jueves, julio 16, 2026

MANTRA TARA VERDE

COSAS DE GELY   

MANTRA TARA VERDE 

Om: Representa la divinidad y la unión de cuerpo, mente y espíritu.

Tare: Libera del sufrimiento, del ciclo de reencarnaciones (samsara) y de las emociones limitantes.

Tuttare: Protege de los peligros y miedos tanto internos como externos.

Ture: Otorga salud interior y exterior, protegiendo contra enfermedades.

Soha: Sella el mantra y consagra la energía, ofreciendo una protección duradera.

El mantra de Tara Verde es un susurro de esperanza para el corazón. Cada vez que se pronuncia, invita a despertar la valentía, la serenidad y la compasión que ya habitan en nuestro interior. Tara, conocida como la Madre de la Liberación, representa la presencia amorosa que acompaña a quien atraviesa el miedo, la incertidumbre o el dolor, recordándole que incluso en la noche más oscura siempre existe un camino hacia la luz.

Recitar su mantra no consiste solo en repetir unas palabras sagradas, sino en abrir el alma a la confianza, respirar con conciencia y permitir que la paz vaya ocupando el lugar donde antes había inquietud. Es un momento de encuentro con uno mismo, un acto de amor silencioso que nos ayuda a caminar con más calma, más bondad y más claridad.

Quizá ese sea el mayor regalo de Tara Verde: recordarnos que la verdadera fuerza nace de un corazón compasivo y que, cuando aprendemos a mirar la vida con esa luz, cada paso se convierte en una oportunidad para sembrar paz en nosotros y en quienes nos rodean.

"Os deseo de todo corazón que la serenidad de Tara Verde acompañe todos vuestros pasos. Que nunca os falte la valentía para atravesar las dificultades, la compasión para mirar a los demás y la paz para volver siempre a vuestro propio corazón. Y que, cuando la vida parezca nublarse, recordéis que incluso una pequeña luz es capaz de orientar el camino de todos los seres humanos de buena voluntad ."

 


 

 

 


 

miércoles, julio 08, 2026

A VECES LA VIDA NOS PUEDE CAMBIAR DE UN TIRÓN

COSAS DE GELY

A VECES LA VIDA NOS PUEDE CAMBIAR DE UN TIRÓN

Cada vez que entro en un hospital salgo con la misma sensación: somos mucho más frágiles de lo que nos gusta creer. Vivimos haciendo planes, corriendo de un lado para otro, preocupándonos por cosas que parecen enormes, hasta que un día una habitación de hospital, una bata, un monitor o unas manos expertas nos recuerdan que nuestra vida puede depender de algo tan pequeño como un cable, una válvula o un latido.

Entonces comprendes que el cuerpo humano es una maravilla, pero también una obra delicada. Basta una pequeña avería para que todo cambie. Y es en ese momento cuando uno se da cuenta de lo insignificantes que somos frente a la vida y frente al tiempo.

Sin embargo, hay álgo que me sigue asombrando. Mientras el cuerpo muestra sus miserias y sus límites, la mente, en muchas ocasiones, hace justo lo contrario. Parece despertar. Se vuelve más lúcida, más sensible y más sabia. Empieza a distinguir lo importante de lo accesorio. Lo que antes parecía imprescindible deja de tener valor, y aquello que apenas apreciábamos se convierte en un auténtico tesoro: un abrazo, una conversación, una sonrisa, la voz de quien nos quiere o la posibilidad de volver a casa.

No sé por qué necesitamos acercarnos tanto a nuestra vulnerabilidad para entender estas cosas. Quizá porque solo cuando sentimos que la vida puede escaparse comprendemos de verdad el inmenso regalo que supone estar vivos.

Por eso cada vez entiendo menos el rencor, el odio y el resentimiento. Son cargas demasiado pesadas para un cuerpo tan frágil y para una vida tan incierta. ¿Qué sentido tiene seguir alimentando viejas heridas cuando ninguno de nosotros sabe cuánto tiempo le queda? ¿Por qué regalar nuestros días a la amargura cuando podríamos llenarlos de serenidad?

Pasar página no significa olvidar ni justificar lo que nos hizo daño. Significa dejar de permitir que ese daño siga ocupando un espacio en nuestra vida. Significa elegir la paz antes que la razón, porque la paz siempre nos hace más libres.

Al final todos somos iguales. Todos enfermamos, todos sentimos miedo, todos necesitamos que alguien nos tienda una mano y todos, antes o después, tendremos que despedirnos de este mundo. Quizá si recordáramos con más frecuencia nuestra propia fragilidad, viviríamos con más humildad, con más compasión y con un poco más de amor.

Porque la verdadera grandeza del ser humano no está en tener un cuerpo perfecto, sino en poseer una mente capaz de comprender, de perdonar, de aprender y de seguir encontrando esperanza incluso cuando el corazón necesita la ayuda de una máquina para seguir marcando el ritmo de la vida.

