Cada vez hay más personas que sienten un creciente rechazo hacia todo lo relacionado con la política, los políticos y sobre todo con la manera injustificable de actuar de la justicia. No es algo pasajero ni una rabieta momentánea. Es una sensación que ha ido creciendo con los años, viendo una y otra vez las mismas situaciones, los mismos discursos, las mismas promesas vacías y la misma sensación de que las normas no se aplican igual para todos.
Especialmente con la justicia, cada día nos cuesta a la mayoría creer en su imparcialidad, sobre todo cuando demasiadas veces parece que determinadas personas vinculadas al poder político, económico o mediático viven bajo una protección distinta a la del ciudadano común. La sensación que queda es que hay una justicia dura para unos y una justicia mucho más flexible para otros, y eso termina destruyendo la confianza de cualquiera.
Llega un momento en el que muchas personas nos cansamos de escuchar discursos sobre democracia, igualdad, derechos y convivencia mientras la realidad diaria cuenta otra historia completamente distinta. Porque mientras unos hablan desde despachos, platós y parlamentos, mucha gente vive preocupada por pagar facturas, mantener un trabajo, llegar a fin de mes o simplemente conservar un poco de tranquilidad mental. Y al final aparece la impresión de que el ciudadano normal solo importa cuando llegan las elecciones, cuando toca recaudar impuestos o cuando conviene utilizarlo como parte de un discurso político.
Somos muchísimos los que hemos llegado a un punto de hartazgo tan grande que ya no le vemos sentido a ir a votar. Durante años se repite la idea de que votar sirve para cambiar las cosas, pero la sensación que queda es que cambian las caras, cambian los partidos, cambian los eslóganes, y sin embargo muchos de los problemas siguen ahí o incluso empeoran. Da igual quién gobierne: las discusiones continúan, la tensión aumenta, las promesas desaparecen y la vida de mucha gente humilde sigue siendo difícil. Y mientras tanto, quienes están arriba parecen vivir en una realidad completamente separada de la del resto.
Resulta difícil no pensar que, pese a todos los avances tecnológicos, científicos y económicos, este planeta sigue siendo un fracaso enorme en muchos sentidos. Sí, existe el progreso, la comodidad y el desarrollo en comparación con otras épocas, pero también hay más desigualdad visible, más egoísmo, más manipulación y más sensación de vacío. Hay millones de personas trabajando toda su vida sin llegar a vivir realmente tranquilas, mientras otros acumulan privilegios y poder de manera obscena. La sensación de injusticia no desaparece; simplemente cambia de forma con el paso del tiempo.
También cansa profundamente la hipocresía constante. Se habla mucho de solidaridad, de respeto y de derechos humanos, pero luego la realidad demuestra que casi todo está condicionado por intereses políticos, económicos, ideológicos o religiosos.
En España esto se nota cada vez más en la convivencia diaria. La política se ha convertido en una especie de guerra permanente donde lo importante ya no es resolver problemas reales, sino destruir al adversario, humillarlo públicamente y mantener a la población dividida y enfrentada. Todo acaba reducido a bandos, etiquetas y discusiones interminables. Las redes sociales, la televisión y muchos medios alimentan constantemente ese clima de tensión, hasta el punto de que hablar de política muchas veces ya no sirve para debatir, sino para discutir. Se ha deteriorado muchísimo la capacidad de convivir con normalidad entre personas que piensan distinto.
Hay demasiada agresividad, demasiado fanatismo y demasiada necesidad de convertir cualquier tema en un conflicto político. Y lo peor es que esa tensión termina bajando desde arriba hacia la calle, contaminando amistades, familias, trabajos y relaciones personales. Cada vez parece más difícil encontrar serenidad, sentido común y un mínimo de unión en una sociedad agotada de tanta pelea constante.
El mundo es un asco, los políticos en general un fraude, la religión un negocio, la justicia tiene dueños y no es igual para todos. La humanidad lleva siglos siendo el sostén de muchos desaprensivos y siendo engañada por un gran número de truánes que viven a su costa.
No hay dioses en este mundo ni en ningun otro, pero desgraciadamente a muchos de nosotros nos ha dado por subir a los "altares e idealizar y atribuir cualidades perfectas o superiores a personas como políticos, papas, futbolistas etcétera que, en realidad son seres humanos como nosotros y posiblemente moralmente muchos de ellos peores que nosotros.
Idealizar es un proceso psicológico y cognitivo, mediante el cual se le atribuyen cualidades perfectas o superiores a la realidad de una persona, situación o cosa. Consiste en exagerar las virtudes e ignorar o minimizar los defectos, creando una versión distorsionada y alejada de la realidad.
Considero absurdo idolatrar a un semejante que cante o de patada a un balón, mientras olvidamos a aquellos que de verdad hacen cosas, sin las cuales no podríamos vivir ni avanzar. De esto hablaré en mi próximo post.




























