COSAS DE GELY
Cada vez que entro en un hospital salgo con la misma sensación: somos mucho más frágiles de lo que nos gusta creer. Vivimos haciendo planes, corriendo de un lado para otro, preocupándonos por cosas que parecen enormes, hasta que un día una habitación de hospital, una bata, un monitor o unas manos expertas nos recuerdan que nuestra vida puede depender de algo tan pequeño como un cable, una válvula o un latido.
Entonces comprendes que el cuerpo humano es una maravilla, pero también una obra delicada. Basta una pequeña avería para que todo cambie. Y es en ese momento cuando uno se da cuenta de lo insignificantes que somos frente a la vida y frente al tiempo.
Sin embargo, hay álgo que me sigue asombrando. Mientras el cuerpo muestra sus miserias y sus límites, la mente, en muchas ocasiones, hace justo lo contrario. Parece despertar. Se vuelve más lúcida, más sensible y más sabia. Empieza a distinguir lo importante de lo accesorio. Lo que antes parecía imprescindible deja de tener valor, y aquello que apenas apreciábamos se convierte en un auténtico tesoro: un abrazo, una conversación, una sonrisa, la voz de quien nos quiere o la posibilidad de volver a casa.
No sé por qué necesitamos acercarnos tanto a nuestra vulnerabilidad para entender estas cosas. Quizá porque solo cuando sentimos que la vida puede escaparse comprendemos de verdad el inmenso regalo que supone estar vivos.
Por eso cada vez entiendo menos el rencor, el odio y el resentimiento. Son cargas demasiado pesadas para un cuerpo tan frágil y para una vida tan incierta. ¿Qué sentido tiene seguir alimentando viejas heridas cuando ninguno de nosotros sabe cuánto tiempo le queda? ¿Por qué regalar nuestros días a la amargura cuando podríamos llenarlos de serenidad?
Pasar página no significa olvidar ni justificar lo que nos hizo daño. Significa dejar de permitir que ese daño siga ocupando un espacio en nuestra vida. Significa elegir la paz antes que la razón, porque la paz siempre nos hace más libres.
Al final todos somos iguales. Todos enfermamos, todos sentimos miedo, todos necesitamos que alguien nos tienda una mano y todos, antes o después, tendremos que despedirnos de este mundo. Quizá si recordáramos con más frecuencia nuestra propia fragilidad, viviríamos con más humildad, con más compasión y con un poco más de amor.
Porque la verdadera grandeza del ser humano no está en tener un cuerpo perfecto, sino en poseer una mente capaz de comprender, de perdonar, de aprender y de seguir encontrando esperanza incluso cuando el corazón necesita la ayuda de una máquina para seguir marcando el ritmo de la vida.
Y para finalizar (por decirlo de algún modo) diré que “de un tirón, me lo han cambiado todo", batería, cable etcétera. A veces la vida también nos cambia "de un tirón". El cuerpo sále del hospital con alguna cicatriz más, pero el alma u lo que sea, si sabe mirar, suele salir con mucha más luz que cuando entró.
Pero la cuestión es que, mientras ese corazón algo dañado que tengo, siga latiendo por sí solo o con un poco de ayuda, todavía estaré a tiempo de querer más, de perdonar antes o de vivir un poco mejor. No tengáis miedo.


No hay comentarios:
Publicar un comentario