Y para finalizar (por decirlo de algún modo) diré que “de un tirón, me lo han cambiado todo", batería, cable etcétera. A veces la vida también nos cambia "de un tirón". El cuerpo sále del hospital con alguna cicatriz más, pero el alma u lo que sea, si sabe mirar, suele salir con mucha más luz que cuando entró.

Pero la cuestión es que, mientras ese corazón algo dañado que tengo, siga latiendo por sí solo o con un poco de ayuda, todavía estaré a tiempo de querer más, de perdonar antes o de vivir un poco mejor. No tengáis miedo. 

 

 

 

 

 

lunes, junio 29, 2026

CIENTÍFICOS ESPAÑOLES EXPLICAN COMO EL CAMBIO DEL CLIMA AMPLIFICÓ LA DANA

COSAS DE GELY 

VALENCIA LA DANA Y EL CAMBIO DEL CLIMA

En los últimos años se ha instalado en muchas personas una sensación difícil de explicar: una mezcla de inquietud, incredulidad y miedo al observar cómo los fenómenos meteorológicos extremos se repiten con mayor frecuencia e intensidad en España. No se trata de una percepción aislada ni de una exageración puntual. La DANA que golpeó Valencia, los incendios devastadores en Castilla y León, Galicia o Extremadura, las lluvias torrenciales en Andalucía, las olas de calor cada vez más prolongadas… todo forma parte de una realidad que ya no pertenece al futuro, sino al presente.


España es uno de los países europeos más vulnerables al cambio climático. Los estudios científicos llevan años señalando que la cuenca mediterránea se está calentando a un ritmo superior al de otras regiones del planeta. Un mar más cálido favorece tormentas más intensas. Veranos más largos y secos convierten los montes en combustible listo para arder. Las precipitaciones, cuando llegan, tienden en ocasiones a concentrarse en pocas horas con una violencia inusual. No es una cadena de desgracias independientes, sino un patrón que los datos respaldan y que encaja con las proyecciones científicas realizadas desde hace décadas.

Resulta llamativo que, pese a la magnitud de estos acontecimientos, gran parte de la sociedad continúe con su rutina diaria como si nada extraordinario estuviera sucediendo. Sin embargo, la rutina también funciona como mecanismo de protección psicológica. Afrontar la idea de que el clima está cambiando y que eso puede alterar profundamente el modo de vida genera angustia. Para muchas personas, seguir adelante sin detenerse demasiado en esa realidad es una forma de preservar la estabilidad emocional. La normalidad aparente no significa ausencia de problema, sino dificultad para asimilarlo.

En el ámbito político, el debate climático se ha convertido en un terreno de confrontación ideológica. Existen partidos y líderes que minimizan el fenómeno o cuestionan el consenso científico, presentando las políticas ambientales como exageraciones o imposiciones innecesarias. El negacionismo climático no es exclusivo de España, pero aquí también tiene presencia. Frente a ello, la comunidad científica mantiene una postura ampliamente coincidente: el calentamiento global es real, está impulsado en gran medida por la actividad humana y ya está teniendo consecuencias visibles. Negar el problema no altera las leyes físicas que rigen la atmósfera y los océanos.

El riesgo de convertir la crisis climática en una batalla cultural es que se pierde de vista su dimensión transversal. Las riadas, los incendios o las sequías no distinguen ideologías. Afectan a territorios, economías y personas con independencia de su orientación política. Por eso, más allá del ruido partidista, la cuestión exige acuerdos amplios y decisiones basadas en evidencias.

No todo el panorama es sombrío. España ha avanzado de manera notable en el desarrollo de energías renovables y cuenta con un enorme potencial en energía solar y eólica. Crece la conciencia ambiental en distintos sectores sociales, aumentan las iniciativas locales y cada vez más administraciones incorporan planes de adaptación y prevención. Agricultores que ajustan cultivos, municipios que revisan su planificación urbana, ciudadanos que modifican hábitos de consumo… son señales de que existe movimiento.

La preocupación ante el deterioro climático puede convertirse en motor de acción si se gestiona con equilibrio. El alarmismo paralizante no ayuda, pero la indiferencia tampoco. Informarse con rigor, exigir políticas responsables, reducir el impacto individual en la medida de lo posible y mantener un debate sereno son pasos que suman. El desafío es enorme, pero también lo es la capacidad de adaptación de las sociedades cuando reconocen con claridad el problema al que se enfrentan.

El clima está cambiando y España lo está experimentando de forma cada vez más evidente. La cuestión no es si está ocurriendo, sino cómo se decide afrontarlo. Entre la negación y el catastrofismo absoluto existe un espacio de responsabilidad colectiva donde todavía es posible actuar con determinación y esperanza.

