COSAS DE GELY
Hay días en los que una se despierta con una sensación difícil de quitarse de encima. No es una noticia concreta ni una cifra nueva, es algo más profundo: la impresión de que seguimos como siempre cuando ya no podemos permitirnos hacerlo. La Tierra está dando señales claras de agotamiento y, aun así, el mundo no se detiene. Al contrario, parece acelerar.
Viajamos constantemente. Aviones que cruzan el cielo sin descanso, barcos gigantes recorriendo los océanos, carreteras saturadas de coches, motos, trenes y ahora también patinetes que van y vienen sin parar. Ya no hablamos solo de las vacaciones de verano de toda la vida. Ahora hay viajes todo el año, escapadas de fin de semana, puentes que se alargan, celebraciones que siempre implican desplazarse. Moverse se ha convertido casi en una obligación, en una forma de demostrar que vivimos, que aprovechamos el tiempo, aunque ese movimiento constante tenga un coste enorme.
Lo inquietante es que no se trata solo del ocio. A todo esto, se suma el tráfico comercial de mercancías, un flujo continuo de productos que recorren medio planeta para llegar a nuestras manos. Compramos cosas que no necesitamos, fabricadas lejos, transportadas durante miles de kilómetros, y lo hacemos con total normalidad. El ruido, el humo, el consumo de energía y la contaminación se acumulan día tras día, mientras miramos hacia otro lado.
Sabemos lo que está pasando. Sabemos que el clima está cambiando, que los extremos son cada vez más frecuentes, que hay sequías, incendios, inundaciones y temperaturas que baten récords. Lo sabemos, pero actuamos como si fuera un problema lejano, como si siempre hubiera margen para corregir más adelante. Nos decimos que la tecnología lo arreglará, que otros tomarán decisiones, que nuestro pequeño gesto no importa. Y así, poco a poco, vamos aplazando lo inevitable.
Quizá la pregunta no sea si somos conscientes, sino hasta qué punto estamos dispuestos a asumir las consecuencias de cambiar nuestra forma de vivir. Porque cambiar de verdad implica renunciar a ciertas comodidades, viajar menos, consumir menos, valorar lo cercano y aceptar que no todo puede ser inmediato ni constante. Implica entender que no todo lo que deseamos es necesario y que el planeta no puede sostener este ritmo indefinidamente.
La realidad es dura: ya casi no queda tiempo. No hablamos de un futuro lejano ni de generaciones abstractas. Hablamos de nosotros, de nuestros hijos, de la vida tal como la conocemos. Cada día que pasa sin frenar este modelo de movimiento continuo y consumo sin límite nos acerca un poco más a un punto de no retorno.
se trata de vivir con miedo, sino con responsabilidad. De preguntarnos antes de movernos, antes de comprar, antes de exigir rapidez y abundancia. De entender que la libertad no está en ir siempre más lejos, sino en poder seguir habitando este planeta.
La Tierra está al límite y, pese a ello, seguimos desplazándonos sin parar por ocio y por comercio, multiplicando el tráfico de personas y mercancías. Si no reducimos de forma urgente estos movimientos y nuestro consumo, el planeta se volverá inhabitable y, con él, desapareceremos nosotros también. El tiempo se acaba y ya casi no queda margen para reaccionar.
























