COSAS DE GELY
Ester Muñoz me ha asustado tanto sobre lo que dice de las pensione, que no me ha quedado más remedio que volver antes de lo previsto para contarlo. Aquí lo tenéis por si a algún despistado no lo había escuchado
EL ÚNICO PLAN DE PENSIONES QUE FUNCIONA Y GARANTIZA LAS PENSIONES ES EL PÚBLICO, LOS PLANES PRIVADOS HAN FRACASADO Y HAN SIDO RESCATADOS CON DINERO PÚBLICO
¿Ha cumplido la democracia lo que esperábamos de ella?
Últimamente me hago una pregunta que hace unos años quizá no me habría atrevido a plantear de la misma manera: ¿ha sido la llegada de la democracia tan buena como yo esperaba?
No me hago esta pregunta porque esté en contra de la democracia, ni mucho menos. Valoro profundamente la libertad, el derecho a expresarnos, a votar y a decidir quién nos gobierna. Sé perfectamente lo que significó para España salir de una dictadura y construir una sociedad libre. Sería injusto olvidar todo lo que hemos avanzado durante estos casi cincuenta años.
Pero precisamente porque valoro la democracia, creo que tengo derecho a preguntarme si está respondiendo adecuadamente a algunas de las necesidades más importantes de nuestra sociedad.
Cuando miro a mi alrededor, hay cuestiones que me preocupan especialmente:las pensiones de los ancianos, la sanidad, la educación, la vivienda, el precio de los alimentos, la corrupción, la presión del turismo y el deterioro del medio ambiente. Son asuntos muy diferentes entre sí, pero todos tienen algo en común: afectan directamente a nuestra manera de vivir y, en muchos casos, a nuestras posibilidades de construir un futuro digno. Y dependiendo de quien gobierne todo ello puede mejorar o empeorar esto ya lo hemos vivido otras veces.
La sanidad pública es un buen ejemplo. España ha construido un sistema sanitario que debemos valorar y que sigue ofreciendo una cobertura muy amplia. Pero tampoco puedo ignorar las listas de espera, la presión sobre la atención primaria, la falta de determinados profesionales y las dificultades que muchas personas encuentran para ser atendidas con rapidez. A finales de 2025, más de 850.000 personas estaban esperando una intervención quirúrgica. No creo que esto permita decir que nuestra sanidad ha fracasado, pero sí que existen problemas importantes que llevamos demasiado tiempo intentando solucionar. Uno de ellos son los intentos de la derecha por privatizarlo todo y cuando digo todo, es todo lo que están poniendo en manos privadas. Lo que conlleva el abandono de hospitales, centros de salud y la escuela publica.
Con la educación me sucede algo parecido. También aquí hemos conseguido avances enormes. Más jóvenes permanecen hoy en el sistema educativo y el abandono escolar temprano se encuentra en mínimos históricos. Sin embargo, seguimos teniendo problemas de rendimiento, desigualdad, falta de estabilidad y continuos cambios de orientación. Me cuesta entender que algo tan importante como la educación pueda estar sometido durante tantos años a una lucha política casi permanente. Nuestros hijos necesitan estabilidad mucho más que continuos cambios.
Pero si hay un problema que me parece especialmente preocupante es el de la vivienda.
Para mí, una vivienda no es simplemente un producto que se compra o se vende. Es el lugar donde una persona vive, descansa, forma una familia y construye su proyecto de vida. Cuando una persona trabaja y, aun así, no puede independizarse porque el alquiler se lleva una parte enorme de sus ingresos, algo está fallando.
No creo que sea razonable buscar un único culpable. El problema tiene muchas causas: falta de vivienda asequible, concentración del empleo en determinadas ciudades, crecimiento de la población, alquiler turístico, inversión inmobiliaria, dificultades urbanísticas y un parque público de vivienda insuficiente. Pero precisamente porque conocemos desde hace años la gravedad del problema, me pregunto por qué no hemos sido capaces de anticiparnos mejor. Pero el mayor problema son los especuladores de los fondos buitres.
Algo parecido ocurre con los alimentos. Todos hemos comprobado cómo ha aumentado el coste de llenar la cesta de la compra. Y aunque la inflación baje, eso no significa que los precios vuelvan a ser los de antes. Simplemente aumentan más despacio. Para una familia que llega justa a final de mes, esta diferencia no es una cuestión estadística: es una realidad que se nota cada vez que va al supermercado.
