró.

Pero la cuestión es que, mientras ese corazón algo dañado que tengo, siga latiendo por sí solo o con un poco de ayuda, todavía estaré a tiempo de querer más, de perdonar antes o de vivir un poco mejor. No tengáis miedo. 

 

 

 

 

 

lunes, junio 29, 2026

CIENTÍFICOS ESPAÑOLES EXPLICAN COMO EL CAMBIO DEL CLIMA AMPLIFICÓ LA DANA

COSAS DE GELY 

VALENCIA LA DANA Y EL CAMBIO DEL CLIMA

En los últimos años se ha instalado en muchas personas una sensación difícil de explicar: una mezcla de inquietud, incredulidad y miedo al observar cómo los fenómenos meteorológicos extremos se repiten con mayor frecuencia e intensidad en España. No se trata de una percepción aislada ni de una exageración puntual. La DANA que golpeó Valencia, los incendios devastadores en Castilla y León, Galicia o Extremadura, las lluvias torrenciales en Andalucía, las olas de calor cada vez más prolongadas… todo forma parte de una realidad que ya no pertenece al futuro, sino al presente.


España es uno de los países europeos más vulnerables al cambio climático. Los estudios científicos llevan años señalando que la cuenca mediterránea se está calentando a un ritmo superior al de otras regiones del planeta. Un mar más cálido favorece tormentas más intensas. Veranos más largos y secos convierten los montes en combustible listo para arder. Las precipitaciones, cuando llegan, tienden en ocasiones a concentrarse en pocas horas con una violencia inusual. No es una cadena de desgracias independientes, sino un patrón que los datos respaldan y que encaja con las proyecciones científicas realizadas desde hace décadas.

Resulta llamativo que, pese a la magnitud de estos acontecimientos, gran parte de la sociedad continúe con su rutina diaria como si nada extraordinario estuviera sucediendo. Sin embargo, la rutina también funciona como mecanismo de protección psicológica. Afrontar la idea de que el clima está cambiando y que eso puede alterar profundamente el modo de vida genera angustia. Para muchas personas, seguir adelante sin detenerse demasiado en esa realidad es una forma de preservar la estabilidad emocional. La normalidad aparente no significa ausencia de problema, sino dificultad para asimilarlo.

En el ámbito político, el debate climático se ha convertido en un terreno de confrontación ideológica. Existen partidos y líderes que minimizan el fenómeno o cuestionan el consenso científico, presentando las políticas ambientales como exageraciones o imposiciones innecesarias. El negacionismo climático no es exclusivo de España, pero aquí también tiene presencia. Frente a ello, la comunidad científica mantiene una postura ampliamente coincidente: el calentamiento global es real, está impulsado en gran medida por la actividad humana y ya está teniendo consecuencias visibles. Negar el problema no altera las leyes físicas que rigen la atmósfera y los océanos.

El riesgo de convertir la crisis climática en una batalla cultural es que se pierde de vista su dimensión transversal. Las riadas, los incendios o las sequías no distinguen ideologías. Afectan a territorios, economías y personas con independencia de su orientación política. Por eso, más allá del ruido partidista, la cuestión exige acuerdos amplios y decisiones basadas en evidencias.

No todo el panorama es sombrío. España ha avanzado de manera notable en el desarrollo de energías renovables y cuenta con un enorme potencial en energía solar y eólica. Crece la conciencia ambiental en distintos sectores sociales, aumentan las iniciativas locales y cada vez más administraciones incorporan planes de adaptación y prevención. Agricultores que ajustan cultivos, municipios que revisan su planificación urbana, ciudadanos que modifican hábitos de consumo… son señales de que existe movimiento.

La preocupación ante el deterioro climático puede convertirse en motor de acción si se gestiona con equilibrio. El alarmismo paralizante no ayuda, pero la indiferencia tampoco. Informarse con rigor, exigir políticas responsables, reducir el impacto individual en la medida de lo posible y mantener un debate sereno son pasos que suman. El desafío es enorme, pero también lo es la capacidad de adaptación de las sociedades cuando reconocen con claridad el problema al que se enfrentan.

