sábado, enero 17, 2026

TRUMP UN MOMENTO DE LA HISTORIA EN EL QUE LA INDIFERENCIA DEJA DE SER NEUTRAL

COSAS DE GELY 

TRUMP UN MOMENTO DE LA HISTORIA EN EL QUE LA INDIFERENCIA DEJA DE SER NEUTRAL

Existe un momento en la historia en el que la indiferencia deja de ser neutral y pasa a convertirse en complicidad. Muchos ciudadanos de Estados Unidos y del resto del mundo sienten hoy una inquietud profunda ante la forma de actuar de Donald Trump, una inquietud que no nace de la ideología, sino del miedo real a las consecuencias de un poder ejercido sin humanidad, sin límites éticos y sin respeto por la vida ajena. Cuando una persona con enorme influencia global gobierna desde la amenaza, el chantaje y la obsesión por el beneficio personal, el problema deja de ser nacional y se convierte en un peligro para todos los habitantes del planeta.

La actitud de este “señor”, si no se le pone freno, puede arrastrarnos a un mundo más violento, más desigual y más inseguro. Normalizar el insulto, la presión económica, la intimidación a otros países y el desprecio por los trabajadores no solo degrada la política, degrada la convivencia humana. Un liderazgo basado en el miedo y la codicia abre la puerta a conflictos innecesarios, a guerras comerciales que empobrecen a millones de personas, al debilitamiento de derechos laborales y al deterioro de la cooperación internacional en asuntos tan graves como el cambio climático, la migración o la paz mundial. Cuando quien manda carece de empatía, el daño nunca se queda arriba, siempre cae hacia abajo.

Por eso la reacción de los trabajadores estadounidenses es tan importante. Porque son ellos quienes sostienen la economía real, quienes mantienen el país en funcionamiento mientras otros juegan al poder desde despachos blindados. Si la clase trabajadora decide alzar la voz de forma pacífica y constante, si decide decir “hasta aquí” sin violencia, pero sin miedo, los planes de Trump se ven directamente amenazados. No hay narrativa de fuerza que resista cuando millones de personas demuestran, una y otra vez, que no se sienten representadas por la soberbia ni por la crueldad.

Las manifestaciones pacíficas continuadas no son un gesto vacío, son un recordatorio moral permanente. Son la prueba de que la dignidad no se negocia y de que el silencio no es una opción. Cuando estas movilizaciones se sostienen en el tiempo, generan una grieta profunda en el poder, porque obligan a mirar aquello que se quiere ocultar: la injusticia, el abuso y la falta de humanidad. El desgaste no es solo político, es ético, y ese desgaste termina alcanzando a quienes apoyan, financian o se benefician de ese tipo de liderazgo.

La preocupación crece aún más cuando se entiende que Trump no actúa solo para su país, sino que condiciona la vida de millones de personas fuera de sus fronteras. Sus decisiones, sus amenazas y su lenguaje agresivo afectan a trabajadores de otros países, a economías frágiles, a relaciones internacionales ya tensas. Si el mundo guarda silencio, el mensaje es devastador: que el poder puede ejercerse sin responsabilidad y que la vida humana vale menos que el dinero o el ego de un dirigente.

Por eso es tan importante que la respuesta no se limite a Estados Unidos. Cuando los trabajadores del resto del mundo se reconocen en la misma preocupación y expresan su rechazo de forma solidaria, pacífica y consciente, se envía una señal poderosa: la humanidad no está dispuesta a ser rehén de un hombre sin escrúpulos. Esa unión internacional, basada en la empatía y no en la violencia, puede frenar la expansión del miedo y del chantaje como forma de gobierno.

La organización de esta respuesta nace de algo muy sencillo y muy profundo a la vez: la conciencia compartida de que así no se puede seguir. Se construye cuando la gente habla, cuando se apoya, cuando se informa, cuando decide no mirar hacia otro lado. No hace falta heroísmo, hace falta constancia. No hace falta odio, hace falta firmeza. Frente a alguien que solo entiende el lenguaje del dinero y la amenaza, la unión pacífica de millones de personas preocupadas por el futuro del planeta es un acto de auténtico coraje.

Si no se detiene esta forma de actuar, el riesgo es enorme. Se normalizará la deshumanización, se debilitarán los lazos internacionales y se sembrará un mundo más hostil para las generaciones que vienen. Pero si la gente sencilla, los trabajadores, los ciudadanos comunes deciden no callar, no rendirse y no colaborar con la injusticia, todavía hay esperanza. Porque ningún poder basado en la falta de humanidad puede sostenerse indefinidamente frente a una humanidad que despierta y dice basta.

 


 



sábado, enero 10, 2026

TRUMP UN LOCO Y UNA AMENAZA PARA LA HUMANIDAD

COSAS DE GELY 

TRUMP UN LOCO Y UNA AMENAZA PARA  LA HUMANIDAD

El mundo atraviesa un momento especialmente frágil. Hay guerras abiertas, una crisis climática cada vez más evidente, desigualdades económicas profundas, democracias debilitadas y una sensación general de incertidumbre. En este contexto, la figura de Donald Trump (no solo como persona, sino como símbolo de una forma de hacer política) representa un riesgo real para el equilibrio internacional. Sus “desmanes” no deben entenderse solo como excentricidades personales, sino como una manera de gobernar basada en el enfrentamiento, la desinformación, el desprecio por las instituciones y el uso del poder para intereses propios.

Trump ha demostrado que no cree en el multilateralismo, es decir, en la cooperación entre países. Para él, los acuerdos internacionales, las organizaciones como la ONU, la OTAN o incluso los pactos comerciales y climáticos son obstáculos y no herramientas de estabilidad. Cuando una potencia como Estados Unidos adopta esa postura, el efecto dominó es enorme: otros líderes autoritarios se sienten legitimados para hacer lo mismo, se debilita el derecho internacional y se impone la ley del más fuerte. Esto aumenta el riesgo de conflictos armados, guerras comerciales, crisis energéticas y un mundo más inseguro para todos.

Además, Trump ha normalizado el desprecio por la verdad. La mentira sistemática, la descalificación de la prensa, el ataque a jueces, científicos y funcionarios públicos erosiona la confianza de la ciudadanía en la democracia. Cuando millones de personas dejan de creer en las reglas del juego democrático, el terreno queda abonado para el autoritarismo. Europa conoce bien, por su propia historia, a dónde conduce ese camino. Por eso el problema no es solo Trump, sino lo que representa: la idea de que la democracia es prescindible si estorba al poder.

¿Qué puede hacer el mundo ante esto? En primer lugar, entender que no existe una solución mágica ni inmediata. Nadie puede “detener” a Trump por la fuerza sin provocar un daño aún mayor. Las democracias no se defienden con golpes de autoridad, sino con más democracia, más instituciones fuertes y más cooperación entre países que compartan valores básicos. El aislamiento absoluto tampoco funciona, porque solo refuerza el victimismo y el discurso de “ellos contra nosotros” que tanto utiliza.