Científicos españoles prueban cómo el cambio climático amplificó la DANA de Valencia

España vive una transformación climática que ya no se puede describir como un aviso lejano, sino como una realidad que se manifiesta con una fuerza que desborda cualquier previsión. Durante años se habló de escenarios futuros, de proyecciones y de tendencias, pero lo que está ocurriendo ahora mismo en nuestro país demuestra que esos escenarios han dejado de ser hipótesis. Las lluvias torrenciales que han golpeado Valencia, los incendios que arrasaron Castilla y León, Galicia y Extremadura el pasado verano, o las precipitaciones desbordadas que han afectado recientemente a Andalucía son solo algunos ejemplos de un patrón que se repite con una frecuencia cada vez mayor. No son hechos aislados, ni fenómenos excepcionales que puedan explicarse únicamente por la mala suerte. Son señales claras de un clima que se desestabiliza.

Lo más inquietante es la sensación de normalidad que parece haberse instalado en buena parte de la sociedad. La vida cotidiana continúa, las rutinas siguen su curso y, aunque cada episodio extremo genera preocupación durante unos días, pronto se diluye en la vorágine diaria. Sin embargo, basta observar con un mínimo de atención para comprender que algo profundo está cambiando. Los agricultores lo notan en las cosechas, los ganaderos en la disponibilidad de agua, los habitantes de zonas rurales en la frecuencia de incendios, y quienes viven en ciudades en la intensidad de las olas de calor o en la incapacidad de los sistemas de drenaje para absorber lluvias que antes eran excepcionales.

La ciencia lleva décadas advirtiendo de que el calentamiento global incrementa la probabilidad y la severidad de fenómenos extremos. No se trata de una opinión, sino de un consenso internacional respaldado por miles de estudios. España, por su ubicación geográfica y sus características climáticas, es uno de los países europeos más vulnerables. La desertificación avanza, los recursos hídricos disminuyen, los incendios encuentran condiciones cada vez más favorables y las lluvias, cuando llegan, lo hacen de forma abrupta y destructiva. Todo esto está documentado por instituciones como la AEMET, el IPCC o la Agencia Europea de Medio Ambiente.

A pesar de ello, existen partidos y responsables políticos que continúan negando la gravedad del problema o incluso la existencia misma del fenómeno. Esta actitud genera desconcierto en muchas personas que, al ver las imágenes de inundaciones, incendios o sequías, no entienden cómo puede seguir discutiéndose algo que parece tan evidente. Cuando desde posiciones de poder se minimiza o se niega lo que está ocurriendo, se dificulta la adopción de medidas urgentes y se transmite a la ciudadanía la idea de que no hay nada que cambiar, que todo forma parte de un ciclo natural o que preocuparse es exagerado. Pero los hechos contradicen esa visión.

El verdadero riesgo no es solo el impacto directo de cada episodio extremo, sino la acumulación de todos ellos y la falta de preparación para afrontarlos. Un país que normaliza la emergencia climática se vuelve más frágil. Las infraestructuras no se adaptan, los planes de prevención se quedan cortos, la gestión del agua se vuelve insuficiente y la población pierde la capacidad de reaccionar. La inacción tiene un coste enorme, tanto económico como social, y ese coste lo terminan pagando las generaciones presentes y futuras.

Hablar de todo esto no es caer en el alarmismo, sino asumir la realidad con la seriedad que merece. El miedo paraliza, pero la lucidez moviliza. Reconocer que estamos ante un desafío mayúsculo es el primer paso para exigir políticas responsables, para replantear hábitos de consumo, para apoyar a quienes trabajan en la mitigación y la adaptación, y para entender que lo que está en juego no es un debate ideológico, sino la habitabilidad del territorio en el que vivimos.

España tiene capacidad para afrontar este reto, pero solo si se acepta que existe. Negarlo no lo hace desaparecer. Mirar hacia otro lado no detiene las lluvias torrenciales ni apaga los incendios. La única salida pasa por asumir que el clima está cambiando de forma acelerada y que cada año que se pierde en discusiones estériles es un año que se gana en vulnerabilidad. La sociedad española ha demostrado en muchas ocasiones que sabe unirse ante las dificultades. Ojalá esta vez no sea diferente, porque el desafío es enorme y el tiempo, cada vez más escaso. 

 


 

 

 

 

viernes, junio 26, 2026

LOS PILARES DE LA IGUALDAD

COSAS DE GELY 

LOS TRES PILARES DE LA IGUALDAD

Hay cosas que no se compran con dinero, porque representan la dignidad de un pueblo, el sudor de nuestra historia y el futuro que dejamos a nuestros hijos. En España, si hay tres pilares que sostienen el alma de nuestra gente, que nos igualan a todos y que nos recuerdan quiénes somos cuando se apagan las luces, son la tierra que nos alimenta, las manos que nos curan y las aulas donde aprendemos a ser libres. Miremos primero al campo.
 
