COSAS DE GELY
El mundo atraviesa un momento especialmente frágil. Hay guerras abiertas, una crisis climática cada vez más evidente, desigualdades económicas profundas, democracias debilitadas y una sensación general de incertidumbre. En este contexto, la figura de Donald Trump (no solo como persona, sino como símbolo de una forma de hacer política) representa un riesgo real para el equilibrio internacional. Sus “desmanes” no deben entenderse solo como excentricidades personales, sino como una manera de gobernar basada en el enfrentamiento, la desinformación, el desprecio por las instituciones y el uso del poder para intereses propios.
Trump ha demostrado que no cree en el multilateralismo, es decir, en la cooperación entre países. Para él, los acuerdos internacionales, las organizaciones como la ONU, la OTAN o incluso los pactos comerciales y climáticos son obstáculos y no herramientas de estabilidad. Cuando una potencia como Estados Unidos adopta esa postura, el efecto dominó es enorme: otros líderes autoritarios se sienten legitimados para hacer lo mismo, se debilita el derecho internacional y se impone la ley del más fuerte. Esto aumenta el riesgo de conflictos armados, guerras comerciales, crisis energéticas y un mundo más inseguro para todos.
Además, Trump ha normalizado el desprecio por la verdad. La mentira sistemática, la descalificación de la prensa, el ataque a jueces, científicos y funcionarios públicos erosiona la confianza de la ciudadanía en la democracia. Cuando millones de personas dejan de creer en las reglas del juego democrático, el terreno queda abonado para el autoritarismo. Europa conoce bien, por su propia historia, a dónde conduce ese camino. Por eso el problema no es solo Trump, sino lo que representa: la idea de que la democracia es prescindible si estorba al poder.
¿Qué puede hacer el mundo ante esto? En primer lugar, entender que no existe una solución mágica ni inmediata. Nadie puede “detener” a Trump por la fuerza sin provocar un daño aún mayor. Las democracias no se defienden con golpes de autoridad, sino con más democracia, más instituciones fuertes y más cooperación entre países que compartan valores básicos. El aislamiento absoluto tampoco funciona, porque solo refuerza el victimismo y el discurso de “ellos contra nosotros” que tanto utiliza.
Europa, en particular, tiene una responsabilidad clave. Debe actuar con unidad y firmeza. Una Europa dividida es débil y fácilmente presionable por líderes como Trump. Una Europa cohesionada, en cambio, puede defender el multilateralismo, el respeto a los derechos humanos, el comercio justo y la lucha contra el cambio climático, incluso si Estados Unidos se aparta de ese camino. Esto implica invertir más en su propia defensa, no para atacar, sino para no depender completamente de un aliado imprevisible. Implica también proteger sus procesos democráticos frente a la desinformación y las injerencias externas.
Otra medida fundamental es económica. Europa y el resto del mundo pueden usar el peso del comercio y de los mercados para poner límites. No se trata de castigar indiscriminadamente, sino de dejar claro que el incumplimiento de normas internacionales, el chantaje o la imposición unilateral tienen consecuencias. Las reglas deben aplicarse incluso cuando quien las rompe es una gran potencia. Si no, dejan de ser reglas y pasan a ser simples recomendaciones.
A nivel global, es imprescindible reforzar las instituciones internacionales, aunque hoy parezcan débiles. Abandonarlas solo las debilita más. Reformarlas, exigirles transparencia y eficacia, y usarlas como espacios de presión política y diplomática es más lento, pero mucho más seguro que la confrontación directa. La historia demuestra que cuando se rompe el diálogo, lo que viene después suele ser peor.
Los riesgos para la humanidad si no se pone freno a este tipo de liderazgo son muy serios. Un mundo donde cada país actúa solo para sí mismo es un mundo más contaminado, más desigual y más violento. El cambio climático no entiende de fronteras, las pandemias tampoco, ni las crisis financieras. Si los países más poderosos renuncian a cooperar, los más débiles pagan el precio primero, pero al final nadie queda a salvo. Además, se corre el riesgo de que las nuevas generaciones crezcan pensando que la política es solo gritar, humillar y aplastar al adversario, y no buscar soluciones comunes.
Dicho todo esto, también es importante no caer en el catastrofismo absoluto. Trump no es omnipotente. Existen contrapesos: tribunales, gobiernos estatales, prensa independiente, sociedad civil, aliados internacionales. El mundo no está indefenso, pero sí necesita estar alerta. La pasividad es el mayor peligro. Mirar hacia otro lado, normalizar los abusos o resignarse es lo que realmente permite que estos comportamientos avancen.
En resumen, el mundo y Europa no pueden “detener” a Trump como si fuera un villano de ficción, pero sí pueden limitar su impacto fortaleciendo la democracia, actuando unidos, defendiendo las reglas comunes y apostando por la cooperación frente al enfrentamiento. Es un camino más lento y menos espectacular, pero es el único que, a largo plazo, reduce el riesgo de que la humanidad vuelva a cometer errores que ya conoce demasiado bien.


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