Europa, en particular, tiene una responsabilidad clave. Debe actuar con unidad y firmeza. Una Europa dividida es débil y fácilmente presionable por líderes como Trump. Una Europa cohesionada, en cambio, puede defender el multilateralismo, el respeto a los derechos humanos, el comercio justo y la lucha contra el cambio climático, incluso si Estados Unidos se aparta de ese camino. Esto implica invertir más en su propia defensa, no para atacar, sino para no depender completamente de un aliado imprevisible. Implica también proteger sus procesos democráticos frente a la desinformación y las injerencias externas.

Otra medida fundamental es económica. Europa y el resto del mundo pueden usar el peso del comercio y de los mercados para poner límites. No se trata de castigar indiscriminadamente, sino de dejar claro que el incumplimiento de normas internacionales, el chantaje o la imposición unilateral tienen consecuencias. Las reglas deben aplicarse incluso cuando quien las rompe es una gran potencia. Si no, dejan de ser reglas y pasan a ser simples recomendaciones.

A nivel global, es imprescindible reforzar las instituciones internacionales, aunque hoy parezcan débiles. Abandonarlas solo las debilita más. Reformarlas, exigirles transparencia y eficacia, y usarlas como espacios de presión política y diplomática es más lento, pero mucho más seguro que la confrontación directa. La historia demuestra que cuando se rompe el diálogo, lo que viene después suele ser peor.

Los riesgos para la humanidad si no se pone freno a este tipo de liderazgo son muy serios. Un mundo donde cada país actúa solo para sí mismo es un mundo más contaminado, más desigual y más violento. El cambio climático no entiende de fronteras, las pandemias tampoco, ni las crisis financieras. Si los países más poderosos renuncian a cooperar, los más débiles pagan el precio primero, pero al final nadie queda a salvo. Además, se corre el riesgo de que las nuevas generaciones crezcan pensando que la política es solo gritar, humillar y aplastar al adversario, y no buscar soluciones comunes.

Dicho todo esto, también es importante no caer en el catastrofismo absoluto. Trump no es omnipotente. Existen contrapesos: tribunales, gobiernos estatales, prensa independiente, sociedad civil, aliados internacionales. El mundo no está indefenso, pero sí necesita estar alerta. La pasividad es el mayor peligro. Mirar hacia otro lado, normalizar los abusos o resignarse es lo que realmente permite que estos comportamientos avancen.

En resumen, el mundo y Europa no pueden “detener” a Trump como si fuera un villano de ficción, pero sí pueden limitar su impacto fortaleciendo la democracia, actuando unidos, defendiendo las reglas comunes y apostando por la cooperación frente al enfrentamiento. Es un camino más lento y menos espectacular, pero es el único que, a largo plazo, reduce el riesgo de que la humanidad vuelva a cometer errores que ya conoce demasiado bien.
 


 

 

 

 

jueves, enero 01, 2026

CUIDARNOS EMPIEZA POR LO QUE COMEMOS

COSAS DE GELY 

CUIDARNOS EMPIEZA POR LO QUE COMEMOS  

Tras las comidas navideñas compartidas con familia y amigos, no he podido evitar darme cuenta de la enorme cantidad de productos poco saludables que consumimos casi sin pensarlo. Esto me ha llevado a reflexionar sobre lo profundamente arraigadas que están algunas costumbres alimentarias que, aunque normales para muchos, tienen un impacto negativo claro en nuestra salud a medio y largo plazo. 

Vivimos en una sociedad donde cada vez son más frecuentes enfermedades relacionadas con el sobrepeso, la diabetes, el colesterol, los problemas hormonales y metabólicos, y sin embargo la prevención a través de una buena alimentación sigue ocupando un lugar secundario. Por eso considero que la sanidad pública podría desempeñar un papel mucho más activo ayudando a la población a alimentarse mejor desde la base, especialmente desde la atención primaria. Contar de forma habitual con la figura del endocrino, una especialidad que hoy en día está prácticamente ausente en este nivel asistencial, sería de gran ayuda para muchas personas. 

El endocrino no solo trata enfermedades hormonales, sino que es un profesional clave para orientar sobre nutrición, metabolismo y hábitos de vida saludables, siempre adaptados a cada persona y a su realidad. Seguir las pautas de un especialista en nutrición no debería verse como algo excepcional, sino como una herramienta básica para cuidar nuestra salud, igual que acudir al médico cuando estamos enfermos. 

Pienso que una población mejor informada y acompañada en su alimentación tendría más salud, más calidad de vida y probablemente necesitaría menos medicación, ya que muchas enfermedades podrían prevenirse o mejorar con hábitos alimenticios adecuados. Invertir en educación nutricional y en especialistas como el endocrino no solo beneficiaría a cada individuo, sino que supondría un avance importante para el bienestar general de la sociedad y para la sostenibilidad económica del sistema sanitario. 



 

 

 

lunes, diciembre 29, 2025

POR QUE TODO SUBE CONTINUAMENTE Y NUNCA BAJA

COSAS DE GELY 
 
POR QUE TODO SUBE CONTINUAMENTE Y  NUNCA BAJA  
 
Al igual que yo, muchas personas se hacen la misma pregunta cada vez que van al supermercado: ¿por qué todo sube continuamente y casi nunca baja? Da igual si hablamos de alimentos, alquileres, hipotecas, luz, agua o cualquier producto que compramos a diario. La sensación general es que el dinero cada vez alcanza para menos, y esto se nota especialmente en las familias con menos recursos, para las que la comida no es un lujo, sino una necesidad básica.

En el caso de los alimentos, las subidas se han vuelto constantes. Pan, leche, huevos, frutas, verduras, carne o pescado cuestan hoy mucho más que hace unos años, y rara vez vemos que un precio baje de forma real y duradera. A veces anuncian ofertas o bajadas puntuales, pero al poco tiempo el precio vuelve a subir, e incluso más que antes. Esto no ocurre por una sola causa, sino por una cadena de factores que se retroalimentan, como una pescadilla que se muerde la cola.

Para producir alimentos hace falta energía, transporte, mano de obra, envases, agua y maquinaria. Si sube el precio del combustible, sube el transporte. Si sube la luz, suben los costes de las fábricas, los almacenes y los comercios. Si suben los salarios, algo que en teoría debería ser positivo, muchas empresas trasladan ese aumento directamente al precio final. Al final, todo ese sobrecoste acaba pagándolo el consumidor cuando pasa por caja.

El problema es que cuando suben las pensiones o los salarios, esa subida suele durar muy poco en el bolsillo. Al poco tiempo, los precios vuelven a ajustarse al alza y ese aumento ya no sirve para vivir mejor, sino solo para sobrevivir igual que antes, o incluso peor. Es como correr en una cinta que no se detiene: por mucho que avances, no llegas a ningún sitio.

Las personas con menos recursos son las que más sufren esta situación, porque destinan la mayor parte de su dinero a lo básico: comida, vivienda y suministros. Cuando sube el precio de un alimento esencial, no pueden simplemente dejar de comprarlo. No se puede prescindir de comer, y eso hace que la subida de precios en la alimentación sea especialmente injusta y dolorosa.

Mucha gente tiene la sensación de que todo esto se agravó cuando España entró en la Comunidad Europea y, sobre todo, con la llegada del euro. Antes, los precios eran más fáciles de comparar y los cambios se notaban más despacio. Con el euro, muchos productos pasaron de costar “cien pesetas” a costar “un euro”, lo que en la práctica supuso una subida encubierta. Desde entonces, los precios han seguido una tendencia casi siempre ascendente, mientras los salarios no han crecido al mismo ritmo.

