sábado, 28 de noviembre de 2015

LA MUJER EN EL NACIONAL CATOLICISMO

COSAS DE GELY




La privación de libertad de la mujer en el franquismo fue brutal. Fue condenada por el Nacional Catolicismo (igual a Iglesia Católica) a ser la perfecta casada. El bombardeo ideológico de aquellos años hacía como deberíamos ser las mujeres, fue desmedido y del más puro y recalcitrante machismo. Machismo al que la iglesia contribuyó con saña y desmedida dedicación.

Las mujeres durante la represión franquista, fuimos consideradas como seres menores de edad, pasábamos de la tutela del padre a la del esposo. Nuestro papel en aquella sociedad era la de madre abnegada y obediente esposa, aunque tuviéramos a un zoquete por marido. Un texto que he encontrado de aquella época refleja la repugnante mentalidad oficial así: "El organismo de una mujer está dispuesto al servicio de una matriz, mientras que el organismo de un hombre se dispone para el servicio de un cerebro". Procede del libro 'La virilidad y sus fundamentos sexuales', del médico y jesuita Federico Arvesu. Incluso algunas mujeres, como Pilar Primo de Rivera, hermana de José Antonio, se atrevían con perlas como ésta: "Todos los días deberíamos dar gracias a Dios por habernos privado a la mayoría de las mujeres del don de la palabra, porque si lo tuviéramos, quién sabe si caeríamos en la vanidad de exhibirlo en las plazas. Las mujeres nunca descubren nada; les falta el talento creador reservado por Dios para inteligencias varoniles. La vida de toda mujer, a pesar de cuanto ella quiera simular o disimular no es más que un eterno deseo de encontrar a quien someterse”.



El mediocre Nacional Catolicismo, nos asignó las tareas de ser el reposo del guerrero, aunque el guerrero fuera un necio incapaz de sostener su propia armadura, nos obligó a ser las perfectas casadas y amantes esposas de hombres que tras la experiencia matrimonial, resultaron ser unos zoquetes y no nos quedaba más remedio que aguantarlos, pues en cuanto a los derechos tanto de hombres como de mujeres, el divorcio no existía: había sido derogado por los vencedores de la Guerra Civil en toda España, tampoco había matrimonio civil. Además, esto se hizo con efecto retroactivo. Todos los matrimonios civiles de la República y todos los divorcios pasaron a ser, inexistentes. Los hijos habidos en esos matrimonios dejaban de ser legítimos y se convertían, por arte de magia, en naturales o de padres desconocidos.

Una mujer no podía abrir una cuenta corriente o trabajar sin permiso del marido.
                                                                  
Una mujer casada no podía ausentarse del hogar, ni viajar sola, sin la autorización del marido.



Oficialmente no existían los malos tratos, porque el papel de la mujer era el de servir al marido y obedecer todas sus órdenes sin rechistar. Ése era el mensaje franquista. Si un hombre daba un bofetón a su mujer no pasaba nada. Era hasta comprensible. ¡Algo habría hecho!

La dictadura del sistema franquista se transmitía así jerárquicamente de gobernantes a gobernados y del cabeza de familia a su mujer e hijos. Era una relación de mando y obediencia.

La mujer era ama de casa, madre y abnegada esposa. Su cometido principal era el cuidado de los hijos y la atención del hogar. Este modelo contaba con el apoyo incondicional de la Iglesia católica quien, a través del púlpito y del confesionario, lo fomentaba e insistía en su idoneidad.


Como mujer que vivió y sufrió estas prácticas, me considero con derecho a opinar, sobre las malas artes  de la ponzoñosa Iglesia Católica, del franquismo y sus herederos (del PP). Todos ellos hoy representantes de aquellos que en su día nos agredieron y privaron de libertad. 



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