Detrás de cada fruta, de cada pedazo de pan y de cada gota de aceite que ponemos en la mesa, hay una historia de sacrificio que pocos ven. Hay un agricultor levantándose antes de que salga el sol, con las manos agrietadas por el frío del invierno y la piel quemada por el sol del verano. Trabajar la tierra en España es un acto de fe. Es luchar contra la sequía, mirar al cielo con la esperanza de que llueva, y seguir adelante a pesar de que los precios ahoguen y el cansancio pese en los huesos. El campo no es solo paisaje; es nuestra soberanía, es nuestra raíz, son los pueblos que se resisten a morir. Cuando valoramos la agricultura, no solo hablamos de economía; estamos respetando a los guardianes de nuestra vida, a los que hunden sus manos en el barro para que a nadie en la ciudad le falte un plato de comida. Comer cada día es un milagro diario que les debemos a ellos. 
 
Luego, miremos a los pasillos de nuestros hospitales y centros de salud. La sanidad pública es el mayor tesoro que hemos construido juntos. Es el lugar donde la vida humana vale exactamente lo mismo, sin importar el saldo de tu cuenta bancaria. Es el abrazo del médico que te da una buena noticia, la mirada incansable de la enfermera que te cuida en mitad de la noche, y el esfuerzo de miles de profesionales que, a pesar de estar agotados y desbordados, se ponen la bata cada mañana para salvarnos. En la sala de espera de un hospital público todos somos iguales: el miedo es el mismo, la esperanza es la misma. Saber que, si tu hijo se pone enfermo o si tu abuelo necesita una operación urgente, habrá un equipo médico listo para luchar por ellos sin pedir una tarjeta de crédito a cambio, es lo que nos hace una sociedad civilizada y compasiva. La sanidad pública es el hilo invisible que nos cuida a todos cuando somos más vulnerables, asegurando que nadie se quede solo en el dolor. 
 
Y finalmente, entremos en las aulas de nuestras escuelas públicas. La educación pública es la fábrica de los sueños de un país. Es la puerta que se abre de par en par para que el hijo de un trabajador, el hijo de un inmigrante y el hijo de un médico se sienten en el mismo pupitre, compartan los mismos libros y tengan las mismas oportunidades de llegar a ser lo que quieran ser: ingenieros, poetas, mecánicos o científicos. En los colegios e institutos públicos, los maestros no solo enseñan matemáticas o historia; enseñan a convivir, a respetar la diferencia y a pensar por uno mismo. Una pizarra y una tiza son las herramientas más poderosas contra la injusticia, porque la educación pública es el único ascensor social que permite que el destino de un niño no esté escrito de antemano por el lugar donde nació. Cuidar la escuela pública es defender la libertad y el talento de las próximas generaciones. 
 
Defender el campo, la sanidad y la escuela pública no es una cuestión de partidos ni de ideologías; es una cuestión de humanidad y de puro agradecimiento. Son el suelo que pisamos, la salud que nos mantiene en pie y el horizonte hacia el que caminamos. Perderlos o descuidarlos significaría perder nuestra identidad y dejar desprotegidos a los que más lo necesitan. Valorar estas tres cosas es, en el fondo, cuidarnos los unos a los otros y asegurar que España siga siendo un hogar justo, digno y solidario para todos. 
 
 

 




martes, junio 23, 2026

LA IDEALIZACIÓN MÁS ALLÁ DE LO RAZONABLE Y DEL SENTIDO COMÚN

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LA IDEALIZACIÓN MÁS ALLÁ DE LO RAZONABLE Y DEL SENTIDO COMÚN

 
En mi entrada anterior hablé de idealización, de cómo idealizábamos profesiones como por ejemplo la de cantantes y futbolistas, siendo estas a mi criterio (y sin ánimo de ofender a nadie) profesiones sin las que perfectamente se podría vivir. Quiero expresar una reflexión que nace de una preocupación sincera y profunda.

No estoy en contra de los futbolistas, cantantes o personas que triunfan en profesiones relacionadas con el espectáculo. Ellos trabajan, se esfuerzan y no tienen la culpa de que gran parte de la sociedad los convierta en referentes casi absolutos o los idealice más allá de lo razonable.

Mi preocupación va por otro camino.

Mientras admiramos a quienes nos entretienen, parece que cada vez miramos menos a quienes sostienen nuestra vida cotidiana. Hablo de los agricultores que trabajan la tierra para que nunca falte alimento en nuestras mesas. Hablo de los médicos que dedican su vida a cuidar nuestra salud y a luchar contra el sufrimiento humano. Hablo de los profesores que educan, orientan y preparan a las generaciones que construirán el futuro.