Además, el mercado actual prioriza el beneficio por encima de casi todo. Grandes cadenas, intermediarios y bancos influyen mucho en los precios finales. En el caso de los alimentos, el agricultor o el ganadero muchas veces cobra muy poco por su producto, mientras que el consumidor lo paga caro. Entre medias hay una cadena larga que encarece el precio sin que eso signifique una mejora para quien produce ni para quien consume.

En resumen, los precios suben porque todo está conectado: energía, salarios, transporte, impuestos, intereses bancarios y beneficios empresariales. Pero el resultado final es siempre el mismo: la vida se encarece y el poder adquisitivo de la mayoría se reduce. Y mientras no se ponga el foco en proteger lo básico, especialmente la alimentación, seguiremos viviendo con la sensación de que trabajamos más, cobramos un poco más, pero vivimos cada vez peor.

Como anexo a todo lo anterior, es importante hablar del papel que juegan los intermediarios en esta situación, porque su influencia es clave en la subida continua de los precios, especialmente en los alimentos. Entre quien produce y quien compra existe una cadena muy larga de intermediarios: distribuidores, mayoristas, transportistas, grandes superficies y fondos de inversión. Cada uno añade su margen de beneficio, y al final el precio se multiplica. Lo más injusto es que el productor, como el agricultor o el ganadero, suele cobrar precios muy bajos, a veces incluso por debajo de lo que le cuesta producir, mientras el consumidor paga precios cada vez más altos. Es decir, ni quien produce vive mejor ni quien compra sale beneficiado.

Esta cadena de intermediarios se ha hecho cada vez más poderosa con el paso del tiempo. Grandes empresas controlan buena parte de la distribución de alimentos y tienen capacidad para fijar precios, presionar a los productores y marcar las reglas del mercado. Cuando hay una crisis, una guerra, una sequía o una subida de la energía, los precios suben rápidamente. Pero cuando la situación mejora, esos precios rara vez bajan, porque el sistema ya se ha acostumbrado a ganar más.

Ante todo esto, mucha gente se pregunta por qué los políticos no hacen nada para frenar esta injusticia. La respuesta no es sencilla, pero hay varios motivos. Por un lado, muchos gobiernos están muy ligados a los intereses de grandes empresas y bancos, que tienen más poder económico que los propios ciudadanos. Por otro, tomar medidas reales para controlar precios o limitar beneficios suele generar enfrentamientos con esos grupos y no siempre da votos. Es más fácil justificar las subidas diciendo que “el mercado manda” que enfrentarse a quienes realmente se benefician de la situación.

También hay una falta de voluntad real para proteger lo básico. Se habla mucho de economía, de crecimiento y de cifras, pero poco de cómo vive la gente corriente. Mientras las subidas se presenten como algo inevitable y no como una decisión política y económica, nada cambiará. Y así, la carga siempre cae sobre los mismos: trabajadores, pensionistas y personas con menos recursos.

¿Qué se podría hacer? Existen soluciones, pero requieren valentía política. Se podrían limitar los márgenes abusivos de los intermediarios, apoyar de verdad al pequeño productor, fomentar los mercados locales y de proximidad y controlar los precios de los productos básicos, como ya se ha hecho en otros momentos de la historia. También sería fundamental una mayor transparencia, para que sepamos cuánto gana cada eslabón de la cadena y quién se queda con la mayor parte.

Pero más allá de las leyes, también es necesaria una mayor conciencia social. Cuanto más informadas estén las personas y más exijan justicia, más difícil será mirar hacia otro lado. La alimentación no debería ser un negocio salvaje, sino un derecho básico. Mientras no se entienda esto, seguiremos atrapados en un sistema donde todo sube, nada baja y la vida se vuelve cada día un poco más difícil para la mayoría. O sea, una injusticia 
 
 

 
 
 
 
 
 

domingo, diciembre 21, 2025

LA CONCIENCIA LA MALA CONCIENCIA Y EL EQUILIBRIO ENTRE EL BIEN Y EL MAL

COSAS DE GELY 

LA CONCIENCIA LA MALA CONCIENCIA Y EL EQUILIBRIO ENTRE EL BIEN Y EL MAL  

El ser humano vive en una búsqueda constante de equilibrio. Desde muy temprano aprende a distinguir entre lo que está bien y lo que está mal, y a esa capacidad se la llama conciencia. Es esa voz interior que orienta, que advierte, que invita a actuar con justicia y coherencia. Pero esa misma voz no siempre es serena. A veces se vuelve inquieta, pesada, y entonces aparece la mala conciencia: el sentimiento de culpa, el remordimiento que nace cuando se percibe que se ha fallado, que se ha herido o que se ha actuado en contra de los propios valores.

Conciencia y mala conciencia no son opuestas en el sentido de enemigas, sino partes de un mismo proceso interior. Se relacionan entre sí del mismo modo que el Yin y el Yang, en la filosofía china: una no puede existir sin la otra. En cada acto considerado bueno hay una sombra de duda, y en cada error hay una posibilidad de aprendizaje. Luz y oscuridad conviven dentro de la misma persona, recordándole que es humana, no perfecta.

Esta convivencia, sin embargo, no siempre es pacífica. El ser humano suele vivir en una lucha interna constante entre lo que piensa y lo que hace, entre lo que siente y lo que cree que debería sentir. Gran parte de esta lucha nace de las inseguridades. El miedo a no ser suficiente, a equivocarse, a no cumplir con las expectativas propias o ajenas, alimenta un diálogo interno duro y exigente. La persona se convierte así en su juez más severo.

Las inseguridades distorsionan la conciencia. No permiten verla como una guía, sino como un reproche continuo. La mala conciencia deja de ser una señal para reflexionar y se transforma en un peso que paraliza. Se revive el pasado, se exageran los errores y se olvida que equivocarse es parte natural del camino. En ese estado, la persona no lucha contra lo que ha hecho, sino contra lo que es.

Y, sin embargo, esa misma lucha tiene un sentido. La incomodidad interior revela que hay valores, que hay sensibilidad, que hay una ética viva. La mala conciencia no aparece en quien no siente, sino en quien se preocupa. Del mismo modo, la inseguridad no siempre es debilidad; muchas veces es la puerta al autoconocimiento, al crecimiento y a la empatía.

El verdadero conflicto no está en tener luz y sombra, sino en no aceptarlas. Cuando el ser humano comprende que no puede ser coherente todo el tiempo, que no puede hacerlo todo bien y que no puede vivir sin contradicciones, algo se suaviza en su interior. La conciencia se vuelve más humana y la mala conciencia más comprensiva. El Yin y el Yang dejan de pelear y empiezan a equilibrarse.

Aceptar la imperfección no significa rendirse, sino reconciliarse con la propia condición humana. Significa entender que la lucha interna no es un error, sino una señal de vida. Que las inseguridades no definen, pero enseñan. Y que, entre el bien y el mal, entre la certeza y la duda, entre la calma y el remordimiento, se construye la experiencia de ser humano.

