COSAS DE GELY
VALENCIA LA DANA Y EL CAMBIO DEL CLIMA
En los últimos años se ha instalado en muchas personas una sensación difícil de explicar: una mezcla de inquietud, incredulidad y miedo al observar cómo los fenómenos meteorológicos extremos se repiten con mayor frecuencia e intensidad en España. No se trata de una percepción aislada ni de una exageración puntual. La DANA que golpeó Valencia, los incendios devastadores en Castilla y León, Galicia o Extremadura, las lluvias torrenciales en Andalucía, las olas de calor cada vez más prolongadas… todo forma parte de una realidad que ya no pertenece al futuro, sino al presente.
España es uno de los países europeos más vulnerables al cambio climático. Los estudios científicos llevan años señalando que la cuenca mediterránea se está calentando a un ritmo superior al de otras regiones del planeta. Un mar más cálido favorece tormentas más intensas. Veranos más largos y secos convierten los montes en combustible listo para arder. Las precipitaciones, cuando llegan, tienden en ocasiones a concentrarse en pocas horas con una violencia inusual. No es una cadena de desgracias independientes, sino un patrón que los datos respaldan y que encaja con las proyecciones científicas realizadas desde hace décadas.
Resulta llamativo que, pese a la magnitud de estos acontecimientos, gran parte de la sociedad continúe con su rutina diaria como si nada extraordinario estuviera sucediendo. Sin embargo, la rutina también funciona como mecanismo de protección psicológica. Afrontar la idea de que el clima está cambiando y que eso puede alterar profundamente el modo de vida genera angustia. Para muchas personas, seguir adelante sin detenerse demasiado en esa realidad es una forma de preservar la estabilidad emocional. La normalidad aparente no significa ausencia de problema, sino dificultad para asimilarlo.
En el ámbito político, el debate climático se ha convertido en un terreno de confrontación ideológica. Existen partidos y líderes que minimizan el fenómeno o cuestionan el consenso científico, presentando las políticas ambientales como exageraciones o imposiciones innecesarias. El negacionismo climático no es exclusivo de España, pero aquí también tiene presencia. Frente a ello, la comunidad científica mantiene una postura ampliamente coincidente: el calentamiento global es real, está impulsado en gran medida por la actividad humana y ya está teniendo consecuencias visibles. Negar el problema no altera las leyes físicas que rigen la atmósfera y los océanos.
El riesgo de convertir la crisis climática en una batalla cultural es que se pierde de vista su dimensión transversal. Las riadas, los incendios o las sequías no distinguen ideologías. Afectan a territorios, economías y personas con independencia de su orientación política. Por eso, más allá del ruido partidista, la cuestión exige acuerdos amplios y decisiones basadas en evidencias.
No todo el panorama es sombrío. España ha avanzado de manera notable en el desarrollo de energías renovables y cuenta con un enorme potencial en energía solar y eólica. Crece la conciencia ambiental en distintos sectores sociales, aumentan las iniciativas locales y cada vez más administraciones incorporan planes de adaptación y prevención. Agricultores que ajustan cultivos, municipios que revisan su planificación urbana, ciudadanos que modifican hábitos de consumo… son señales de que existe movimiento.
La preocupación ante el deterioro climático puede convertirse en motor de acción si se gestiona con equilibrio. El alarmismo paralizante no ayuda, pero la indiferencia tampoco. Informarse con rigor, exigir políticas responsables, reducir el impacto individual en la medida de lo posible y mantener un debate sereno son pasos que suman. El desafío es enorme, pero también lo es la capacidad de adaptación de las sociedades cuando reconocen con claridad el problema al que se enfrentan.
El clima está cambiando y España lo está experimentando de forma cada vez más evidente. La cuestión no es si está ocurriendo, sino cómo se decide afrontarlo. Entre la negación y el catastrofismo absoluto existe un espacio de responsabilidad colectiva donde todavía es posible actuar con determinación y esperanza.