Son tres profesiones esenciales. Sin agricultores no hay alimentos. Sin médicos no hay salud. Sin profesores no hay educación ni progreso. Sin embargo, da la sensación de que se han vuelto casi invisibles para una parte de la sociedad.

A menudo escuchamos hablar de contratos millonarios, récords deportivos o éxitos musicales, mientras quienes desempeñan estas labores fundamentales afrontan dificultades crecientes, falta de reconocimiento y problemas que muchas veces se ven agravados por decisiones políticas que parecen olvidar la importancia de su trabajo.

Me preocupa que estemos llegando a un punto en el que quienes hacen posible nuestra alimentación, nuestra salud y nuestra educación reciban menos atención que quienes llenan estadios o encabezan listas de éxitos. No porque unos merezcan menos respeto, sino porque otros merecen mucho más del que reciben.
 
No pretendo ofender a nadie ni enfrentar unas profesiones con otras. Solo quiero recordar algo que considero importante: una sociedad fuerte no se sostiene únicamente sobre aquello que la entretiene, sino sobre quienes la alimentan, la cuidan y la educan cada día.

Ojalá nunca olvidemos que detrás de cada comida, de cada cura y de cada aprendizaje hay personas que merecen ser vistas, escuchadas, respetadas y apoyadas. Porque cuando una sociedad convierte en invisibles a quienes la sostienen, corre el riesgo de olvidar cuáles son realmente sus pilares más importantes. 
 
En el próximo post hablaremos más extensamente de este tema.
 
 

 



domingo, junio 21, 2026

LA POLÍTICA - LOS POLÍTICOS - LOS PEDERASTAS - LA JUSTICIA Y LA IDEALIZACIÓN

COSAS DE GELY 

LA POLÍTICA - LOS POLÍTICOS - LOS PEDERASTAS - LA JUSTICIA Y LA IDEALIZACIÓN

Cada vez hay más personas que sienten un creciente rechazo hacia todo lo relacionado con la política, los políticos y sobre todo con la manera injustificable de actuar de la justicia. No es algo pasajero ni una rabieta momentánea. Es una sensación que ha ido creciendo con los años, viendo una y otra vez las mismas situaciones, los mismos discursos, las mismas promesas vacías y la misma sensación de que las normas no se aplican igual para todos. 

Especialmente con la justicia, cada día nos cuesta a la mayoría creer en su imparcialidad, sobre todo cuando demasiadas veces parece que determinadas personas vinculadas al poder político, económico o mediático viven bajo una protección distinta a la del ciudadano común. La sensación que queda es que hay una justicia dura para unos y una justicia mucho más flexible para otros, y eso termina destruyendo la confianza de cualquiera.

Llega un momento en el que muchas personas nos cansamos de escuchar discursos sobre democracia, igualdad, derechos y convivencia mientras la realidad diaria cuenta otra historia completamente distinta. Porque mientras unos hablan desde despachos, platós y parlamentos, mucha gente vive preocupada por pagar facturas, mantener un trabajo, llegar a fin de mes o simplemente conservar un poco de tranquilidad mental. Y al final aparece la impresión de que el ciudadano normal solo importa cuando llegan las elecciones, cuando toca recaudar impuestos o cuando conviene utilizarlo como parte de un discurso político.

Somos muchísimos los que hemos llegado a un punto de hartazgo tan grande que ya no le vemos sentido a ir a votar. Durante años se repite la idea de que votar sirve para cambiar las cosas, pero la sensación que queda es que cambian las caras, cambian los partidos, cambian los eslóganes, y sin embargo muchos de los problemas siguen ahí o incluso empeoran. Da igual quién gobierne: las discusiones continúan, la tensión aumenta, las promesas desaparecen y la vida de mucha gente humilde sigue siendo difícil. Y mientras tanto, quienes están arriba parecen vivir en una realidad completamente separada de la del resto.

Resulta difícil no pensar que, pese a todos los avances tecnológicos, científicos y económicos, este planeta sigue siendo un fracaso enorme en muchos sentidos. Sí, existe el progreso, la comodidad y el desarrollo en comparación con otras épocas, pero también hay más desigualdad visible, más egoísmo, más manipulación y más sensación de vacío. Hay millones de personas trabajando toda su vida sin llegar a vivir realmente tranquilas, mientras otros acumulan privilegios y poder de manera obscena. La sensación de injusticia no desaparece; simplemente cambia de forma con el paso del tiempo.

También cansa profundamente la hipocresía constante. Se habla mucho de solidaridad, de respeto y de derechos humanos, pero luego la realidad demuestra que casi todo está condicionado por intereses políticos, económicos,  ideológicos o religiosos.   