En ese equilibrio imperfecto, frágil y cambiante, es donde la persona empieza a vivir con más verdad, con más compasión hacia sí misma y hacia los demás. Porque al final, vivir no es elegir solo la luz, sino aprender a caminar con dignidad entre la luz y la sombra.






viernes, diciembre 12, 2025

FELICES FIESTAS Y OJALA ENCUENTRES MOTIVOS PARA SONREIR

COSAS DE GELY



 
FELICES FIESTAS Y OJALA ENCUENTRES MOTIVOS PARA SONREIR 
 
Que estos días traigan calma, luz y compañía a vuestras vidas. Gracias por pasar por aquí.

Os deseo unas fiestas tranquilas, cálidas y llenas de momentos que valgan la pena.

Ojalá encontréis en estas fechas motivos para sonreír y para seguir adelante con buena energía.

Gracias por visitar este espacio. Que estas fiestas os regalen cariño, salud y buenos recuerdos.

Que el nuevo año llegue suave, amable y con oportunidades bonitas para todos.
 




jueves, diciembre 11, 2025

EL FASCISMO NO DESTRUYE SOLO VIDAS TAMBIÉN EL ALMA Y LA LIBERTAD DE LOS PUEBLOS

COSAS DE GELY 

 

EL FASCISMO NO DESTRUYE SOLO VIDAS TAMBIÉN  EL ALMA Y LA  LIBERTAD DE LOS PUEBLOS

En muy poco tiempo, casi desde que figuras como Donald Trump irrumpieron con su prepotencia en el escenario internacional, el mundo parece haber entrado en un periodo de inquietud profunda. Todo aquello que con sus defectos, funcionaba más o menos bien, comenzó a tensarse. Este egolatra presuntuoso, con sus discursos —a menudo impulsivos contradictorios y cargados de confrontación— ha contribuido a que la política global se sumerja en un clima de confusión e inseguridad. No deja de sorprender, que alguien que públicamente ha expresado aspiraciones como la de recibir el Nobel de la Paz, mantenga a la vez una retórica beligerante o un apoyo político explícito, a líderes tan polémicos como Benjamín Netanyahu o Vladimir Putin, cuyas decisiones han marcado profundamente los conflictos actuales.

Las consecuencias se sienten en todas partes. La llamada “guerra de los aranceles” promovida por Trump puso patas arriba relaciones económicas que llevaban décadas de estabilidad. Sus tensiones constantes con la Unión Europea, pese a ser el aliado histórico más cercano de Estados Unidos, han dejado perplejos a millones de ciudadanos en ambos continentes. Europa, con más de 450 millones de habitantes y miles de años de historia cultura y diversidad, ha visto cómo desde Los colonizados Estados Unidos de America —un país joven de apenas unos siglos y con 342 millones de habitantes— se le lanzaban reproches y presiones impropias de la relación que siempre los había unido.

Resulta paradójico, incluso simbólico, que un dirigente de origen europeo trate a Europa con semejante desdén.

Este deterioro en el estilo político global no es exclusivo de un líder. También encontramos ejemplos en mandatarios como Jair Bolsonaro en Brasil o Viktor Orbán en Hungría, donde el populismo, el desprecio por la prensa crítica o la erosión paulatina de las instituciones democráticas han encendido alarmas internacionales. Muchos ciudadanos del mundo sienten que la falta de honradez y la ambición personal de demasiados políticos —de derechas, de izquierdas y de todo el espectro— han generado un cansancio que se vuelve insoportable.

Pero ese cansancio es peligroso. Porque la historia nos enseña que cuando la población se harta de la corrupción, la mentira o la incompetencia, algunos pueden volverse vulnerables a los discursos autoritarios que prometen soluciones rápidas, orden, fuerza o “mano dura”. Y así comenzaron las tragedias del pasado.

No podemos olvidar que el ascenso de Adolf Hitler en Alemania, de Benito Mussolini en Italia o de Francisco Franco en España no empezó con guerras totales ni con crímenes masivos desde el primer día. Empezó lentamente, con un clima de crispación política, con el desprecio hacia el adversario, con la normalización del odio, con la idea de que la democracia era un obstáculo para “salvar la nación”. Y cuando las sociedades quisieron reaccionar, ya era demasiado tarde.

El fascismo destruye no solo vidas, sino también el alma de los pueblos: arranca libertades, mata la convivencia, aplasta la diversidad y convierte la ciudadanía en obediencia. Los errores de una democracia pueden corregirse; los errores del fascismo dejan cicatrices para generaciones.

Por eso, incluso en tiempos de hartazgo, es fundamental votar con memoria, con conciencia, con responsabilidad. Recordar lo que ya ocurrió, lo que la humanidad pagó tan caro, y lo que puede volver a ocurrir si dejamos que la apatía o la ira abran la puerta a proyectos autoritarios disfrazados de soluciones milagrosas.

En un mundo convulso, con líderes impulsivos, decisiones agresivas y nublada claridad moral, defender la democracia —con sus imperfecciones, sí, pero también con su humanidad— es un acto de amor por el futuro. La libertad no se pierde de golpe: se pierde cuando dejamos de cuidarla. 


jueves, diciembre 04, 2025

LA NAVIDAD - LAS SATURNALES - LA RESURRECCIÓN Y LA VIRGINIDAD DE MARÍA

COSAS DE GELY 

LA NAVIDAD - LAS SATURNALES - LA RESURRECCIÓN Y LA VIRGINIDAD DE MARÍA

A lo largo de los siglos, la humanidad ha aceptado sin pestañear historias que no nacieron de hechos verificables, sino de decisiones cuidadosamente tejidas para sostener estructuras de poder. La Navidad es quizá el ejemplo más evidente: una celebración que millones repiten cada año convencidos de que honra un acontecimiento concreto, cuando en realidad su fecha no surgió de ningún testimonio real sobre el nacimiento de Jesús. No hubo registro del día, del mes ni de la hora; nadie dejó constancia alguna. Fue solo cuando el Imperio romano necesitó unir a una población diversa bajo un mismo símbolo que se fijó el 25 de diciembre, una fecha ya cargada de festividades paganas. Lo que se presentó como una verdad espiritual no fue más que una maniobra política para absorber antiguos cultos y facilitar la aceptación de una nueva religión. Y durante siglos la gente lo celebró —y aún lo celebra— creyendo que responde a un hecho histórico, sin saber que fue una construcción destinada a controlar y cohesionar.

Algo similar ocurrió con la divinización de Jesús. La idea de que era Dios mismo no surgió de pruebas históricas, ni de experiencias directas verificables, sino de reuniones en las que líderes religiosos decidieron qué convenía enseñar. No se trataba de reconstruir hechos, sino de fijar una doctrina que eliminara disputas internas y diera autoridad absoluta al mensaje católico, que no cristiano, porque ser cristiano es algo bastante distinto que ser católico. Lo que para muchos se convirtió en una certeza espiritual empezó siendo un acuerdo político, sellado en documentos conciliares que reemplazaron la duda con dogmas, a pesar de que los dogmas y la verdad son incompatibles, la humanidad terminó aceptando que aquel predicador judío era una figura sobrenatural porque así se decretó, no porque la historia lo demostrara.