El clima está cambiando y España lo está experimentando de forma cada vez más evidente. La cuestión no es si está ocurriendo, sino cómo se decide afrontarlo. Entre la negación y el catastrofismo absoluto existe un espacio de responsabilidad colectiva donde todavía es posible actuar con determinación y esperanza.

Científicos españoles prueban cómo el cambio climático amplificó la DANA de Valencia

España vive una transformación climática que ya no se puede describir como un aviso lejano, sino como una realidad que se manifiesta con una fuerza que desborda cualquier previsión. Durante años se habló de escenarios futuros, de proyecciones y de tendencias, pero lo que está ocurriendo ahora mismo en nuestro país demuestra que esos escenarios han dejado de ser hipótesis. Las lluvias torrenciales que han golpeado Valencia, los incendios que arrasaron Castilla y León, Galicia y Extremadura el pasado verano, o las precipitaciones desbordadas que han afectado recientemente a Andalucía son solo algunos ejemplos de un patrón que se repite con una frecuencia cada vez mayor. No son hechos aislados, ni fenómenos excepcionales que puedan explicarse únicamente por la mala suerte. Son señales claras de un clima que se desestabiliza.

Lo más inquietante es la sensación de normalidad que parece haberse instalado en buena parte de la sociedad. La vida cotidiana continúa, las rutinas siguen su curso y, aunque cada episodio extremo genera preocupación durante unos días, pronto se diluye en la vorágine diaria. Sin embargo, basta observar con un mínimo de atención para comprender que algo profundo está cambiando. Los agricultores lo notan en las cosechas, los ganaderos en la disponibilidad de agua, los habitantes de zonas rurales en la frecuencia de incendios, y quienes viven en ciudades en la intensidad de las olas de calor o en la incapacidad de los sistemas de drenaje para absorber lluvias que antes eran excepcionales.

La ciencia lleva décadas advirtiendo de que el calentamiento global incrementa la probabilidad y la severidad de fenómenos extremos. No se trata de una opinión, sino de un consenso internacional respaldado por miles de estudios. España, por su ubicación geográfica y sus características climáticas, es uno de los países europeos más vulnerables. La desertificación avanza, los recursos hídricos disminuyen, los incendios encuentran condiciones cada vez más favorables y las lluvias, cuando llegan, lo hacen de forma abrupta y destructiva. Todo esto está documentado por instituciones como la AEMET, el IPCC o la Agencia Europea de Medio Ambiente.

A pesar de ello, existen partidos y responsables políticos que continúan negando la gravedad del problema o incluso la existencia misma del fenómeno. Esta actitud genera desconcierto en muchas personas que, al ver las imágenes de inundaciones, incendios o sequías, no entienden cómo puede seguir discutiéndose algo que parece tan evidente. Cuando desde posiciones de poder se minimiza o se niega lo que está ocurriendo, se dificulta la adopción de medidas urgentes y se transmite a la ciudadanía la idea de que no hay nada que cambiar, que todo forma parte de un ciclo natural o que preocuparse es exagerado. Pero los hechos contradicen esa visión.

El verdadero riesgo no es solo el impacto directo de cada episodio extremo, sino la acumulación de todos ellos y la falta de preparación para afrontarlos. Un país que normaliza la emergencia climática se vuelve más frágil. Las infraestructuras no se adaptan, los planes de prevención se quedan cortos, la gestión del agua se vuelve insuficiente y la población pierde la capacidad de reaccionar. La inacción tiene un coste enorme, tanto económico como social, y ese coste lo terminan pagando las generaciones presentes y futuras.

Hablar de todo esto no es caer en el alarmismo, sino asumir la realidad con la seriedad que merece. El miedo paraliza, pero la lucidez moviliza. Reconocer que estamos ante un desafío mayúsculo es el primer paso para exigir políticas responsables, para replantear hábitos de consumo, para apoyar a quienes trabajan en la mitigación y la adaptación, y para entender que lo que está en juego no es un debate ideológico, sino la habitabilidad del territorio en el que vivimos.