En España esto se nota cada vez más en la convivencia diaria. La política se ha convertido en una especie de guerra permanente donde lo importante ya no es resolver problemas reales, sino destruir al adversario, humillarlo públicamente y mantener a la población dividida y enfrentada. Todo acaba reducido a bandos, etiquetas y discusiones interminables. Las redes sociales, la televisión y muchos medios alimentan constantemente ese clima de tensión, hasta el punto de que hablar de política muchas veces ya no sirve para debatir, sino para discutir. Se ha deteriorado muchísimo la capacidad de convivir con normalidad entre personas que piensan distinto. 

Hay demasiada agresividad, demasiado fanatismo y demasiada necesidad de convertir cualquier tema en un conflicto político. Y lo peor es que esa tensión termina bajando desde arriba hacia la calle, contaminando amistades, familias, trabajos y relaciones personales. Cada vez parece más difícil encontrar serenidad, sentido común y un mínimo de unión en una sociedad agotada de tanta pelea constante. 

El mundo es un asco, los políticos en general un fraude, la religión un negocio, la justicia tiene dueños y no es igual para todos. La humanidad lleva siglos siendo el sostén de muchos desaprensivos y siendo engañada por un gran número de truánes que viven a su costa. 

No hay dioses en este mundo ni en ningun otro, pero desgraciadamente a muchos de nosotros nos ha dado por subir a los "altares e idealizar y atribuir cualidades perfectas o superiores a personas como políticos, papas, futbolistas etcétera que, en realidad son seres humanos como nosotros y posiblemente moralmente muchos de ellos peores que nosotros. 

Idealizar es un proceso psicológico y cognitivo, mediante el cual se le atribuyen cualidades perfectas o superiores a la realidad de una persona, situación o cosa. Consiste en exagerar las virtudes e ignorar o minimizar los defectos, creando una versión distorsionada y alejada de la realidad.

Considero absurdo idolatrar a un semejante que cante o de patada a un balón, mientras olvidamos a aquellos que de verdad hacen cosas, sin las cuales no podríamos vivir ni avanzar. De esto hablaré en mi próximo post. 

 


 

 

 

domingo, junio 14, 2026

UN EXTRAÑO SUEÑO DEL PASADO

COSAS DE GELY 

 
UN EXTRAÑO SUEÑO DEL PASADO

Hace unos días tuve un extraño sueño. Me vi viviendo en un pasado que no se parecía al que conocemos por los libros de historia, ni a las imágenes que muchas veces hemos construido sobre las antiguas civilizaciones. Era un lugar diferente, un mundo alejado del ruido, de la lucha constante y de muchas de las cosas que hoy parecen dominar la vida humana.

En mi sueño me encontraba en un lugar del universo limpio y sereno, sin grandes ambiciones ni deseos de poder. No había esa necesidad de acumular, competir o imponer ideas sobre los demás. Era un mundo donde parecía que la tranquilidad y el respeto tenían más importancia que cualquier riqueza.

Allí estaba rodeada de seres silenciosos, casi etéreos, como si fueran de otra naturaleza. Sus rostros transmitían una paz difícil de explicar. No hablaban, pero no hacía falta; de alguna manera sus miradas y su presencia decían mucho más que cualquier palabra.

No sé si existe algo después de esta vida, y no tengo respuestas sobre lo que pueda haber más allá de nuestra existencia. Pero si algún día hubiera un lugar de paz, imagino que tendría algo parecido a lo que vi en aquel sueño: un espacio luminoso y tranquilo donde el tiempo parece detenerse, donde no existen las diferencias creadas por la riqueza o la pobreza, y donde las preocupaciones que hoy nos dividen pierden todo su sentido.

En aquel lugar comprendí que las palabras no eran necesarias. Aquellos seres podían comunicarse sin hablar, transmitiendo serenidad y una sensación de armonía que nunca había sentido.

Les hablé del mundo del que venía, de nuestras ciudades, de los bancos, de los mercados, de las grandes empresas y de una sociedad muchas veces guiada por el dinero y el poder. También les conté que vivimos rodeados de máquinas, vehículos y avances que nos han dado muchas comodidades, pero que a veces parecen alejarnos de la calma y de nosotros mismos.

Ellos no respondieron con palabras. Solo sentí, a través de sus rostros tranquilos, que todo aquello que tanto nos preocupa algún día dejará de tener la importancia que creemos que tiene. Sentí que la humanidad todavía tiene mucho que aprender y que quizá existe un camino hacia una forma diferente de vivir.

Me desperté con una sensación extraña, pero no de miedo. Al contrario, sentí paz. Pensé que, sea cual sea el destino que nos espere, quizá lo más importante no sea lo que poseemos, sino la capacidad de encontrar bondad, comprensión y tranquilidad.

No tengáis miedo.  


