lunes, 9 de enero de 2017

ESPIRITUALIDAAD SIN DIOS

COSAS DE GELY



Acabo de leer el libro de André Comte Sponville titulado El alma del ateísmo. Introducción a una espiritualidad sin Dios.

André Comte Sponville nació en Paris en 1952 es uno de los filósofos franceses más brillantes dentro y fuera de su país. A partir de los 18 años se declara ateo y empieza a buscar respuestas sobre la religión, Dios y la espiritualidad dentro de la filosofía.

En este libro André Comte, nos explica que lo verdaderamente importante no es Dios, ni la religión, sino la vida espiritual.

Voy a dejaros el prologo de este libro para ver si os animáis a leerlo.

Dice así: el retorno de la religión ha adquirido, durante estos últimos años, una dimensión espectacular y a veces inquietante. Pensemos ante todo en los países musulmanes. Pero todo parece indicar que Occidente, con formas desde luego diferentes, no se encuentra a resguardo de este fenómeno. ¿Retorno de la espiritualidad? Si fuera así tendríamos que felicitarnos. ¿Retorno de la fe? Tampoco sería un problema. Pero lo que regresa es el dogmatismo, en muchas ocasiones acompañado por el oscurantismo, el integrismo y, a veces, el fanatismo. Sería una equivocación que les regaláramos el terreno. El combate de la ilustración sigue vivo, pocas veces ha sido tan urgente, y se trata de un combate por la libertad.

¿Un combate contra la religión? Sería equivocarse de adversario. Más bien a favor de la tolerancia, el laicismo y la libertad de creencia o de incredulidad. El alma no pertenece a nadie. Tampoco la libertad.

Fui educado en el cristianismo. De él, no guardo ni amargura ni resentimiento, sino todo lo contrario.

Debo a esta religión, y por tanto también a esta iglesia (en mi caso la católica), una parte fundamental de lo que yo soy, o de lo que intento ser. Mi moral, desde mis años piadosos, apenas han cambiado. Mi sensibilidad tampoco. Incluso mi forma de ser ateo sigue marcada por esa fe de mi familia y mi adolescencia. ¿Por qué habría de avergonzarme de ella? ¿Por qué habría, incluso, de extrañarme? Se trata de mi historia, o más bien de la nuestra. ¿Qué seria Occidente sin el cristianismo? ¿Qué sería el mundo sin sus dioses? Ser ateo no es razón para ser amnésico. La humanidad es una: la religión forma parte de ella, del mismo modo que la irreligión, y ni una ni otra se bastan así mismas.

El oscurantismo, el fanatismo y la superstición me producen horror. Tampoco me gusta el nihilismo ni la indolencia. La espiritualidad es demasiado importante como para dejarla en manos de los fundamentalismos. La tolerancia, un bien demasiado precioso para que la confundamos con la indiferencia o la blandura. Nada sería más nefasto que dejarnos arrinconar en un enfrentamiento mortífero entre el fanatismo de unos –sea cual sea la religión de la que se reclame- y el nihilismo de otros. Es preferible combatirlos a todos, sin confundirlos y sin caer en sus defectos. Ese combate se denomina laicismo. Corresponde a los ateos inventar la espiritualidad que lo acompaña. Este libro pretende contribuir a ello. Deliberadamente, preferí que fuera breve y accesible para acceder más rápidamente al mayor número de personas. Creí que era urgente. La erudición o las disputas entre especialistas puede esperar; la libertad de pensamiento no.

¿Qué es lo esencial? Al tratarse de espiritualidad, considere que se apoyaba en tres preguntas: ¿Podemos prescindir de la religión?, ¿Existe Dios?, ¿Qué tipo de espiritualidad podemos proponer a los ateos? Habrá que responderlas. Tal es el objeto de este librito. Los ateos no poseemos menos alma que los demás. ¿Por qué se iban a interesar menos por la vida espiritual?


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