COSAS DE GELY
HUMANO "EL NOMBRE QUE NOS SOBRA"
Humano “El Nombre que nos Sobra”
El planeta Tierra no guarda rencor. No grita, no se queja, no devuelve el daño con saña. Solo se pudre en silencio bajo nuestras manos, mientras nosotros, los humanos, seguimos pavoneándonos con ese nombre que nos regalaron como un chiste cruel.
Hace milenios, cuando el primer hombre clavó su piedra en el cráneo de otro para robarle un trozo de carne, ya éramos nosotros. Cuando las tribus se masacraron por un pedazo de tierra o un dios inventado, ya éramos nosotros. Cuando quemamos bosques para calentar nuestras cuevas y luego maldecimos el frío, ya éramos nosotros. Y el planeta, paciente, nos observaba mientras aprendíamos a odiarnos por el color de la piel, por la lengua que balbuceábamos, por la cantidad de dioses que éramos capaces de inventar para justificar nuestra crueldad.
Los siglos pasaron, y nosotros seguimos siendo los mismos. Construimos imperios sobre huesos, escribimos leyes con tinta de sangre, y luego nos escandalizamos cuando el vecino robaba un pan. Inventamos la rueda para llevar mercancías, pero también para arrastrar prisioneros a la guerra. Creamos el fuego para cocinar, pero también para quemar "herejes" que no lo eran. Y cuando la ciencia nos dio herramientas para sanar, las usamos para envenenar ríos, agujerear el cielo y llenar el aire de veneno.
Nos llamamos humanos, como si ese nombre nos hiciera especiales. Como si ser humano no fuera, en realidad, sinónimo de ser el único animal que mata por deporte, que destruye por aburrimiento, que contamina por capricho. Los leones no envenenan su propia sabana. Los tiburones no arrasan los océanos por diversión. Los lobos no talan bosques para construir jaulas donde encerrar a sus crías. Pero nosotros sí.
Y lo peor no es la destrucción. Lo peor es la indiferencia. Enterramos a nuestros muertos en cementerios de mármol, pero no nos importa que millones de seres mueran de hambre en todo el mundo. Celebramos la tecnología que nos lleva a la Luna, pero no somos capaces de compartir el agua que nos da la Tierra. Hablamos de amor, de paz, de fraternidad, mientras nuestras manos (esas mismas que escribieron poemas) aprietan gatillos, pulsan botones y firman decretos que convierten a otros en números, en sombras, en nada.
Quizá el error no fue nacer. Quizá el error fue creernos superiores a todo lo que pisamos. Quizá el nombre que nos dieron, humano, no era un título, sino una ironía.
Porque si esto es ser humano… mejor hubiera sido que nos llamaran bestias con memoria, que es lo que en realidad somos.