Después está la corrupción, que quizá sea uno de los problemas que más daño hacen a la confianza de los ciudadanos. No creo que sea justo decir que todo está corrupto. Hay millones de personas honradas trabajando en nuestras instituciones, empresas y administraciones. Pero tampoco podemos negar que durante estas décadas hemos conocido demasiados casos graves de corrupción. El mayor ejemplo que se ha dado en este país de corrupción política ha sido el caso Gürtel del PP, extendido por toda la geografía española. Lo Ábalos es una minucia, comparado del caso del Ministro de Hacienda del PP Cristóbal Montoro
Lo preocupante no es solamente el dinero que se pierde. Lo verdaderamente peligroso es la sensación de que las reglas no son iguales para todos. Cuando alguien cree que una persona poderosa puede salir mejor parada que un ciudadano corriente, empieza a perder confianza en las instituciones. Y recuperar esa confianza es mucho más difícil que perderla.
Por eso pienso que una democracia fuerte no es aquella en la que nunca existe corrupción, porque eso probablemente sea imposible. Una democracia fuerte es aquella en la que los controles funcionan, los abusos se descubren y quien comete un delito responde por él, independientemente de quién sea.
También me preocupa la enorme presión turística que soportan algunas zonas de España. Sé perfectamente que el turismo genera riqueza y empleo y que millones de personas dependen de él. Sería absurdo negarlo. Pero también creo que debemos preguntarnos si todo crecimiento turístico es necesariamente positivo.
Cuando en determinados lugares el número de visitantes aumenta hasta el punto de dificultar el acceso a la vivienda, aumentar la presión sobre el agua, los servicios públicos y el territorio, quizá haya llegado el momento de hablar no solamente de cuánto turismo queremos, sino de qué tipo de turismo podemos soportar.
Y junto a todo esto está el cambio climático, que quizá sea la cuestión que más me preocupa cuando pienso en el futuro. España se está calentando y los datos muestran una tendencia clara. Esto afecta al agua, a la agricultura, a los incendios, a la salud, al turismo y a nuestra propia forma de vivir.
Sé que España no puede solucionar por sí sola un problema mundial como este. Pero sí puede prepararse mejor para sus consecuencias y decidir qué modelo de país quiere construir. Podemos decidir cómo utilizamos el agua, cómo protegemos nuestro territorio, cómo diseñamos nuestras ciudades y qué importancia damos al medio ambiente frente a determinados intereses económicos.
Cuando pienso en todos estos problemas juntos, entiendo que pueda aparecer una cierta decepción con la democracia. Yo mismo la siento algunas veces.
Pero también sería injusto afirmar que todo ha ido a peor.
Si comparo la España actual con la de 1975, la transformación es enorme. Tenemos libertades que antes no existían, una sociedad mucho más formada, mejores infraestructuras, una esperanza de vida mucho mayor, derechos sociales más amplios y una integración europea que ha cambiado profundamente nuestro país.
Por eso no puedo concluir que la democracia haya sido un error.
Lo que sí puedo preguntarme es si hemos sabido utilizarla suficientemente bien.
Porque la democracia, por sí sola, no construye hospitales, no educa a nuestros hijos, no proporciona viviendas asequibles, no elimina la corrupción y no detiene el cambio climático. Son las instituciones, los gobiernos, las empresas y también nosotros, los ciudadanos, quienes tenemos que conseguir que esos objetivos se hagan realidad.
Quizá uno de nuestros errores haya sido pensar que votar cada cuatro años era suficiente. No lo es.
La democracia necesita ciudadanos que estén atentos, que se informen, que critiquen cuando sea necesario y que exijan responsabilidades. Necesita instituciones transparentes y gobiernos capaces de pensar más allá de las próximas elecciones. Y necesita, sobre todo, que determinados problemas fundamentales dejen de utilizarse continuamente como armas de enfrentamiento político y empiecen a abordarse como problemas de todos.
Por eso, después de darle muchas vueltas, mi conclusión no es que la democracia haya fracasado. Tampoco creo que debamos conformarnos con pensar que todo funciona razonablemente bien simplemente porque vivimos en libertad.
Creo que ambas cosas pueden ser verdad al mismo tiempo: podemos valorar profundamente la democracia y, precisamente por eso, exigirle mucho más.
Quiero una democracia en la que la libertad política vaya acompañada de una vida digna. Una sanidad pública capaz de atendernos cuando la necesitamos. Una educación estable y de calidad. Una vivienda que no sea un lujo reservado a quienes tienen más recursos. Unas instituciones en las que podamos confiar. Un sistema capaz de perseguir la corrupción venga de donde venga. Y un país que piense seriamente en el mundo que vamos a dejar a quienes vienen detrás.
Quizá la pregunta no sea, por tanto, si la democracia ha cumplido o no lo que yo esperaba de ella.
Quizá la pregunta sea qué hemos hecho nosotros con la democracia que recibimos y qué estamos dispuestos a hacer para mejorarla.
Porque la democracia no es algo terminado.
Es una responsabilidad permanente.
Y si algo no funciona, creo que tenemos no solamente el derecho, sino también el deber de decirlo.