 

  

 

sábado, junio 06, 2026

JESÚS Y LA IGLESIA CATÓLICA - UNA DISTANCIA IMPOSIBLE DE IGNORAR

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JESÚS Y LA IGLESIA CATÓLICA - UNA DISTANCIA IMPOSIBLE DE IGNORAR

Jesús y la Iglesia: una distancia imposible de ignorar

Cuanto más leo sobre la historia, el poder y las finanzas de la Iglesia católica, más difícil me resulta comprender cómo sigue asociándose sin reservas el nombre de Jesús de Nazaret a esta institución.

Jesús fue un hombre que habló de compasión, de humildad y de justicia. Caminó entre los pobres. Compartió mesa con quienes eran despreciados por la sociedad. Rechazó el poder, denunció la hipocresía religiosa y advirtió sobre los peligros de la riqueza. No fundó bancos. No acumuló propiedades. No levantó palacios. No buscó privilegios.

Sin embargo, dos mil años después, la institución que afirma ser su heredera parece, en demasiadas ocasiones, representar precisamente aquello contra lo que él se rebeló.

LAS FINANZAS DEL VATICANO

Resulta imposible no percibir una contradicción profunda entre el mensaje del Evangelio y la realidad de una organización que ha acumulado durante siglos enormes riquezas, influencia política y privilegios económicos. Mientras millones de creyentes han vivido con dificultades, la Iglesia ha conservado un patrimonio inmenso y una estructura de poder que poco tiene que ver con la sencillez de aquel carpintero de Galilea.

Pero la riqueza no es lo que más hiere.

Lo que más hiere es la distancia entre las palabras y los hechos.

PEDERASTIA EN LA IGLESIA CATÓLICA

Durante décadas, salieron a la luz casos de abusos sexuales cometidos por miembros del clero. Historias de niños y niñas cuya confianza fue destruida. Historias de sufrimiento, silencio y vergüenza. Y junto a esos crímenes apareció otra realidad igualmente perturbadora: la tendencia de la institución a protegerse a sí misma antes que a las víctimas. No en todos los casos. No en todos los lugares. Pero sí con una frecuencia suficiente para provocar una crisis moral de dimensiones históricas.

Cuando una institución que predica la verdad teme a la verdad, algo se ha roto.

Cuando una institución que predica la justicia retrasa la justicia, algo se ha roto.

Cuando una institución que dice representar el amor al prójimo falla precisamente a los más vulnerables, algo se ha roto.

Y quizá lo más doloroso sea comprobar que, pese a los escándalos, las disculpas y las reformas anunciadas, persiste una sensación de que la supervivencia de la estructura sigue siendo prioritaria frente a una revisión profunda de sus contradicciones.

RIQUEZAS DE LA IGLESIA CATÓLICA

Jesús dijo: «Por sus frutos los conoceréis».

No dijo: por sus templos.

No dijo: por sus vestiduras.

No dijo: por sus ceremonias.

No dijo: por sus tesoros.

Dijo: por sus frutos.

Y cuando se observa la historia de la Iglesia, junto a páginas admirables de ayuda, educación y asistencia a los necesitados, aparecen también capítulos de poder, riqueza, intolerancia, silencios culpables y escándalos que contradicen frontalmente el mensaje evangélico.

Por eso cada vez son más las personas que distinguen entre Jesús y la institución que afirma representarlo. Entre el predicador que hablaba de misericordia y una organización que, en demasiadas ocasiones, ha parecido más preocupada por preservar su autoridad que por practicar aquello que enseña.

Quizá la pregunta no sea si Jesús pertenece a la Iglesia.

Quizá la pregunta sea si la Iglesia ha permanecido fiel a Jesús.

Y para responderla no hacen falta dogmas ni teologías complejas. Basta con volver a la sencilla regla que él mismo dejó: mirar los frutos.

Porque ninguna institución debería reclamar la autoridad moral de Jesús de Nazaret mientras sus actos continúen contradiciendo, una y otra vez, las palabras que pronuncia en su nombre.

 


 

 

 


 

lunes, mayo 25, 2026

CUANDO MIRO EL PLANETA EN EL QUE VIVO

COSAS DE GELY 

CUANDO MIRO EL PLANETA EN EL QUE VIVO

Cuando una mira el planeta desde fuera (aunque solo sea en fotografías de la Tierra vista desde el espacio) parece algo inmenso, fuerte, eterno. Un lugar capaz de soportarlo todo. Y durante mucho tiempo los seres humanos hemos vivido con esa idea: la de que la naturaleza siempre estaría ahí para aguantar nuestros errores. Como si los mares pudieran tragarse toda la basura, como si los bosques pudieran volver a crecer infinitamente, como si el aire pudiera limpiarse solo para siempre.

Pero eso no es verdad.

Lo que le hemos hecho al planeta no ocurrió de golpe. No hubo un solo día en el que la humanidad decidiera destruir nada. Fue algo lento, casi silencioso. Empezó con nuestra necesidad de vivir mejor, de avanzar, de tener más comodidad, más energía, más velocidad, más cosas. Y muchas de esas cosas trajeron avances maravillosos: medicina, electricidad, transporte, comunicación, alimentos para millones de personas. El problema no fue progresar. El problema fue hacerlo creyendo que no había límites.