La virginidad de María siguió el mismo camino. No existe ningún registro contemporáneo que confirme un hecho biológico tan extraordinario, y sin embargo acabó imponiéndose como verdad indiscutible siglos después de los hechos. No fue la historia la que habló, sino la necesidad institucional de santificar la figura materna de Jesús para reforzar la devoción popular. Con el tiempo, millones de personas crecieron creyendo en una maternidad sin contacto humano, sin saber que esa creencia nació de debates teológicos tardíos, no de testimonios reales.

Y si hay un punto en el que la distancia entre fe y evidencia es más grande, es la resurrección. Nadie presenció el momento en que Jesús habría vuelto a la vida. No hubo ojos humanos que vieran el instante decisivo. Los relatos hablan de una tumba vacía, de apariciones posteriores, de interpretaciones hechas por seguidores que buscaban sentido después de la muerte de su líder. Nada más. No hay crónicas externas, no hay documentos contemporáneos que confirmen el suceso. Aun así, durante siglos se ha presentado como un hecho incuestionable, base de la religión y justificación de su autoridad. Pocas narraciones han tenido tanta influencia sobre tantos sin contar con pruebas materiales.

Lo impactante no es solo cómo nacieron estas ideas, sino cómo se mantuvieron. La humanidad entera terminó atrapada en relatos que se instalaron como verdades absolutas mientras se ocultaban sus raíces políticas. Miles de generaciones crecieron convencidas de que celebraban hechos reales, cuando en realidad reproducían tradiciones construidas para moldear su forma de pensar, su moral y su visión del mundo. La manipulación no fue un acto puntual, fue un proceso lento, persistente y efectivo que convirtió decisiones humanas en dogmas sagrados.

Y así, a pesar de que la historia muestra huecos, silencios y fabricaciones, hemos continuado transmitiendo estos relatos como si fueran hechos veridicos. Tal vez porque necesitamos creer en algo, tal vez porque tememos la incertidumbre, o quizá porque, durante demasiado tiempo, quienes escribían las reglas supieron utilizar los símbolos para gobernar no solo cuerpos, sino también conciencias. La Navidad que celebramos, la resurrección que se predica y la virginidad que se venera no son solo tradiciones: son el reflejo de cómo la humanidad puede ser guiada, moldeada y convencida de aceptar como verdad aquello que nació de estrategias humanas más que de hechos reales. Y lo más inquietante es que, incluso sabiendo esto, seguimos repitiendo las mismas historias, como si el simple paso del tiempo pudiera convertir una mentira en una verdad.

A pesar de todo lo que la historia y sus tergiversadores, hayan podido moldear o distorsionar, queda algo profundamente luminoso en la figura de Jesús, igual que en la de Buda: ambos fueron seres que caminaron la tierra con una mirada de compasión capaz de transformar a quienes los rodeaban. Más allá de dogmas, concilios y relatos añadidos con el tiempo, lo que permanece es la huella de su humanidad: la sencillez de unos hombres que hablaban de perdón, de amor al prójimo y de una vida más justa, y la serenidad de quienes enseñaban a liberarse del sufrimiento a través de la comprensión, la compasión y la bondad. Ambos invitaron a ver al otro como un hermano, a renunciar a la violencia, a construir paz desde gestos pequeños. Si algo verdadero dejaron —algo que no depende de instituciones ni de doctrinas— fue esa llamada a tratarnos con respeto, a vivir con empatía y a recordar que el mundo podría ser distinto si cada uno de nosotros eligiera actuar con el mismo amor que ellos enseñaron. Ese mensaje, tan simple y tan inmenso, sigue siendo el puente más hermoso entre todos los seres que habitan la Tierra. 



 

 


miércoles, noviembre 26, 2025

CUANDO LA MALDAD LA AMBICIÓN Y EL ODIO LLEGAN AL PODER

COSAS DE GELY
 
CUANDO LA MALDAD  LA AMBICIÓN Y EL ODIO LLEGAN AL PODER   
Cuando el mundo pierde el rumbo: una reflexión humana inspirada sobre el libro Narrar el abismo, de Patricia Simón

Hay momentos en los que resulta inevitable preguntarse cómo hemos llegado hasta aquí. Cómo han podido alcanzar tanto poder personas movidas por el odio, la ambición o el deseo de dominio. Cómo figuras como Donald Trump, Vladímir Putin o Benjamín Netanyahu —con discursos agresivos, decisiones deshumanizadoras y un profundo desprecio por el dolor ajeno— han llegado a condicionar el destino de tantos seres humanos.

Narrar el abismo, de Patricia Simón, ayuda a comprenderlo. No porque ofrezca respuestas simples, sino porque obliga a mirar el mundo sin apartar la vista. Y en esa mirada, dolorosa pero necesaria, surge la comprensión de que estos líderes no florecen en sociedades sanas: brotan donde hay desigualdad, miedo, desinformación y un cansancio emocional profundo, en lugares donde las personas están agotadas de sentirse inseguras, invisibles o abandonadas.

Simón escribe desde la herida abierta, desde lo que ha visto en zonas de conflicto, campos de refugiados y ciudades donde la violencia política se ha vuelto rutina. Desde ahí explica que el autoritarismo crece cuando la población empieza a buscar salvadores en vez de gobernantes; certezas en vez de preguntas; enemigos en vez de vecinos.

El miedo, ese veneno silencioso

El miedo es la herramienta política más poderosa, y estos líderes lo saben. Lo alimentan con discursos que señalan a grupos vulnerables, exageran amenazas o inventan peligros.

Con ello consiguen que parte de la sociedad crea que solo ellos —con su agresividad, su puño en alto, su rigidez— pueden protegerla.

Pero lo que protegen, en realidad, son sus intereses, sus alianzas económicas, sus posiciones de poder.

Y mientras tanto, las personas comunes viven más asustadas, más divididas y más sometidas.

La fabricación del enemigo

Una de las advertencias más claras que atraviesa Narrar el abismo es esta:

cuando un gobierno necesita un enemigo para justificar su poder, es porque ya ha perdido su compromiso democrático.

El enemigo puede ser una minoría religiosa.

Un territorio que se desea controlar.

Periodistas que hacen preguntas incómodas.

Inmigrantes que huyen desesperados.

Al convertirlos en amenaza, el poder obtiene permiso para casi todo: bombardear, expulsar, encarcelar, mentir, destruir.

Silenciar la verdad: el ataque a la prensa

La democracia se debilita cuando la prensa es atacada.

Muchos gobiernos autoritarios lo saben y actúan en consecuencia: compran medios, manipulan narrativas, difunden mentiras, ridiculizan a periodistas, los ponen en peligro.

Así, poco a poco, la sociedad queda desorientada.

A oscuras.

Dependiente de la voz más fuerte, no de la más honesta.

Intereses que pasan por encima de las personas

En el mundo actual domina a menudo la lógica del explotación:

la idea de que todo —territorio, naturaleza, incluso seres humanos— puede sacrificarse en nombre de una ganancia económica o geopolítica.

Simón lo explica con claridad:

cuando el poder se mueve por asegurar recursos estratégicos, las vidas humanas se vuelven prescindibles.

No hace falta enumerar cada caso concreto para entender el patrón general:

cuando el beneficio vale más que la dignidad, las poblaciones dejan de ser ciudadanía y se convierten en obstáculos.