Científicos españoles prueban cómo el cambio climático amplificó la DANA de Valencia
España vive una transformación climática que ya no se puede describir como un aviso lejano, sino como una realidad que se manifiesta con una fuerza que desborda cualquier previsión. Durante años se habló de escenarios futuros, de proyecciones y de tendencias, pero lo que está ocurriendo ahora mismo en nuestro país demuestra que esos escenarios han dejado de ser hipótesis. Las lluvias torrenciales que han golpeado Valencia, los incendios que arrasaron Castilla y León, Galicia y Extremadura el pasado verano, o las precipitaciones desbordadas que han afectado recientemente a Andalucía son solo algunos ejemplos de un patrón que se repite con una frecuencia cada vez mayor. No son hechos aislados, ni fenómenos excepcionales que puedan explicarse únicamente por la mala suerte. Son señales claras de un clima que se desestabiliza.
Lo más inquietante es la sensación de normalidad que parece haberse instalado en buena parte de la sociedad. La vida cotidiana continúa, las rutinas siguen su curso y, aunque cada episodio extremo genera preocupación durante unos días, pronto se diluye en la vorágine diaria. Sin embargo, basta observar con un mínimo de atención para comprender que algo profundo está cambiando. Los agricultores lo notan en las cosechas, los ganaderos en la disponibilidad de agua, los habitantes de zonas rurales en la frecuencia de incendios, y quienes viven en ciudades en la intensidad de las olas de calor o en la incapacidad de los sistemas de drenaje para absorber lluvias que antes eran excepcionales.
La ciencia lleva décadas advirtiendo de que el calentamiento global incrementa la probabilidad y la severidad de fenómenos extremos. No se trata de una opinión, sino de un consenso internacional respaldado por miles de estudios. España, por su ubicación geográfica y sus características climáticas, es uno de los países europeos más vulnerables. La desertificación avanza, los recursos hídricos disminuyen, los incendios encuentran condiciones cada vez más favorables y las lluvias, cuando llegan, lo hacen de forma abrupta y destructiva. Todo esto está documentado por instituciones como la AEMET, el IPCC o la Agencia Europea de Medio Ambiente.
A pesar de ello, existen partidos y responsables políticos que continúan negando la gravedad del problema o incluso la existencia misma del fenómeno. Esta actitud genera desconcierto en muchas personas que, al ver las imágenes de inundaciones, incendios o sequías, no entienden cómo puede seguir discutiéndose algo que parece tan evidente. Cuando desde posiciones de poder se minimiza o se niega lo que está ocurriendo, se dificulta la adopción de medidas urgentes y se transmite a la ciudadanía la idea de que no hay nada que cambiar, que todo forma parte de un ciclo natural o que preocuparse es exagerado. Pero los hechos contradicen esa visión.
El verdadero riesgo no es solo el impacto directo de cada episodio extremo, sino la acumulación de todos ellos y la falta de preparación para afrontarlos. Un país que normaliza la emergencia climática se vuelve más frágil. Las infraestructuras no se adaptan, los planes de prevención se quedan cortos, la gestión del agua se vuelve insuficiente y la población pierde la capacidad de reaccionar. La inacción tiene un coste enorme, tanto económico como social, y ese coste lo terminan pagando las generaciones presentes y futuras.
Hablar de todo esto no es caer en el alarmismo, sino asumir la realidad con la seriedad que merece. El miedo paraliza, pero la lucidez moviliza. Reconocer que estamos ante un desafío mayúsculo es el primer paso para exigir políticas responsables, para replantear hábitos de consumo, para apoyar a quienes trabajan en la mitigación y la adaptación, y para entender que lo que está en juego no es un debate ideológico, sino la habitabilidad del territorio en el que vivimos.
España tiene capacidad para afrontar este reto, pero solo si se acepta que existe. Negarlo no lo hace desaparecer. Mirar hacia otro lado no detiene las lluvias torrenciales ni apaga los incendios. La única salida pasa por asumir que el clima está cambiando de forma acelerada y que cada año que se pierde en discusiones estériles es un año que se gana en vulnerabilidad. La sociedad española ha demostrado en muchas ocasiones que sabe unirse ante las dificultades. Ojalá esta vez no sea diferente, porque el desafío es enorme y el tiempo, cada vez más escaso.

