Hemos talado bosques enteros como si fueran simples obstáculos. Lugares vivos, llenos de animales, de humedad, de equilibrio, convertidos en carreteras, ciudades o terrenos vacíos. Hay selvas que tardaron miles de años en formarse y que han desaparecido en unas pocas décadas. Y cuando desaparece un bosque no solo se pierden árboles. Se pierde sombra, lluvia, suelo fértil, vida. Se rompe una especie de respiración del planeta.

Hemos llenado océanos de plástico. Y lo más duro es que gran parte de ese plástico lo usamos apenas unos minutos: una botella, una bolsa, un envoltorio. Cosas efímeras que luego pasan siglos flotando o deshaciéndose en partículas diminutas que terminan dentro de peces, aves, y hasta en nuestro propio cuerpo. El mar, que durante generaciones fue símbolo de pureza y libertad, hoy arrastra basura hasta en las zonas más profundas.

También hemos quemado enormes cantidades de petróleo, carbón y gas. Durante años eso impulsó fábricas, coches, aviones, calefacción… y nos dio una vida más cómoda. Pero el humo invisible de todo eso quedó atrapado alrededor de la Tierra como una manta cada vez más gruesa. Y el planeta empezó a calentarse.

Ese calentamiento ya no es una teoría lejana ni algo que solo aparezca en documentales. Está ocurriendo ahora. Se siente en los veranos insoportables, en incendios enormes, en sequías que agrietan la tierra, en lluvias salvajes que inundan pueblos enteros, en mares más calientes y tormentas más violentas. Lugares que antes tenían estaciones equilibradas ahora viven extremos.

Y quizá una de las cosas más tristes es que estamos viendo desaparecer especies animales y vegetales a una velocidad enorme. Algunas desaparecen incluso antes de que lleguemos a conocerlas. Animales que llevaban millones de años evolucionando están perdiendo su hogar en apenas una generación humana. Y cada especie que desaparece es como arrancar una pieza de un mecanismo delicadísimo que mantiene viva la Tierra.

El planeta actualmente está cansado. No muerto, porque la naturaleza tiene una fuerza inmensa y todavía lucha constantemente por regenerarse. La vida siempre intenta abrirse camino. Después de incendios vuelven a brotar plantas. Los océanos todavía crean vida. Los bosques intentan recuperarse. Pero ya hay señales claras de desequilibrio.

Los glaciares se derriten lentamente. Hay zonas donde falta agua potable. Tierras fértiles se convierten en desiertos. Mucha gente tiene que abandonar sus hogares por inundaciones o por hambre. Y lo más duro es que quienes menos han contribuido al problema suelen ser quienes más sufren las consecuencias.

A veces pensamos que el cambio climático es algo abstracto, pero en realidad habla de personas reales. Habla de agricultores que ven perder sus cosechas. De ancianos que no soportan olas de calor extremas. De familias que lo pierden todo en incendios o inundaciones. Habla también de animales confundidos, migrando sin encontrar alimento, de mares cada vez más vacíos y silenciosos.

Y si no tomamos medidas serias, el futuro puede volverse mucho más duro. No será una película apocalíptica de un día para otro. Será algo más lento y quizá por eso más peligroso. Más calor cada año. Más escasez de agua. Más conflictos por recursos básicos. Más enfermedades relacionadas con temperaturas extremas y contaminación. Ciudades costeras amenazadas por la subida del mar. Ecosistemas enteros colapsando.

Lo inquietante es que muchas de esas cosas ya han empezado.

Pero hay algo importante y profundamente humano en todo esto: todavía estamos a tiempo de evitar lo peor. Y eso también es verdad.

La misma humanidad que ha contaminado y destruido es capaz de proteger, crear y reparar. Hay personas limpiando mares, recuperando bosques, desarrollando energías limpias, cambiando hábitos, investigando soluciones. Hay jóvenes que crecen mucho más conscientes que generaciones anteriores. Hay científicos dedicando su vida entera a entender cómo salvar ecosistemas. Hay pueblos enteros apostando por otra forma de vivir.

No todo está perdido. Pero tampoco podemos seguir mirando hacia otro lado.

Quizá el gran error humano fue sentirse dueño del planeta en lugar de parte de él. Porque no estamos separados de la naturaleza. Somos naturaleza. El aire que respiramos, el agua que bebemos, la comida que nos alimenta… todo viene de un equilibrio delicado que ahora está pidiendo ayuda.

Y tal vez lo más triste de todo sería que, teniendo inteligencia para llegar a la Luna, crear arte, curar enfermedades y escribir poesía, no fuéramos capaces de cuidar el único hogar que tenemos.