La normalización de la crueldad

Una de las señales más alarmantes es cómo se ha normalizado la crueldad.

Imágenes de bombardeos convertidas en ruido de fondo.

Discursos de odio que ya no escandalizan.

Cifras de muertos que se leen como si fueran datos técnicos.

Esta indiferencia no surge por maldad, sino por agotamiento.

Pero precisamente ese agotamiento permite que los poderosos actúen sin freno.

Y mientras tanto, la gente sufre

Detrás de cada decisión política hay vidas reales:

niños que lloran, madres que huyen, ancianos que lo pierden todo, jóvenes que dejan de imaginar un futuro.

Simón insiste en que si dejamos de mirar a esas personas, perdemos nuestra humanidad.

Y cuando se pierde la humanidad, el fascismo asoma sus garras, y  es el único que gana

Una conclusión desde el corazón

La extrema derecha y los fachas no surgen de la nada: crecen en un clima social herido, desigual, cansado y manipulado.

Prosperan porque el miedo se hace más fuerte que la empatía.

Porque la mentira se vuelve más cómoda que la verdad.

Porque la crueldad se normaliza.

Pero existe una fuerza que todavía resiste: la capacidad de reconocer el dolor ajeno y decir esto no puede continuar así.

Es la capacidad que el libro reivindica: narrar el abismo para no caer en él. 

 






viernes, noviembre 21, 2025

AUNQUE LA VERDAD ESTE EN MINORÍA SIGUE SIENDO LA VERDAD

COSAS DE GELY 

 
AUNQUE LA VERDAD ESTE EN MINORÍA, SIGUE SIENDO LA VERDAD

En España, muchas personas tienen la impresión de que la justicia se ha ido alejando poco a poco de su esencia más noble: la búsqueda honesta de la verdad. Cada vez que aparece un caso en el que la sentencia parece no corresponderse con las pruebas presentadas, o cuando testimonios relevantes parecen ser ignorados sin una explicación convincente, crece en el ciudadano una sensación amarga de desamparo. No se trata solo del resultado final, sino del proceso, de la forma en que se percibe que la justicia se inclina más hacia equilibrios de poder que hacia los hechos, más hacia afinidades que hacia pruebas, más hacia mayorías internas que hacia la razón. En este clima, la justicia corre el riesgo de dejar de sentirse justa.

La frase de Mahatma Gandhi, “Aunque la verdad esté en minoría sigue siendo la verdad”, resuena con especial fuerza en situaciones así. Habla de esas ocasiones en las que, aunque todo parezca inclinarse hacia una dirección, aunque la mayoría dentro de un tribunal vea las cosas del mismo modo, aunque la versión minoritaria quede reducida casi al silencio, la verdad permanece intacta esperando ser reconocida. Lo verdaderamente doloroso es, cuando esa verdad minoritaria no encuentra espacio porque los jueces que deben valorarla, actúan dentro de una estructura en la que la independencia no está siempre garantizada. Cuando la composición de un tribunal está condicionada por criterios que no son estrictamente jurídicos, la verdad se convierte en una especie de náufrago en un océano de decisiones ya perfiladas antes incluso de escuchar los testimonios.

A la ciudadanía le afecta profundamente esta sensación. Todos sabemos que un sistema judicial perfecto no existe, pero sí esperamos que, al menos, funcione con la máxima honestidad posible. Cuando el ciudadano observa que ciertas decisiones generan dudas razonables, que testimonios presentados por profesionales, periodistas o expertos quedan archivados sin justificación clara, surge la pregunta que más daño hace: ¿Realmente hemos sido escuchados?. La justicia debería ser precisamente ese espacio donde cada voz cuenta, donde cada dato importa y donde cada testimonio se analiza con atención. Cuando esto no ocurre, incluso la persona que ha dicho la verdad con total integridad, siente que está sola frente a un sistema demasiado grande para ser cuestionado.

Esa soledad es devastadora. Es mirar a la justicia (una institución creada para proteger) y sentir que, en lugar de abrazar la verdad, la ha dejado caer por el peso de otros intereses. Y lo más triste es que no siempre hace falta que exista una intención maliciosa; basta con la falta de independencia, con estructuras envejecidas, con nombramientos discutidos, con presiones indirectas, con esa politización silenciosa que no se ve, pero se nota. Basta con pequeños gestos, actitudes, decisiones internas que orientan la balanza no hacia lo cierto, sino hacia lo conveniente.

Las consecuencias de este clima van más allá del caso concreto que lo origine. Se filtran en la confianza pública, en la credibilidad de las instituciones, en la tranquilidad de saber que, si un día necesitas justicia, serás tratado con imparcialidad. Y también en algo mucho más íntimo: en la fe en la verdad. Cuando una sociedad empieza a sospechar que la verdad ya no basta, que no importa cuánta gente la sostenga o cuántas pruebas la respalden, entonces esa sociedad empieza a perder algo esencial.

Por eso la frase de Gandhi sigue siendo imprescindible. Porque nos recuerda que la verdad no depende de cuántos la vean ni de cuántos la voten. La verdad no se somete a mayorías. La verdad existe, aunque esté sola. Lo que debería hacer la justicia es acercarse a ella con humildad y valentía, incluso cuando es incómoda, incluso cuando va contra la corriente. Cuando un tribunal no lo hace, cuando ignora voces relevantes o desoye testimonios que merecen ser valorados, la justicia deja de ser un refugio para convertirse en un laberinto del que cuesta salir.

España cuenta con profesionales honestos, jueces y fiscales que trabajan con rigor, pero ese compromiso individual no basta si la estructura se encuentra dañada por dinámicas que la desvían de su camino. Mientras la justicia no sea completamente independiente, mientras los nombramientos sigan teñidos de colores políticos, mientras se dé más importancia al alineamiento que al análisis, seguirá existiendo el riesgo de que decisiones cruciales se tomen sin escuchar plenamente a quienes sostienen la verdad, aunque sean minoría.

Y es en ese punto donde muchos ciudadanos sienten una mezcla de tristeza e indignación: porque la justicia que debería protegerlos parece, a veces, alejarse de ellos. Recuperar la confianza no será fácil, pero empieza por un principio sencillo y profundo: que la verdad, aunque esté en minoría, debe ser escuchada, respetada y protegida. Solo entonces la justicia volverá a ser lo que siempre debería haber sido: un lugar donde nadie está solo, donde no gana la mayoría, sino la verdad. 

 


 

viernes, noviembre 14, 2025

MENTIRAS DEL PASADO QUE SIRVIERON PARA JUSTIFICAR LAS INJUSTICIAS DEL FUTURO

COSAS DE GELY 

MENTIRAS DEL PASADO QUE SIRVIERON PARA  JUSTIFICAR LAS INJUSTICIAS DEL FUTURO

Llevo mucho tiempo observando como se desenvuelve la vida de los humanos en su planeta, y he llegado a la siguiente conclusión: es notorio que, desde que los terrícolas empezaron a levantar piedras y a mirar al cielo buscando respuestas, ha existido también el deseo de dominar y de someter. En lugares como Göbekli Tepe, hace más de once mil años, ya se levantaban templos antes incluso de que existieran los pueblos o los reyes. Aquello demuestra que las religiones y el poder nacieron juntos, que alguien comprendió muy pronto que quien controla lo que otros creen, controla también sus vidas. Desde entonces, la historia de los pobladores de la tierra, no ha sido más que una larga cadena de obediencias.