España tiene capacidad para afrontar este reto, pero solo si se acepta que existe. Negarlo no lo hace desaparecer. Mirar hacia otro lado no detiene las lluvias torrenciales ni apaga los incendios. La única salida pasa por asumir que el clima está cambiando de forma acelerada y que cada año que se pierde en discusiones estériles es un año que se gana en vulnerabilidad. La sociedad española ha demostrado en muchas ocasiones que sabe unirse ante las dificultades. Ojalá esta vez no sea diferente, porque el desafío es enorme y el tiempo, cada vez más escaso. 

 


 

 

 

 

viernes, junio 26, 2026

LOS PILARES DE LA IGUALDAD

COSAS DE GELY 

LOS TRES PILARES DE LA IGUALDAD

Hay cosas que no se compran con dinero, porque representan la dignidad de un pueblo, el sudor de nuestra historia y el futuro que dejamos a nuestros hijos. En España, si hay tres pilares que sostienen el alma de nuestra gente, que nos igualan a todos y que nos recuerdan quiénes somos cuando se apagan las luces, son la tierra que nos alimenta, las manos que nos curan y las aulas donde aprendemos a ser libres. Miremos primero al campo.
 
Detrás de cada fruta, de cada pedazo de pan y de cada gota de aceite que ponemos en la mesa, hay una historia de sacrificio que pocos ven. Hay un agricultor levantándose antes de que salga el sol, con las manos agrietadas por el frío del invierno y la piel quemada por el sol del verano. Trabajar la tierra en España es un acto de fe. Es luchar contra la sequía, mirar al cielo con la esperanza de que llueva, y seguir adelante a pesar de que los precios ahoguen y el cansancio pese en los huesos. El campo no es solo paisaje; es nuestra soberanía, es nuestra raíz, son los pueblos que se resisten a morir. Cuando valoramos la agricultura, no solo hablamos de economía; estamos respetando a los guardianes de nuestra vida, a los que hunden sus manos en el barro para que a nadie en la ciudad le falte un plato de comida. Comer cada día es un milagro diario que les debemos a ellos. 
 
Luego, miremos a los pasillos de nuestros hospitales y centros de salud. La sanidad pública es el mayor tesoro que hemos construido juntos. Es el lugar donde la vida humana vale exactamente lo mismo, sin importar el saldo de tu cuenta bancaria. Es el abrazo del médico que te da una buena noticia, la mirada incansable de la enfermera que te cuida en mitad de la noche, y el esfuerzo de miles de profesionales que, a pesar de estar agotados y desbordados, se ponen la bata cada mañana para salvarnos. En la sala de espera de un hospital público todos somos iguales: el miedo es el mismo, la esperanza es la misma. Saber que, si tu hijo se pone enfermo o si tu abuelo necesita una operación urgente, habrá un equipo médico listo para luchar por ellos sin pedir una tarjeta de crédito a cambio, es lo que nos hace una sociedad civilizada y compasiva. La sanidad pública es el hilo invisible que nos cuida a todos cuando somos más vulnerables, asegurando que nadie se quede solo en el dolor. 
 
Y finalmente, entremos en las aulas de nuestras escuelas públicas. La educación pública es la fábrica de los sueños de un país. Es la puerta que se abre de par en par para que el hijo de un trabajador, el hijo de un inmigrante y el hijo de un médico se sienten en el mismo pupitre, compartan los mismos libros y tengan las mismas oportunidades de llegar a ser lo que quieran ser: ingenieros, poetas, mecánicos o científicos. En los colegios e institutos públicos, los maestros no solo enseñan matemáticas o historia; enseñan a convivir, a respetar la diferencia y a pensar por uno mismo. Una pizarra y una tiza son las herramientas más poderosas contra la injusticia, porque la educación pública es el único ascensor social que permite que el destino de un niño no esté escrito de antemano por el lugar donde nació. Cuidar la escuela pública es defender la libertad y el talento de las próximas generaciones. 
 
Defender el campo, la sanidad y la escuela pública no es una cuestión de partidos ni de ideologías; es una cuestión de humanidad y de puro agradecimiento. Son el suelo que pisamos, la salud que nos mantiene en pie y el horizonte hacia el que caminamos. Perderlos o descuidarlos significaría perder nuestra identidad y dejar desprotegidos a los que más lo necesitan. Valorar estas tres cosas es, en el fondo, cuidarnos los unos a los otros y asegurar que España siga siendo un hogar justo, digno y solidario para todos.