Con el paso de los siglos, surgieron las primeras ciudades y con ellas los reyes, los ejércitos, las clases sociales. Los hombres comenzaron a dividirse entre los que mandaban y los que obedecían. Y aunque todos eran iguales ante la naturaleza, unos se hicieron pasar por elegidos de los dioses, y superiores por derecho. A los demás les tocó aceptar su papel, trabajar, pagar tributos y tener fe. Así nació la desigualdad: no como una necesidad natural, sino como una construcción humana para mantener el poder de unos pocos.

La religión, que pudo haber sido una guía espiritual, terminó siendo una herramienta de control. Durante milenios, se utilizó para sembrar miedo, culpa y sumisión. Se enseñó que la vida terrenal debía ser sufrimiento y obediencia, y que el premio llegaría después de la muerte. Mientras tanto, los templos crecían en riqueza, y los hombres sencillos, los que labraban la tierra o amasaban el pan, seguían siendo los mismos esclavos que antes, solo que con otro nombre. La promesa del cielo sirvió para justificar la miseria en la tierra.

Después llegó la política, y con ella una nueva forma de manipulación. Ya no se hablaba en nombre de los dioses, sino del pueblo, de la justicia, de la libertad. Pero las promesas seguían vacías. Los poderosos cambiaron de traje, no de intención. Hoy la política es un juego sucio donde el engaño es costumbre, donde el que más miente es el que más gana, y donde la verdad no tiene espacio porque estorba. Los partidos se venden como productos y los votantes son clientes, no ciudadanos. les hacen creer que deciden, pero las decisiones reales se toman mucho más arriba, en lugares donde el dinero dicta lo que vale cada vida.

La justicia, que debería ser el equilibrio del mundo, ha sido siempre frágil. Se aplica de forma distinta según el bolsillo, la influencia o la apariencia. No todos tienen derecho a la verdad. No todos pueden defenderse. Y muchos inocentes cargan con culpas que no son suyas, mientras otros se libran porque su poder los protege. Así se perpetúa un sistema donde el crimen más grande no es robar, explotar o mentir, sino ser pobre y no poder defenderte.

A lo largo de la historia humana, el miedo ha sido la herramienta más eficaz de dominio. La burguesía acaudalada y los poderes indecentes, han elaborado las normas para que todos los pobladores del planeta fueran educados  en el miedo, inculcándoles el temor al castigo, a la pérdida, a la diferencia. A través del miedo se doblega la mente, se rompen las voluntades, se apagan los sueños. A quien tiene miedo se le puede ordenar, y a quien se siente culpable se le puede esclavizar sin cadenas. Por eso los poderosos siempre han sabido mezclar el miedo con la culpa: para que cada ser humano cargue con un peso invisible que lo mantenga dócil.

En el planeta Tierra, los seres que lo pueblan, ya no necesitan dioses castigadores: ahora tienen pantallas, publicidad, noticias que los manipulan cada día. Les llenan la cabeza con falsas urgencias, con deseos que no son suyos. Les enseñan a admirar a los ricos, a los famosos, (cantantes, fubolistas, etcétera) a competir sin descanso, a buscar reconocimiento en lugar de verdad. los distraen con miles de estímulos mientras el planeta se consume, mientras millones de personas viven sin agua, sin comida, sin esperanza. Y lo más triste es que muchos ya no se dan cuenta de ello. Han perdido la conciencia de lo que son: seres humanos, iguales, vulnerables, capaces de sentir y de cuidar.

Hoy el dinero se ha convertido en el nuevo dios. Quien lo tiene puede comprar justicia, poder, salud, incluso vidas. Y quiénes no lo tienen, deben aceptar su destino. La acumulación de riqueza ha destruido el sentido de comunidad; los ha vuelto a todos desconfiados, individualistas, fríos. La codicia ya no se disimula: se celebra. Los hombres más ricos del planeta poseen más que países enteros, mientras niños mueren de hambre en el mismo mundo. Y esa injusticia, tan gigantesca, parece ya una rutina que nadie cuestiona.

Las guerras, que deberían avergonzarlos como especie, siguen siendo el negocio más rentable. Se matan inocentes en nombre de la paz, se destruyen pueblos enteros en nombre de la libertad. Los medios repiten los discursos del poder mientras el sufrimiento se convierte en espectáculo. Y la humanidad, anestesiada por la rutina, apenas reacciona. Han normalizado la maldad, el hambre, la miseria.

Lo más doloroso es que todo esto no les fue impuesto de un día para otro. Lo han ido permitiendo poco a poco, generación tras generación. Se han dejado convencer, y  han ido aceptando que no hay otra forma de vivir, de que la injusticia es inevitable, de que el egoísmo es natural. Pero no lo es. Lo natural sería ayudarse, compartir, cuidar unos de otros y del planeta. Lo natural sería sentir compasión.

Han perdido la libertad exterior, porque desde hace mucho tiempo perdieron la interior. Les cuesta pensar por ellos mismos, cuestionar, detenerse. La verdadera libertad no es hacer lo que uno quiere, sino comprender lo que uno es. Y eso, el sistema no lo permite, porque una persona consciente ya no se deja manipular.

El mundo podría ser distinto, si los humanos que lo habitan recordaran algo que, olvidaron hace milenios, nadie es más que nadie. Que ninguna bandera, religión o ideología puede justificar el dolor humano. Que todos son de la misma tierra y forman parte de ella. Si entendieran eso, el poder dejaría de tener sentido, la codicia dejaría de tener valor y la justicia podría, por fin, ser justa. Pero para llegar ahí, tienen que mirar de frente la verdad: y darse cuenta de que han sido manipulados,  engañados, y se han dejado mangonear y ahora les toca despertar.

Tal vez no puedan cambiar la historia entera, pero quizás sí podrían recuperar la conciencia que les fue arrebatada. Y cuando eso ocurra, cuando vuelvan a sentir el valor de una vida, la dignidad de un gesto honesto y el amor por los demás, entonces, posiblemente la humanidad tendrá una oportunidad real de empezar de nuevo. No por miedo ni por obligación, sino por conciencia. Y esa, la conciencia, es la forma más profunda y auténtica de libertad que existe.






martes, noviembre 04, 2025

MAÑANA DE CARNAVAL por Zia Hyunsu Shin

COSAS DE GELY

 
MAÑANA DE CARNAVAL 
por Zia Hyunsu Shin 

La interpretación de Mañana de Carnaval por Zia Hyunsu Shin, basada en la inmortal melodía de Luiz Bonfá, es una experiencia que trasciende la simple ejecución musical. Es una caricia para el alma, un viaje a través de la melancolía y la esperanza que caracterizan esta pieza magistral.

En las manos de Zia Hyunsu Shin, 'Mañana de Carnaval' deja de ser solo una melodía para convertirse en un suspiro, un delicado lamento que se adentra en lo más profundo del corazón y se queda allí, resonando con una belleza que duele de puro gozo.

La violinista coreana no toca las notas; las siente. Cada vibración, cada matiz de su interpretación de Bonfá es un testimonio de su capacidad para conectar con el alma de la música, ofreciéndonos un momento de pura magia y vulnerabilidad.

Una interpretación que nos recuerda por qué la música es el lenguaje universal del alma. Zia Hyunsu Shin captura la esencia agridulce de 'Mañana de Carnaval' con una maestría que toca las fibras más íntimas de nuestro ser.

Es una interpretación que te transporta instantáneamente a un estado de contemplación, donde el tiempo se detiene y solo existe la pureza del sonido del violín, tejiendo una historia de sueños perdidos y amores recordados.

 


 

 

 




lunes, noviembre 03, 2025

VALENCIA LA DANA Y EL DILUVIO DE LAS MENTIRAS

COSAS DE GELY 

VALENCIA LA DANA Y EL DILUVIO DE LAS MENTIRAS

El Diluvio de las Mentiras: cuando el barro no fue lo peor

La DANA que azotó la Comunidad Valenciana en octubre de 2024 no fue solo una catástrofe meteorológica. Fue una tragedia humana, social y política. Las lluvias torrenciales arrasaron hogares, calles, cultivos y vidas. Pero lo más doloroso para miles de valencianos no fue el agua: fue el abandono. El abandono por parte de quienes debían protegerlos, asistirlos y decirles la verdad.

Las imágenes de casas sumergidas, familias atrapadas, campos devastados y vecinos sacando barro con sus propias manos dieron la vuelta al país. Y mientras tanto, dos figuras políticas —a quienes aquí llamaremos Pinochin y Morron— tejían una red de mentiras para salvar sus cargos, encubrir su negligencia y manipular el relato público.

Advertencias ignoradas

Las instituciones competentes —la AEMET, la Confederación Hidrográfica del Júcar, Protección Civil— alertaron con antelación del riesgo extremo. Se sabía lo que venía. Se podía haber actuado. Pero no se hizo. No se activaron los protocolos adecuados. No se movilizaron los recursos necesarios. No se protegió a la población.

Morron, responsable directo de la gestión territorial, ignoró las advertencias. Y cuando la tragedia se consumó, culpó a las mismas instituciones que habían dado la voz de alarma. Su respuesta fue errática, tardía y cobarde.

Ayuda rechazada, verdad negada

El Gobierno central ofreció ayuda física inmediata. Se aprobó un paquete de 8.000 millones de euros en ayudas, con otros 8.000 millones adicionales comprometidos para cuando se agotaran los primeros fondos. El Ministerio para la Transición Ecológica confirmó que no se rechazó ni una sola petición de ayuda y que la inversión superó los 1.200 millones de euros en reconstrucción.

Pero Pinochin y Morron negaron todo. Dijeron que “no ha llegado ni un euro”, que “nos han abandonado”, que “no tenemos medios”. Mintieron. Mintieron en ruedas de prensa, en entrevistas, en redes sociales. Cambiaron su relato una y otra vez, contradiciéndose entre sí y con los datos oficiales. La Generalitat llegó a acusar al Gobierno de “inflar cifras” mientras mantenía una deuda de 565 millones con las familias afectadas.

El sufrimiento de los damnificados

Las víctimas no solo perdieron sus casas. Perdieron su confianza en las instituciones. Fueron humilladas por la indiferencia, la manipulación y el cinismo. Organizaron más de una docena de manifestaciones exigiendo explicaciones, dimisiones y justicia. Lo que recibieron fueron evasivas, discursos vacíos y una guerra política que usó su dolor como escudo.

Muchos siguen esperando. Esperando ayudas que se prometieron y no llegaron. Esperando obras hidráulicas que podrían evitar otra tragedia. Esperando que alguien les mire a los ojos y les diga: “Fallamos. Lo sentimos. Vamos a reparar el daño.”

No merecemos esto

La ciudadanía no merece ser gobernada por personajes como Pinochin y Morron. No por sus nombres, sino por lo que representan: la mentira como estrategia, el encubrimiento como herramienta, y la falta de escrúpulos como norma. Porque cuando el barro se seca, lo que permanece es la memoria. Y en esa memoria, el pueblo valenciano recordará quién estuvo a su lado… y quién se escondió detrás de un micrófono.

Esta entrada no es solo una denuncia. Es un acto de memoria. Es un grito por justicia. Es un recordatorio de que la verdad importa, que la gestión pública tiene consecuencias, y que el dolor de las víctimas no puede ser silenciado por titulares manipulados.

 


 

 

 

sábado, noviembre 01, 2025

MÁS TERRIBLE QUE HALLOWEEN

COSAS DE GELY 

 MÁS TERRIBLE QUE HALLOWEEN 

En los últimos meses, tres nombres propios han copado titulares por su gestión de crisis que han marcado profundamente a la sociedad española: Isabel Díaz Ayuso, Carlos Mazón y Juan Manuel Moreno Bonilla. Tres líderes autonómicos pertenecientes al Partido Popular, tres contextos distintos, pero una misma constante: la polémica por la gestión de lo público en momentos de máxima vulnerabilidad.

Ayuso y las residencias de ancianos durante la pandemia Covid. La presidenta de la Comunidad de Madrid ha vuelto al centro del debate, tras conocerse que ya son 143 las causas judiciales archivadas relacionadas con los protocolos de derivación hospitalaria, durante la primera ola del COVID-19. Aunque la Audiencia Provincial ha considerado que “se hizo todo lo humanamente posible”, las cifras siguen siendo estremecedoras: más de 7.000 mayores fallecieron en residencias madrileñas entre marzo y mayo de 2020, muchos sin recibir atención médica adecuada. La sombra de los llamados “protocolos de la vergüenza” sigue proyectándose sobre la gestión de Ayuso, pese al cierre judicial de los casos.

Carlos Mazón y la DANA que arrasó Valencia Un año después de la devastadora DANA que dejó 229 muertos en la Comunidad Valenciana, el presidente Carlos Mazón enfrenta una creciente presión política y judicial. Las protestas ciudadanas no han cesado, y la oposición le acusa de falta de previsión y de no asumir responsabilidades. La jueza que investiga la tragedia ha solicitado incluso el listado de llamadas del presidente durante las horas críticas del desastre. Mientras tanto, Mazón ha reconocido que “hubo cosas que debieron funcionar mejor “, pero su gestión sigue siendo objeto de duras críticas.

Moreno Bonilla y el escándalo del cribado de cáncer de mama En Andalucía, la sanidad pública atraviesa una de sus mayores crisis tras revelarse fallos masivos en el sistema de cribado del cáncer de mama, que habrían afectado a más de 2.000 mujeres. La falta de comunicación de resultados sospechosos y los retrasos en las revisiones han generado una ola de indignación social. Miles de personas se han manifestado en Sevilla exigiendo la dimisión de Moreno Bonilla y una investigación a fondo. Sin embargo, el PP andaluz ha bloqueado la creación de una comisión parlamentaria para esclarecer los hechos.

Estos tres casos reflejan una preocupante tendencia: la gestión de las crisis desde el poder político no siempre va de la mano de la transparencia, la responsabilidad o la empatía. En un país donde la salud y la vida de los ciudadanos deberían ser la prioridad, la rendición de cuentas no puede quedar archivada.